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Posts Tagged ‘embarazo’

Una de mis mayores obsesiones es la higiene dental. Y es una obsesión muy lógica, derivada del pánico que sentí el día en que con catorce años me metieron un torno en la boca para quitarme una caries y empastarme una muela.

Así que dije: se acabó. Ni una caries más en toda la vida. Y así es cómo mi cuarto de baño, entre otras cosas, tiene todos los complementos inimaginables para una correctísisisisima higiene dental: cepillo eléctrico de última generación, cepillos interdentales de distintos tamaños, seda plana y normal, colutorios de flúor sin alcohol… Por no hablar del kit básico que llevo conmigo siempre en el bolso (nunca se sabe cuándo no vas a poder ir a casa a comer) o las revisiones a las que acudo histérica pero religiosamente. 

¿Por qué?, os preguntaréis, cuento esto ahora. Pues para advertiros de algo que no sabéis (problablemente), y es que el cambio hormonal del embarazo puede afectar a vuestros dientes. Y me he enterado precisamente HOY, que tenía cita con el dentista, obviamente.

Así que llego, abro la boca, y la higienista -que es la misma de siempre- me empieza a hacer la limpieza. Noto que me duele más que de costumbre y en un momento dado ella para y me dice:

Higienista: ¿Te ha pasado algo?

Yo: ¿A mí? No, nada, ¿por qué?

Higienista: Porque tienes unas placas de sarro que no es normal. Vamos, en otros pacientes sí, pero en ti no había visto nunca unas placas tan gruesas.

Yo: Pero, ¿qué dices? Si sigo la misma rutina que siempre!!!

Higienista: Pues mira mira, cemento armado (y me mete el gancho ese que usan en la boca y hace rrrraaaaac rrrraaaacccc, oye, una cosa tremenda)

Aquí yo me asusto y empiezo a mirar todas las ilustraciones que tiene en la sala de gingivitis, periodontits y similaritis en un agobiante ataque de hipocondria dental.  Hasta que me dice ella:

Higienista: ¿Has estado embarazada?

Yo: Pues sí, hace poco menos de un mes tuve un nene bien guapo.

Higienista: ¡Acabáramos! ¡Es por eso! Durante el embarazo se producen muchos cambios hormonales y te pueden haber afectado a la saliva, y de ahí todo este sarro.

Es posible que además del sarro haya habido otros efectos indeseables, así que antes de irme de la consulta he pedido una cita para hacerme una revisión completa por parte del dentista con radiografias incluídas, en cuestión de un mes.

Pues aquí el tema del post de hoy: cuidadín con esto, porque es otra cosa que no te avisan. Si una obsesa de la higiene dental como yo termina el embarazo con unas placas de sarro como para llenar sacos de porland, y si mi higienista ha terminado sudando del esfuerzo a pesar del aire acondicionado, ya os podéis cuidar bien la boca, ya. Que me ha dado por imaginarme el desastre y casi me da un patatús.

¿Y el nene? Bien, gracias. De momento es un encanto. Sobre todo como esta mañana, en la que con la mano derecha trataba de calmarle el llanto, con la izquierda retocaba en el ordenador un informe escrito por mi nueva empleada -la que me sustituye- que había que enviar urgentemente, con el pie apartaba a la gata de la cuna del nene, con el manos libres le pedía a mi santo que comprara un paquete de pañales antes de venir a casa, y de reojo comprobaba el reloj para ver si llegaba mi madre a hacerse cargo del pequeñajo y poder marcharme al dentista. Y todo al mismo tiempo.

Welcome to Motherhood!

(Iba a escribir un post sobre el dolor de cabeza, pero lo dejo para más adelante)

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Mañana hará exactamente tres semanas de la cesárea y puedo decir que ya estoy recuperada por completo, salvo en pequeños detalles. Por lo que seguiré donde lo dejamos: tras el bibe del nene y todos un poco más contentos.

A los cuatro días de la operación, nos dieron el alta. El nene está genial de salud desde que nació, y a mí me costaba un poco -bastante- moverme. Lo peor era levantarse y sentarse, eso dolía horrores.

Pero antes del alta aún pasaron algunas cosas. Para empezar, al día siguiente de la cesárea me quitaron la sonda y me animaron a ir al aseo por mí misma. Estuve un día entero sin miccionar (palabra fina donde las haya) así que al día siguiente, estando en el baño, entró una enfermera y le preguntó a mi marido:

Enfermera: ¿Ha podido miccionar ya? (en las clínicas privadas se ve que son así de finas a la hora de hablar).

Él: Pues no.

Enfermera: Pues igual habrá que sondarla de nuevo.

Oye, que fue oir eso y motivarme al instante. Del resto de temas escatológicos prefiero no hablar, porque no sabría cómo tratarlos con tanta finura. Pero también hubo sus momentos.

Así que a los cuatro días decidieron que ya estaba lo suficientemente recuperada como para darme el alta. Y nos fuimos a casa. Allí comenzó una experiencia completamente nueva y que se describe en los manuales y páginas web sin ahondar lo suficiente. Y no me refiero al tema de no dormir, los cólicos del lactante, el cambio de pañales y similar. Si habéis sido padres/madres, eso os lo sabéis de memoria. Si no lo habés sido, bueno, mejor que sea sorpresa… Pero no es tan duro como lo pintan. Eso o que mi nene ha decidido ponerle las cosas bastantes sencillas a sus padres.

No. Lo que pasó a los cuatro días y estando ya en casa, aparte de una estricta dieta a base de jamón ibérico, sobrasada y bombones, fue ¡la llorera!.

Por todo me ponía a llorar. Cogía a mi nene y lo veía tan pequeñito, que me ponía a llorar. Le daba besos y le quería (y le quiero, claro), que me a llorar sólo de pensarlo. Dejaba que mi marido cogiera a mi nene y los veía a los dos tan agustito que me ponía a llorar. Mi madre -o mi suegra- cogía a mi nene y le hacía carantoñas y yo, hale, a llorar. Miraba el telediario con todo lo que está cayendo y yo, a llorar otra vez. Me hice un simulacro de pedicura por mí misma (el primero en cuatro meses), y a llorar de nuevo. Hasta lloré un día en que mi madre cocinó unos macarrones gratinados que le salieron blanduchos. Total, que lloraba como ciento treinta y cinco veces al día. O más.

Así hasta que pasada una semanita mi santo se asustó de verdad.

Él: ¿Quieres que vayamos a un psicólogo?

Yo: A un psicólogo a qué (y venga la llorera).

Él: Pues porque no es normal que estés así, a ver si vas a tener una depresión postarto.

Yo: ¿Cómo que una depresión postparto? (Snif, snif, buaaahhhhh) Pero si yo quiero mucho al nene y no lo he rechazado (buaaahhhh), sólo que me da por llorar (buaaahhh).

Quince cajas de kleenex después, mi marido me convenció no para ir a un psicólogo, sino para contarle lo que me pasaba al menos a la ginecóloga y que ella decidiera. Y elegimos el día en que me iban a quitar los puntos, diez días justos después de la operación.

Fuimos a la consulta y al principio como siempre:

Gine: ¿Cómo te encuentras? ¿Has tenido fiebre?

Yo: No, fiebre no, pero es que… es que… es que….

Y aquí dejé de hablar y comencé a llorar de manera desconsolada. Motivo: le quería contar que lloraba por cualquier motivo y en vez de contárselo me puse a llorar. Así que mi marido tuvo que tomar las riendas de la conversación:

Él: Es que llora por casi cualquier cosa, y tengo miedo de que le esté dando una depresión postparto, aunque no rechaza al chiquito ni nada de eso.

Gine: Entiendo. Mira, lo de la depresión postparto es algo que le toca a quien le toca, sobre todo si no existe ninguna causa externa, porque no hay ninguna causa externa, ¿verdad? ¿O ha pasado algo?

Yo: No, no ha pasado nada (buahhhh, hip, hip, buaaahhhhh, snif, snif).

Gine: A ver, antes de que nos preocupemos, tenéis que saber que hay veces que sin ser una depresión postparto si se que produce una especie de tristeza, una “mustior” que dura varios días. Vamos a hacer una cosa, te voy a recetar unas vitaminas y si en una semana no has parado de llorar, me llamas y te envío a un psicólogo para que te examine. 

Me tomé las vitaminas y lo cierto es que en cuestión de tres días dejé de llorar. Así que por esta vez, me he librado. En el próximo post os contaré por qué aunque no des el pecho y te encuentres estupendamente bien, no puedes tomar ni una gota de alcohol, pero vamos, ni un vasito de vino. Y lo que fastida.

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Lo digo en serio: voy a evitar hacer llamadas de teléfono de aquí a que nazca el nene. Al menos, voy a evitarlas en todo lo que pueda, porque cada vez que llamo a alguien, antes de decirme ¿qué tal? o ¿cómo estás?, me dicen ¿ya? ¿ya? ¿ya?

Y la verdad es que a mí ya me gustaría, pero al nene se ve que no. Vamos, que ya me estoy haciendo a la idea de que se quedará conmigo hasta los 40 años….

El caso es que salgo de cuentas en cuestión de días, tengo una tripa que cada día pesa -y asusta más- pero no puedo decir que me sienta mal físicamente, aunque eso sí, no llevo calcetines por no ponérmelos, me cuesta tanto levantarme que prefiero estar de pie y si no fuera porque no me puedo depilar las piernas -y no tengo tiempo de ir a la esteticista- hubiera dejado de utilizar pantalones porque me quedo sin aliento al vestirme. 

Cuando la gente me pregunta que para cuándo lo tengo (porque la gente es así, y eso es lo que me preguntan por la calle, pero incluso personas a las que no conozco de nada) , y les digo que lo espero para el míercoles de la semana que viene, se me quedan mirando raro. Descubrí el porqué de esta mirada ayer hablando con un cliente.

Cliente: No te queda ya mucho ¿verdad?

Yo: Pues no, salgo de cuentas el míercoles de la semana que viene.

Cliente: ¿Tan pronto? Pues no lo parece.

Yo: ¿¿??

Cliente: Es que te veo tan tranquila y tan pancha que cualquiera diría que estás a punto de dar a luz.

Así que me imagino que o bien las embarazadas a las que les faltan días van con cara de sufrimiento o bien que la gente -sobre todo los hombres- tiene una percepción muy extraña de la actitud que debería tener una embarazada días antes del alumbramiento.

Y también está la situación contraria. Hace unos meses mantuve una reunión con otra empresa que estaba interesada en contratarme. Llegamos a un acuerdo y me dijeron que ya me llamarían. Dado que no oculté en ningún momento mi estado (a ver cómo, con esta pedazo tripa), y les dije que la fecha prevista era final de mayo, no me extrañe de que no me volvieran a llamar -¿quien contrataría a alguien a punto de dar a luz?-. Pero hoy se han puesto en contacto conmigo para fijar una fecha concreta en la que comenzar a prestar mis servicios. Y la conversación ha sido tan surrealista como cabe imaginar:

Empresario: Dime un día de la semana que viene que te venga bien y comenzamos.

Yo: Mejor te llamo el lunes a ver si podemos quedar.

Empresario: ¿Y eso por qué?

Yo: Más que nada por si te digo ahora mismo una hora y un día y me pilla en la clínica.

Empresario: Ah, es verdad, que tienes que dar a luz. ¿Pero no sabes qué día?

Yo: En principio el miércoles.

Empresario: Bueno, pues quedamos el lunes o el martes si quieres.

Yo: Si quieres fijamos el día, pero es que esto no es una ciencia exacta.

Afortunadamente, están lo suficientemente interesados como para posponer la reunión una semana si hiciera falta, porque aunque he contratado a una persona que me sustituya, el cierre del contrato obviamente lo tengo que hacer yo.

Un amigo mío ya me lo ha dicho: te veo en la sala de partos con el móvil en una mano, el ordenador en la otra y chillando a todo el mundo para que se calle porque estás cerrando un trato.

Lo que tiene ser autónoma…

Y sobre el chiquito, si todo el mundo me ha estado aconsejando sobre el embarazo, ahora todo el mundo me aconseja sobre el nene. Y eso que no ha nacido aún.

Ayer nos fuimos a comprar unas cosas en el super mi marido y yo. Por algún extraño motivo que no entiendo -la lógica de la distribución de productos en los supermercados se me escapa por completo- la comida para gatos (que es lo que fuimos a comprar) estaba ubicada justo en la estantería de enfrente de los pañales (¿¿¿???).  Quieras que no, comenzamos a mirar los precios para ver la que se nos venía encima a mi santo y a mí.

Yo: Mira, esos de ahí son de 4 a 6 kilos pero esos otros son de 5 a 10 kilos, y aquellos de 3 a 5 kilos. No sé, ¿cuáles crees que habrá que comprar? Son todos tan caros que da miedo equivocarse…

Él: Si que son caros, sí. Pero una cosa, ¿los kilos que pone ahí, son los que tiene que pesar el nene o los que aguanta el pañal lleno de mi…?

Creo que estuve tres horas riéndome de la burrada, pero la verdad es que no puedo criticarle. No sé quién anda más perdido de los dos.

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A medida que pasan los días, y me queda ya una quincena para dar a luz, se multiplican a mi alrededor las personas que me cuentan historias de partos. La mayoría son tan truculentas, terroríficas y desagradables que me pregunto por qué me las tienen que contar (no es que sea aprensiva, que también, pero es que hay algunas cosas que creo que es mejor callarse delante de una mujer que va a dar a luz por primera vez, ¿no?, Por no asustar, digo)

Afortunadamente hay otras que incluso me han parecido simpáticas, así que paso a transcribir dos de ellas porque parecen la misma pero desde dos puntos de vista distintos.

La primera es de la secretaria de uno de mis clientes. El tema salió a la luz porque mi tripa es ya inmensa y me preguntó cuánto me faltaba. Yo le contesté y ella me informó que hacía un par de días, con la luna llena, se habían juntado más de 8 en la clínica donde voy a ir.

Secretaria: Se ve que cuando hay cambio de luna pasa siempre lo mismo, porque a mí, con el segundo, cuando llegué, había como diez mujeres más, y la enfermera me dijo que tendría que esperar. ¿Esperar? ¿Esperar a qué? Estaba coronando y me tuvieron que meter dentro a toda prisa, que casi doy a luz en el pasillo…

La otra historia es igual pero al revés. Me la contó la farmacéutica, que le pasó con su primer hijo.

Farmacéutica: Llegué a la clínica y comencé a dilatar pero iba muy lento. De pronto, comenzaron a llegar más mujeres también de parto, como seis o siete, y las fueron pasando a todas pero yo seguía en la habitación, así que mi marido se cogió un cabreo tremendo y se fue a protestar todo indignado a la enfermera que a ver por qué no me entraban a mí, que habíamos llegado los primeros! ¡Fíjate! ¡Cómo si estuvieramos en la peluquería o esto fuera por turnos!!!!

Me reí cuando me las contaron, pero luego me he puesto a pensar en que esto es bastante fastidoso. Ahora mismo, y aunque a efectos de agenda me comporto como si el día del parto fuera a ser exactamente la fecha que me ha dado mi ginecóloga, no puedo dejar de pensar que se puede adelantar en cualquier momento y ¡a la mi.. todas las previsiones!

De hecho, si estoy nerviosa últimamente es precisamente porque sé que no puedo pretender dar a luz el día y la hora que a mi me venga bien o me dé la gana, con lo que cuadraría mi agenda de manera perfecta, sino que eso no va a depender de mí, y me fastidia una barbaridad.

¡Relájate! me dice una amiga cuando se lo cuento. Claro, como ella no es autónoma…

Hace dos días tuve una comida con varios amigos, dos de ellos funcionarios.

Amigo funcionario: ¿Cuándo dejaste de trabajar?

Yo: ¿Perdón?

Amigo funcionario: Si, por el embarazo, ¿desde cuándo hace que no trabajas?

Yo: ¿Qué no trabajo? Pero si aún no he parado…

Amiga funcionaria: ¿Cómo que no? Yo tengo una compañera que se cogió la baja a los tres meses.

Yo: Ya, y tu compañera será funcionaria igual que tú, ¿verdad?

Amiga funcionaria: Pues, sí. Pero vamos, por ley si lo necesitas….

Yo: ¿Por ley? Soy autónoma, si no trabajo no sólo dejo de ganar dinero sino que además puedo perder a todos mis clientes, así que…

 Aunque intento explicarles cuál es la situación real de un autónomo en cuanto a prestaciones sociales se refiere, veo por sus caras que no me entienden. En un momento dado, mi marido, autónomo él también, me susurra: déjalo, ¿no ves que son funcionarios? No van a entenderte, es otro mundo.

Y no sólo los funcionarios. Hoy voy al banco a hacer unas gestiones y pedir una serie de documentos para HACIENDA -que por cierto se ha equivocado en casi todos mis datos fiscales-. El de la ventilla, que ya me conoce gracias a las trimestales, los seguros, la SS, etc. , me dice:

Trabajador: Oye, con todo el lío de papeles que llevas siempre ¿tú no preferirías tener un contrato?

Yo paso de contestarle. ¿Para qué? Si es que la pregunta tiene hasta lógica.

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No sólo no lo sé, sino que además, en las páginas que llevo visitadas de Internet tampoco lo aclaran. Así que me hice el firme propósito de preguntarle a mi ginecóloga cómo reconcer los síntomas de que estoy de parto. Más que nada porque me queda menos de un mes y no quiero que me pille desprevenida.

Aquí debo explicar algo: mi extraña tolerancia al dolor. He tenido dispepsias, dolores de cabeza intensos, heridas, porrazos, huesos rotos, vamos, lo normal en una persona que no se ha quedado encerrada en una burbuja. Y siempre me ha pasado lo mismo.

El dolor en sí, me duele -obvio- pero lo aguanto bastante bien, hasta el punto que una vez estuve con un dedo del pie roto durante dos días y sin acudir al hospital porque, bueno, me dolía y me obligaba a cojear pero tampoco era para tanto. Mi problema con el dolor viene con los tratamientos médicos. Y desde que era pequeña. Jamás lloraba por un porrazo ni por nada de eso, aunque los adultos que me rodeaban se ponían histéricos y me llevaban a la clínica. Y una vez allí, cuando veía al médico de turno cara a mí, con la aguja en la mano o con cualquier otra cosa y pretendiendo tocarme en la zona dolorida, montaba un show…

Que lo sigo montando hoy en día. Mi dentista, al que acudo religiosamente todos los años, me ha pedido en más de una ocasión que me tome un valium antes de ir a la consulta y sacarme sangre para un análisis es un auténtico suplicio. Hace poco, me destrocé un dedo y me tuvieron que poner puntos. Hasta ahí, bien. Ahora, las curas… El enfermero me envió a casa más de una vez y me reñía porque decía que iba a asustar a los niños que estaban fuera de los gritos que daba. Mi marido me acompañó el día que me tenían que quitar los puntos y pasó una vergüenza tremebunda. Y los berridos eran de tal magnitud que el pobre hombre (el enfermero) me tuvo que poner anestesia local para sacarme los puntos.

Hecha esta explicación, creo que cualquier persona puede entender mis temores respecto al parto. ¿Y si me pongo de parto y no me entero hasta que es demasiado tarde?  

Ginecóloga: Los gráficos te han salido bien, no tienes ninguna contracción.

Yo: Vale, pero…

Gine: ¿Tú qué tal estás? Porque de peso veo que vas bien, la anemia sigue ahí, pero en fin, y el colesterol y los triglicéridos altos, no te preocupes que eso es normal, una vez des a luz, se bajarán.

Yo: Ah, bueno, eso me preocupaba.

Gine: ¿Has tenido alguna contracción ya?

Yo: No. Creo que no. Bueno, es que no sé lo que es una contracción.

Gine: Pues… Verás, notas que se te pone toda la tripa dura de repente, muy muy dura, y al principio no te va a doler, pero luego se hace un poco molesto.

Yo: Ah, bueno. Y cuando me pase eso, te llamo, ¿no?

Gine: Pues no. Vamos a ver, me llamas si rompes aguas, que es como si te hicieras pis encima pero sin poder controlarte. Pero no te pongas histérica, ¿vale?

Yo: Vale. ¿Cuánto tiempo pasa desde que rompo aguas hasta el parto?

Gine: Eso depende. Tienes que mirar el líquido que tiras. Si es de color verde o lo ves con sangre, no te esperes a llamarme. Te pillas un taxi y te vas corriendo a la clínica y me llamas desde el taxi, porque esos colores indican que puedes estar teniendo un problema serio, aunque te encuentres bien.

Yo: ¿Y si no es de ese color?

Gine: Pues entonces me llamas tranquilamente, sin agobiarte, y ya te iré yo haciendo preguntas para ver si te tienes que ir corriendo a la clínica o no. Y si no rompes aguas, pero tienes contracciones cada diez minutos, me llamas también, ¿de acuerdo? Mas cosas, ¿quieres epidural?

Yo: Sí, claro. Por supuesto.

Gine: No te la podemos poner hasta que no hayas dilatado por lo menos tres centímetros, así que te iremos controlando.

Aquí es donde intervino mi marido, después de tantos años de conocernos y, sobre todo, de haber asistido en directo a mi pésimo e insoportable comportamiento en clínicas, hospitales y centros de salud.

Él: Pero, ¿es posible que le pongaís drogas antes de la epidural?

Gine: ¿Perdón?

Yo: ¿Qué?

Él: Sí, que si le podéis poner calmantes o tranquilizantes o algo en cuanto llegue a la clínica.

Mi ginecóloga le mira a él como si se hubiera vuelto loco y a mí con un interrogante en la cara. Mi santo se explica.

Él: Es que se pone un poco nerviosa cuando está en un hospital.

Gine: ¿Nerviosa?

Él: Bueno, que monta unos espectáculos tremendos cuando le toca un médico. Tú deberías saberlo, que hace años que viene aquí.

Mi ginecóloga me mira y entonces, sólo entonces, creo que comienza a entender por qué le ha resultado siempre tan difícil hacerme las revisiones.

Gine: O sea que nerviosa, ¿eh? Vaya… Es verdad que se pone un poco nerviosa aquí, pero en la clínica será distinto.

Él: Que no, que no. Que será mucho peor, como la niña del exorcista. (Y va y le cuenta lo de los puntos del dedo)

Le pego una patada en la espinilla y me mira como si estuviera loca. Salimos de la consulta y le pido explicaciones.

Yo: Pero… ¿por qué le has contado todo eso?

Él: Porque es verdad, y porque no quiero que tu ginecóloga, que es la que te va a atender, te haga mucho caso cuando comienzes a insultar a todo el personal y a chillar como si te estuvieran mantando. Tiene que saber cómo te pones para entender lo que pasa.

Yo: Muy bien. Estupendo. Me acabas de quitar todo tipo de autoridad en mi propio parto. ¿Y qué quieres que haga ahora si me intentan hacer algo que yo no quiero? ¿Tirarles lo primero que encuentre a mano?

Él: Uy, eso no se me había ocurrido. Bueno, les diré que no dejen nada cerca de tí.

¡Habrase visto! Creo que a la próxima cita voy yo sola a la ginecóloga y con una lista bien detallada de lo que NO quiero que me hagan durante el parto, para que luego nadie pueda decir que es que, claro, como me pongo histérica en un hospital…

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Una prima mía me dijo que así es como te prepara la naturaleza para lo que te va a venir una vez nazca el bebé. Pero eso no me consuela. El caso es que llevo varias semanas sin poder dormir ocho horas de un tirón, y eso es algo que tampoco nadie te cuenta sobre esta maravillosa y superespecial experiencia del embarazo (nótese el sarcasmo).

Una, dos o incluso tres veces durante la noche me despierta una insoportable necesidad de ir al aseo, y aunque ya voy como un robot, medio dormida y sin casi despertarme, a veces tropiezo con los zapatos de mi santo o con la columna que hay en mi dormitorio (sorpresita tras hacer la reforma para quitar el balcón y hacer la habitación más grande), con lo que me despejo del todo.

Bueno, me despejo yo, mi santo, mi gata, mis vecinos y creo que todo el barrio, porque los “jod..” “mecag..” y “la pu..” que suelto a grito pelado y en mitad del silencio deben asustar a cualquiera. Y eso que de normal ni levanto la voz ni soy malhablada, pero…

El caso es que la falta de sueño en condiciones estaba comenzando a resentir mi trabajo, y en estos tiempos ese es un lujo que una autónoma no se puede permitir. Pero ya he dado con la solución: he cambiado toda mi agenda de forma que me quedan libres siempre unas cuatro horas a mediodía, y me pego unas siestas…

Lo que me lleva al segundo tema de este post. Las prioridades. O mejor dicho, ¿resulta tan extraño el orden de mis prioridades?

Esta pregunta me la he estado planteando a raíz de una conversación con mi cuñada.

Ella: ¿Ya lo tienes todo preparado?

Yo: Desde luego que sí. He hablado ya con la asesora y la semana que viene me tendrá preparados los papeles para contratar a la chica que va a sustituirme, y ya he apalabrado a otra persona para que me cuide al niño. Además, he pedido el voto por correo y ya tengo en casa el paquete para la extracción del cordón umbilical una vez nazca el nene.  También he adelantado todo el trabajo que he podido y me darán la baja unos días antes de lo previsto para que pueda explicarle bien a esta chica en qué va a consistir su trabajo y entrenarla unos días antes de dar a luz. 

Ella (me mira como a una marciana): No me refiero a eso, digo a lo que te tienes que llevar a la clínica.

Yo: Bueno, eso también. Con la lista que me pasaste de cosas que necesita el nene he preparado una malelita de ropa, pañales, toallitas, crema y todo eso.

Ella: ¿Y tus cosas?

Yo: ¿Mis cosas? (Si ya te he dicho que lo he solucionado) ¿Qué cosas?

Ella: Tu maleta.

Yo: ¿Mi maleta? Bueno, tengo una bolsa con camisones y algo de ropa para salir de la clínica, además de un neceser con muestras de crema hidratante y algo de maquillaje.

Ella: ¿Y las compresas post-parto? ¿Y los algodones? ¿Y las braguitas desechables? ¿Y los sujetadores de lactancia?

Yo: ¿?¿?¿?¿?¿?

Ella: ¡Todo eso es fundamental! Tienes que tenerlo todo listo en una maleta para que no te pille desprevenida.

Yo: Ehhh, vale, le preguntaré a la ginecóloga.

Ella: No hace falta que le preguntes eso, hoy mismo te paso la lista por e-mail.

Me pasa la lista por e-mail. Completísima. Tanto que me pregunto: ¿en qué diablos estaba yo pensando cuando creía tenerlo todo bajo control? Y lo que más me sorprende de la lista es esta anotación:

“Es conveniente que lleves a todas horas, en un bolso grande, una muda de ropa y unas compresas, por si rompes aguas y te pilla en el trabajo o muy lejos de la clínica”.

Agradezco las molestias que mi cuñada se toma por mí, pero como no paro de darle vueltas, llego a pensar que mis prioridades están algo confundidas. Llegados a este punto, en el que tengo la cabeza hecha un lío, le pregunto a mi madre.

Yo: Oye mamá, ¿qué crees que voy a necesitar para la clínica?

Madre: Pues, algo de ropita para el nene, algo de ropa para tí y un neceser con crema, colonia, ya sabes. Pero de todas formas no te preocupes, porque como la clínica está cerca de casa, si necesitas algo más, te lo podremos llevar sin ningún problema.

Yo: Vale mamá, gracias.

Madre: Además, allí te darán casi todo lo que necesites, así que no te preocupes mucho de eso. Por cierto ¿has pedido ya el voto por correo? ¿Y has hablado con la asesora para el tema de la baja y los contratos? ¿Y lo del cordón umbilical? ¿Ya lo tienes claro?

¡Si es que madre no hay más que una!

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Hace un tiempo comenté que según mi analítica, tenía todos los índices del hemograma por los suelos. Anémica perdida, vamos.

Para salir de esta situación, mi ginecóloga me sometió a un estricto régimen de comidas con alto contenido en carnes y bajo en hidratos (vaaale, a veces me lo he saltado, estoy embarazada y quiero CHOCOLATE, ¿acaso es tan raro? Bueno, y helado de vez en cuando, y pizza, y…)

Para reforzar ese régimen, me recetó además dos suplementos de hierro, que sumados al suplemento vitamínico general que tomo desde el inicio del embarazo, deberían haberme puesto fuerte como un roble. ¿Qué digo fuerte? Deberían hacer que saltaran las alarmas de los detectores de metal!!! 

Pues bien, tras aproximadamente seis cajas de hierro -puede que haya sido más- me hago el análisis de sangre previo a la consulta de la ginecóloga, y ¿qué me encuentro? Que sigo teniendo anemia. Sí. Así es. A poco más de un mes para dar a luz, el nene me está chupando todo el hierro que puede, ya que en caso contrario, ¿cómo se explica que mi nivel de hematocrito apenas haya variado dos puntitos y siga muuuuy por debajo de lo considerado normal?

La verdad es que tengo un cabreo encima de órdago.

Quedo a tomar un café -descafeinado, claro- con mi marido a media mañana. Se lo cuento.

Él: Bueno, entiende que ahora es cuando más crece y tiene libre acceso a todas tus reservas de energía.

Yo: Pero si eso lo entiendo, lo que no entiendo es que las pastillas, que debían haberme convertido ya en Iron-woman, por lo menos, no me han hecho más que cosquillas.

Él: Pues imagínate cómo estarías si no las hubieras tomado.

Y ahí es cuando me imagino a mi misma hace unos siglos, llevando adelante un embarazo sin analítica ni pastillas de hierro y me entra un escalofrío…

Hoy le toca a mi santo hacer la compra. Ha llegado hace un rato y me abalanzo, literalmente, sobre las bolsas en busca de una barra de chocolate que me ayude a pasar el cabreo. Pues ¡¡¡¡que no ha comprado chocolate!!!!

Yo: Se te ha olvidado el chocolate.

Él: No, no se me ha olvidado, sólo que no lo he comprado.

Yo: ¿Por qué?

Él: Porque la semana que viene tienes cita con la ginecóloga y como no le mientes, con la anemia que tienes te va a preguntar qué has comido y le dirás lo del chocolate y tendremos bronca. Así que si no te lo compro, no te lo comes y fuera líos.

Yo: ¿Fuera líos? ¿Bronca con la ginecóloga? Vamos a ver, ¿tú quién crees que tiene más posibilidades de amargarte la vida, ella o yo?

Él: Ehhhh… ¿lo quieres normal o con almendras?

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