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Posts Tagged ‘papillas’

(Advierto que esto va de niños)

Ahora que el pequeñajo ha cumplido cinco meses, el pediatra nos ha mandado que le demos papillas. Digo el pediatra, porque la pediatra del chiquitín -que de chiquitín no tiene mucho, porque es temendo- estaba enferma ese día.

Así que a la dulce doctora del nene le sustituyó otro médico también amable pero al que no le tengo cogida la medida. O es que a los médicos no los entiendo bien, porque le pregunté como cinco mil veces qué cantidades había que darle, cómo, cuándo… Y el pediatra mirándonos como si pensara que éramos idiotas. Total: un  perfecto ejemplo de padres principiantes, porque a todo esto, mi santo, a pesar de que se lo hice repetir al médico hasta la extenuación, él ni se enteró -y tampoco yo lo tuve demasiado claro.

Él: Entonces, le damos los cereales por la noche ¿no?

Yo: No, a media mañana. La fruta por la tarde.

Él: Ya bueno, pero ¿y por las noches?

Aún así nos las veíamos felices. Mientras que el médico nos explicaba las cantidades, yo me imaginaba a nosotros mismos dándole las papillas al nene y al pitufo disfrutando como un loco de poder comer por fin algo más sólido…

Cualquiera que tenga hijos sabrá que esto no es verdad. Pero yo no lo sabía.

El primer día: papilla de manzana. El nano superemocionado, le metemos la cuchara en la boca… ¡Una cara de asco!

El segundo día: papilla de plátano. Ni quería abrir la boca.

El tercer día: papilla de pera. Y espectáculo.

Porque ya me había cansado yo de esto y le había preguntado a mi madre, claro.

Yo: Mamá, el nene no quiere tomarse la papilla de fruta. Pero es que ni abre la boca…

Ella: Eso es normal, sobre todo los primeros días.

Yo: Pues será normal, pero no sé qué hacer.

Ella: A tu hermana no hubo forma de darle papilla hasta muy tarde, pero a ti te la daban tus abuelos y mientras que el abuelo le daba golpes con una cuchara a la lámpara, la abuela aprovechaba que abrías la boca y te metía la papilla.

Se lo conté a mi santo y decidimos que lo prioritario era que el nene abriera la boca al menos para que probrara los nuevos sabores.

¿El resultado? Ya que no tengo lámparas que golpear en casa, mi marido se ha convertido de repente en el hombre espectáculo del año: canta, baila, da palmas, agita los brazos, pasea los muñecos por el aire, toca las baquetas, las cucharas, se pone pauñelos y gorras en la cabeza… Y yo, mientras tanto, aprovecho el momento y cada vez que abre la boca le endoso de forma maravillosamente rápida una cucharada de papilla, que, como es lógico, se va casi toda fuera…

Pero ¿por qué cuento todo esto si nunca me ha dado por contar estas monadas? Ahora lo entenderéis.

Estaba con un grupo de conocidas -atención: he dicho conocidas, no amigas- tomando un café en un bar, y como siempre me pasa ultimamente, se pusieron de golpe y de repente a hablar se sus hijos y los problemas que tenían para alimentarlos, que hicieran los deberes, que se pusieran los zapatos por las mañanas, etc.

 Así que les cuento esto mismo que he contado antes. Y en ese momento, una de ellas se me queda mirando y me pregunta:

Conocida 1: Pero ¿tu marido te ayuda con el nene?

Yo: Bueno, hace su parte.

Conocida 1: No, me refiero a que si también se hace cargo del bebé.

Yo (extrañada): Pues claro, es su padre.

Conocida 2 (entra en la conversación): Si bueno, pero por las noches te tendrás que levantar tú y todo eso, porque los hombres…

Yo (mosqueada): Nos turnamos, una noche cada uno.

Conocida 1: ¿En serio? Mi marido ni de coña.

Conocida 2: El mío tampoco.

Yo (supermosqueada): Pero ¿por qué no? ¿Se levantan muy temprano o así?

Conocida 1: No, pero como yo le daba pecho, pues me tocaba siempre a mí, y luego ya se quedó así.

Conocida 2: Pues yo le daba biberón, pero como tenía la baja y él se iba a trabajar, pues me encargaba yo.

Yo (algo asombrada): ¿Y cuándo volviste a trabajar qué?

Conocida 2: Pues nada, que ya nos habíamos acostumbrado a que fuera yo, y el niño lloraba más si iba él, así que…

Yo (superasombrada): Vamos a ver, mi hijo es mío y de mi marido, fifty-fifty, así que lo cuidamos entre los dos y nos fastidiamos los dos cuando toca fastidiarse. Vamos, creo que eso es lo normal.

C1: Ufff, ¿normal? A buenas horas. ¡No sabes lo que me cuesta hacer que mueva un dedo en casa, cómo para que me ayude con el niño!

C2: A mí tampoco me ayuda nada, ¡no sabes la suerte que tienes, hija!

A partir de aquí ya preferí callarme, porque de seguir me hubieran visto como a una marciana o hubieran ido a la caza y captura de mi santo, que hay mucha lagarta suelta.

Porque sí, mi santo no me ayuda en casa. Él hace su parte y yo hago la mía. Punto. Lo demás me parece raro y sacado de otro siglo, pero para mi asombro y mosqueo parece que es más normal de lo que debiera. Y es una lástima, porque ver a tu marido haciendo de hombre orquesta mientras que tú le das la papilla al nene es algo digno de pasar a la posteridad.

Mira, creo que hoy nos grabo a los tres en vídeo y nos envío al Tienes Talento, Tú Sí Que Vales o a cualquier concurso de esos. Ganamos fijo. Por lo menos él.

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