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Posts Tagged ‘regalos’

Después de ¡vaya! meses sin escribir una línea en el blog -agotadita estoy- me he decidido a crear esta nueva entrada para advertiros una cosa: la maternidad ATONTA. En serio, reblandece el cerebro.

Yo era una persona normal, de las que sólo lloran con una película si es tan mala que le fastidia haber pagado la entrada. Pues bien: durante el embarzo estuve tonta perdida, venga a llorar por todo. Y no se me ha pasado todavía. Hasta el punto que mi marido está comenzando a censurarme todas las películas que vemos para que no me pille disgustos, y no veas.

Las únicas que pasan la censura son las de asesinatos políticos, las de ciencia ficción, las series tipo House (no todos los capítulos)  y El Mentalista y los documentales sobre el Sistema Solar. Ni las de dibujos, ¡que me cogí un disgusto en la escena inicial de Up! De comedia romántica ya ni hablamos, y las “basadas en hechos reales” …

Y ahora, al tema de hoy: el churumbel me ha cumplido diez inquietos meses en los que he entrado en un bucle continuo de trabajo-nene-trabajo-nene-trabajo-nene-trabajo-nene y, de vez en cuando, algo de cama. Para dormir, sinceramente. 

Mi casa se ha llenado en todo este tiempo de todo tipo de cacharros, algunos comprados otros prestados (hermanas, cuñadas, amigas y toda esa recua de madres impenitentes y dispuestas a ayudarte lo quieras o no).

Así que paso a detallar una lista de cosas que jamás debería haber comprado y otras que me son indispensables en mi día a día. Con el nene, claro. Del trabajo también podría hablar, pero…

Humidificador: TRASTO. Inútil dónde los haya. El nene sólo ha tenido mocos dos veces y podría haber solucionado la situación con una simple olla de agua de agua caliente, según me dijo la pediatra.

Esterilizador: útil. Pero sin pasarse. Desde luego es más cómodo que ir hirviendo biberones, pero a partir del cuarto mes ya te dicen que no esterilices, que limpies bien y punto. Y así, no sabes dónde meterlo.

Hamaquita: útil. Pero sólo entre los tres y los siete meses más o menos. Antes, el nene no estaba cómodo. Ahora, sólo quiere gatear y pasa por completo de sentarse.

Trona: IMPRESCIBLE. Sin más comentarios.

Bastón con pinzas: IMPRESCINDIBLE. Sí, sí, un bastón con unas pinzas al final y una especie de pistola incorporada en el mango para abrirlas y cerrarlas. Lo compró mi listísisisisimo y práctico marido en una tienda de objetos para la Tercera Edad, y es de las cosas más prácticas que tenemos en casa. Quita el dolor de espalda provocado al agacharte cien mil doscientas veces para recoger los juguetes que el nene tira desde la trona. Mejora la calidad de vida de los padres. Va en serio. Imprescindible.

Guardapañales: TRASTO SUPERINÚTIL. Es una especie de saco con lacitos abiertos por las dos partes que te dicen: ¡te lo cuelgas y así tienes los pañales a mano!. Pues bien, lo tengo “colgado” dentro de un cajón, justo al lado de los pañales y en el cambiador, porque no sé qué hacer con él, ni dónde ponerlo ni para qué utilizarlo. Acepto sugerencias.

Cuna de viaje: MUY ÚTIL. Incluso si no vas a viajar. A mí me la regalaron cuando compré el carrito, y la he usado un montón: como parque provisional, para que mi madre o mi suegra se pudieran quedar con el nene alguna noche… De verdad, esto sí me ha valido la pena, pero he tenido que comprar un segundo colchón porque el que viene con la cuna es malillo y me daba miedo por la espalda del nene.

Parque: bueno, si tienes cuna de viaje no lo necesitas realmente. Y cuidado, cuando el nene comienza a gatear, el parque le toca las narices.

Cepillos para limpiar biberones: si tienes lavavajillas, te darás cuenta pronto de que se quedan más limpios allí dentro que con el cepillo. Así que para mí son sólo trastos, porque te los compras de diversos tamaños y colores.

Baberos: cuanto más grandes, mejor. Cuando el nene es muy pequeñito, los mejores son los de velcro. Después los que llaman “de chimenea”, es decir, con un elástico en el cuello. Los de cordones, ni se te ocurra.

Saquito para el coche: IMPRESCINDIBLE, pero en invierno. No sé la barbaridad de zapatos que he perdido por la calle, y de señoras que se me han acercado para alcanzarme una zapatilla del nene. En el saquito no hace falta ponerle zapatos, y si se los pones, no los perderás.

Juguetes simples: IMPRESCINDIBLES. Por chulos que sean los coches con luces, las bolas con luces y sonidos, las orquestas con luces y sonidos, y los  monigotes que se mueven y hacen luces y sonidos, al final final final, el churumbel deja de hacerles caso al ratito y se va a buscar los aros de colores, los cubos, los monigotes tontorrones… 

Protectores de enchufes: IMPRESCINDIBLES.

Intérfonos: IMPRESCINDIBLES. Tengo dos modelos. Uno con camarita y otro normal. Es por los alcances, hay que comprobarlo bien y que no pase lo que a mí, que me compro el de camarita y luego sólo puedo utilizarlo desde algunas partes de mi casa. Pero los dos están muy bien.

Saquito para dormir (camperita): TRASTO. Irá a bebés, pero al mío no le ha acabado de gustar, así que he preferido aumentar la temperatura de la calefacción de su cuarto y ponerle un pijama bien calentito (es que me da miedo arroparle con mantas y sábanas). Duerme cómodo, se mueve todo lo que le da la gana y lo veo más feliz que con la camperita.

Protector de cuna: IMPRESCINDIBLE. Y mejor si es completo o pones dos medios. Si no, el nene sacará la pierna por los barrotes, se enganchará y hale, a llorar y tú -o tu santo- a levantarte a las tantas un montón de veces para que se calme. ¿Y si no se calma? Pues otra noche en vela.

Ya iré contando más cosas a medida que me vayan surgiendo, y desde luego, os animo a dejar comentarios sobre las compras más inútiles que hayáis hecho para no caer en la tentación. Pero a saber cuándo vuelvo a entrar aquí.

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Una de las cosas que más me preocupa es cómo hacer que mi futuro vástago (que de momento y según todos los indicios parece que va a ser varón) se críe correcta y civilizadamente. Así que no tengo más remedio que fijarme en los niños que me rodean y sus madres y padres para ir haciéndome a la idea de lo que me espera.

Y lo que me espera por de pronto es:

– Rellenar los documentos para la preservación del cordón umbilical.

– Pasar por un montón más de pruebas analíticas y ecos para ver cómo sigue el embarazo.

– Convencer a mi marido de que puedo seguir viajando sin problemas al menos hasta dos meses antes del parto, y que ese dinero que ganaré con cada viaje nos vendrá muy bien.

– Conseguir YA una niñera o similar para conciliar las vidas laborales de una pareja de autónomos con sus vidas familiares. 

– Preparar la habitación del crío y adquirir algo de ropa para el parto y los primeros meses. (Esto que lo haga él)

– Hacer acopio de los trastos imprescindibles según la interminable y detalladisima  lista proporcionada por mi cuñada. (Esto también se lo voy a dejar a él)

– Pedir cita con el médico para que me vuelva a recetar myolastán una vez pasado el parto.

– Hacerme a la idea de que me voy a pelear con la matrona, la enfermera  y todo el personal sanitario que se atreva a pasar por mi habitación a darme lecciones sobre lactancia materna, porque no tengo claro lo que voy a hacer y sí tengo clara una cosa: haré lo que me parezca mejor y lo que me dé la gana. 

(Aclaración: De toda mis hermanas, soy la única que fue amamantada y también la única autónoma que tiene que pelearse día a día para ganarse las habas, además de ser la que más problemas de salud ha tenido toda la vida. El resto, sanotas como rosas, contratos estupendos en trabajos interesantes de a ocho horitas la jornada, mes de vacaciones, cuatro extras y bajas por embarazo en condiciones, así que nadie me diga que va a salir más inteligente o más sano).

– Hacerle jurar a mi marido todos los días que quedan de ahora al parto (algo más de cinco meses) que no permitirá que me corten (la palabrota técnica es episotomía) aunque para ello tenga que soltarle dos tortas al que se acerque con unas tijeras o bisturí -siempre después de hablar razonadamente con la persona, que hablando se entiende la gente, y las cosas se pueden decir bien, por ejemplo: “si te acercas a mi mujer con esas tijeras te pego las dos bofetadas que me arreará ella como se entere de que te he dejado pasar” )

La buena noticia me llega de manos de mi santo. Ambos creíamos, y no sé aún porqué, que la revisión de la hipoteca nos tocaba el pasado diciembre, antes del día 20. Pero mi santo ha ido hoy al banco y resulta que nos toca a principios de junio.

Según tooooooodos los informes y noticias económicas que debo leer a diario (podría escribir un blog monográfico) el euribor no sólo ha bajado ahora, sino que es más que problable que siga bajando durante el 2009 y que llegue al 2,5% o incluso menos. (Hoy estaba ya en el 2,9%, cifra redonda). Así que mi marido me lo ha dicho preocupado, pero le he sacado del error en un santiamén.

De haber revisado la hipoteca en diciembre, nos hubiéramos quedado prácticamente igual. Pero al revisarla en junio (justo al mes siguiente del nacimiento de nuestro hijo), le calculo -y sin saber aún los resultados finales- una cifra situada entre los 200 y 300 euretes menos al mes. Si al final será verdad que los nenes vienen con un pan bajo el brazo.

Para hoy, me espero unos reyes cargados de regalos para el nene, algún objeto para el padre y absolutamente nada para mí (a excepción del rey de mi casa). Pero eso sí, como se cumpla la previsión, juro que no vuelvo a regalar nada personal a las mamás y papás que se atrevan a ello. Se les habrán acabado los perfumes, libros, pañuelos y demás, que sustituiré disciplentemente por ropa de nene y cualquier útil o inútil que sea capaz de encontrar en tiendas especializadas. A ver si lo van pillando.

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Es algo que tengo tan claro que ya se lo hice saber a mi santo esposo.

Yo: Si quieres tener hijos vale, pero tú serás la mamá y yo el papá.

Él: Y eso ¿por qué?

Yo: Porque el que tienes ganas eres tú y porque ser papá es más divertido.

Aparte de la cara de “tienes-unas-cosas-que-no-hay-quien-te-entienda” que se le quedó, aceptó el reto, aunque creo que más bien pensando “ya te harán cambiar las hormonas, ya”. Y eso mismo que piensa él, lo está pensando todo el mundo. Todo el mundo menos yo, obviamente.

Comencemos por mi cuñada. Madre de dos niños gemelos a los que está criando en solitario, afortunadamente para los críos, debería añadir. Durante su embarazo gemelar la vi sufir como no he visto a nadie. Y hay una imagen que no se me quita de la cabeza, y es verla en plena calima de julio, sudorosa, casi asfixiada, tumbada en el sofá, con los tobillos hinchados como si fueran patas de elefante, un dolor tremebundo en la espalda, apenas sin comer -todo le daba acidez- y utilizando las pocas fuerzas que le quedaban para pedir muy de vez en cuando que le acercáramos un vasito de agua. Y a pesar de todo, cada vez que habla conmigo lo hace emocionada y me dice que si fuera por ella, volvería a quedarse embarazada porque es algo muy bonito.

Bonito, dice. Pues yo no le encuentro la gracia.

Ella: No te preocupes, las molestias sólo se tienen el primer trimestre.

Yo: No tengo molestias.

Ella: ¿Ni angustia ni náuseas ni nada?

Yo: Pues no.

Ella: Pues si no tienes molestias ahora, no las vas a tener ya en todo el embarazo.

Y ahí, precisamente en ese instante, es cuando me vuelve a la cabeza su imagen tirada en el sofa, en plena calima de julio, etc. No sé, ante eso, casi son preferibles las náuseas, me digo.

Con toda la buena intención del mundo me regala un libro que se supone que hay que rellenar con pensamientos para el futuro retoño y con su peso y todas esas cosas que hacen las madres que están esperando. Como me ve un poco arisca (o le hace caso a su hermano en lo de mi mala leche), no me lo regala a mí directamente, sino que dice “es un regalo para los dos”.

Le agradecemos educadamente que nos regale el libro, y una vez nos quedamos a solas le digo a mi santo:

Yo: Toma, ya lo puedes ir rellenado si quieres.

Él: ¿Yo? La madre eres tú.

Yo: ¿Ya empezamos con esas? Habíamos quedado que tú serías la madre y yo el padre.

Él: Estás más rara que qué. Yo no tengo ganas de rellenar el libro.

Yo: Pues yo tampoco.

Él: Pues hale, a la estantería con el resto de trastos y ya está.

Yo: Pues eso.

Pero mi familia tampoco se libra. Mi hermana pequeña, que ya es madre de un nene que no se le parece en nada, me ha dado otro libro: Duérmete niño, del Dr. Estivill.

Ella: Leélo y luego haz lo que te dé la gana.

Yo: Vale.

Ella: ¿Cómo llevas lo de dejar de fumar?

Yo: Mal.

Ella: Pues ahora que lo has dejado, podrías aprovechar y ya lo dejas para siempre.

Yo: Ja. En cuanto dé a luz, vuelvo a fumar, a beber y a comer.

Ella: Ahora dices eso, pero ya verás cómo cambias. Son las hormonas.

Yo: Ah!

A quien debo felicitar por su actitud es a mi padre, la única persona que me ha entendido, o al menos lo ha intentado. De momento, se quedó a cuadros cuando le dije que estaba embarazada, y tras saber que no tengo la toxo y no voy a poder disfrutar de las cosas que me gustan durante mucho tiempo, me dijo: “No te preocupes, cuando des a luz, te llevaré a la clínica un plato de jamón de bellota recién cortado y la mejor botella de tinto que encuentre.” Ole!

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