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Mañana hará exactamente tres semanas de la cesárea y puedo decir que ya estoy recuperada por completo, salvo en pequeños detalles. Por lo que seguiré donde lo dejamos: tras el bibe del nene y todos un poco más contentos.

A los cuatro días de la operación, nos dieron el alta. El nene está genial de salud desde que nació, y a mí me costaba un poco -bastante- moverme. Lo peor era levantarse y sentarse, eso dolía horrores.

Pero antes del alta aún pasaron algunas cosas. Para empezar, al día siguiente de la cesárea me quitaron la sonda y me animaron a ir al aseo por mí misma. Estuve un día entero sin miccionar (palabra fina donde las haya) así que al día siguiente, estando en el baño, entró una enfermera y le preguntó a mi marido:

Enfermera: ¿Ha podido miccionar ya? (en las clínicas privadas se ve que son así de finas a la hora de hablar).

Él: Pues no.

Enfermera: Pues igual habrá que sondarla de nuevo.

Oye, que fue oir eso y motivarme al instante. Del resto de temas escatológicos prefiero no hablar, porque no sabría cómo tratarlos con tanta finura. Pero también hubo sus momentos.

Así que a los cuatro días decidieron que ya estaba lo suficientemente recuperada como para darme el alta. Y nos fuimos a casa. Allí comenzó una experiencia completamente nueva y que se describe en los manuales y páginas web sin ahondar lo suficiente. Y no me refiero al tema de no dormir, los cólicos del lactante, el cambio de pañales y similar. Si habéis sido padres/madres, eso os lo sabéis de memoria. Si no lo habés sido, bueno, mejor que sea sorpresa… Pero no es tan duro como lo pintan. Eso o que mi nene ha decidido ponerle las cosas bastantes sencillas a sus padres.

No. Lo que pasó a los cuatro días y estando ya en casa, aparte de una estricta dieta a base de jamón ibérico, sobrasada y bombones, fue ¡la llorera!.

Por todo me ponía a llorar. Cogía a mi nene y lo veía tan pequeñito, que me ponía a llorar. Le daba besos y le quería (y le quiero, claro), que me a llorar sólo de pensarlo. Dejaba que mi marido cogiera a mi nene y los veía a los dos tan agustito que me ponía a llorar. Mi madre -o mi suegra- cogía a mi nene y le hacía carantoñas y yo, hale, a llorar. Miraba el telediario con todo lo que está cayendo y yo, a llorar otra vez. Me hice un simulacro de pedicura por mí misma (el primero en cuatro meses), y a llorar de nuevo. Hasta lloré un día en que mi madre cocinó unos macarrones gratinados que le salieron blanduchos. Total, que lloraba como ciento treinta y cinco veces al día. O más.

Así hasta que pasada una semanita mi santo se asustó de verdad.

Él: ¿Quieres que vayamos a un psicólogo?

Yo: A un psicólogo a qué (y venga la llorera).

Él: Pues porque no es normal que estés así, a ver si vas a tener una depresión postarto.

Yo: ¿Cómo que una depresión postparto? (Snif, snif, buaaahhhhh) Pero si yo quiero mucho al nene y no lo he rechazado (buaaahhhh), sólo que me da por llorar (buaaahhh).

Quince cajas de kleenex después, mi marido me convenció no para ir a un psicólogo, sino para contarle lo que me pasaba al menos a la ginecóloga y que ella decidiera. Y elegimos el día en que me iban a quitar los puntos, diez días justos después de la operación.

Fuimos a la consulta y al principio como siempre:

Gine: ¿Cómo te encuentras? ¿Has tenido fiebre?

Yo: No, fiebre no, pero es que… es que… es que….

Y aquí dejé de hablar y comencé a llorar de manera desconsolada. Motivo: le quería contar que lloraba por cualquier motivo y en vez de contárselo me puse a llorar. Así que mi marido tuvo que tomar las riendas de la conversación:

Él: Es que llora por casi cualquier cosa, y tengo miedo de que le esté dando una depresión postparto, aunque no rechaza al chiquito ni nada de eso.

Gine: Entiendo. Mira, lo de la depresión postparto es algo que le toca a quien le toca, sobre todo si no existe ninguna causa externa, porque no hay ninguna causa externa, ¿verdad? ¿O ha pasado algo?

Yo: No, no ha pasado nada (buahhhh, hip, hip, buaaahhhhh, snif, snif).

Gine: A ver, antes de que nos preocupemos, tenéis que saber que hay veces que sin ser una depresión postparto si se que produce una especie de tristeza, una “mustior” que dura varios días. Vamos a hacer una cosa, te voy a recetar unas vitaminas y si en una semana no has parado de llorar, me llamas y te envío a un psicólogo para que te examine. 

Me tomé las vitaminas y lo cierto es que en cuestión de tres días dejé de llorar. Así que por esta vez, me he librado. En el próximo post os contaré por qué aunque no des el pecho y te encuentres estupendamente bien, no puedes tomar ni una gota de alcohol, pero vamos, ni un vasito de vino. Y lo que fastida.

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Te lo cuentan de un modo como si casi no tuviera importancia, pero la tiene.

Al subir de quirófano no te duele nada. Pero de pronto la anestesia se va y comienza el dolor. No te puedes mover, no te puedes reir, no puedes llorar, no puedes hacer ningún movimiento que implique los abdominales, porque si lo haces, el dolor es insufrible. Y hay muchos movimientos que implican los abdominales. Algunos que ni siquiera sabía que existían.

Como ya conté ayer, comencé a preocuparme por la falta de emoción hacia mi nene. Llegué a pensar que era algo monstruoso no tener casi ningún tipo de sentimiento hacia la criatura a la que acababa a dar a luz. Se podría decir que era el dolor, o los calmantes que me comenzaron a poner, pero nadie me dijo nada de eso. Y ahí estaba yo, en la cama, sin poder moverme, con un nene a mi lado, mi familia pasando de puntillas por la habitación y yo apenas con fuerza para darme cuenta de que algo no iba del todo bien.

Habia decidido intentar la lactancia materna. Bien, pues duele. Y mucho. Había leído en diversas páginas web y también en libros que no se tenía por qué experimentar dolor, sólo quizá una ligera molestia. Así que también pensé que no lo hacía bien. Se lo dije a la matrona y ella me ayudó a poner la mejor postura, postura que por cierto me costó horrores adoptar a causa del dolor de la operación.

Aún así, con la postura correcta, me dolió muchísimo. La primera vez, y la segunda, y la tercera…El caso es que al ser cesárea ni siquiera me subía el calostro, por lo que el nene mordía con mucha fuerza y rabia cada vez que lo intentaba.

La primera noche fue terrible, el nene llorando desesperado, el padre del nene paseándolo por donde podía, los calmantes no quitaban del todo el dolor.

El día siguiente ya pude levantarme, pero estaba agotada y dolorida. Seguí intentanto la lactancia materna, sin ningún resultado, si no contamos como resultado los hematomas que me hizo el porbrecillo. El peque se iba desesperando más y más. Las visitas me agotaron y pedí a mi marido que tratara de que fueran cortas.

Llegó la noche y más de lo mismo. Hacia las cuatro de la madrugada, mi santo se desesperó de tanto oir llorar al nene. Le pedí que lo dejara junto a mí a ver si al menos con el pecho se calmaba. No sacaba más que unas gotitas de calostro que ya comenzaba a salir. Y lo acosté a mi lado. Entonces ocurrió.

El peque se calmó por completo, me miró con esos ojos grandes y oscuros que ha sacado y me hizo una sonrisa. Sé que miró hacia mí y seguramente no me vió, y sé también que la sonrisa no fue sino una mueca sin ningún tipo de intención. Pero a mí me pareció que me miraba y me sonreía, y, por fin, me emocioné y me eché a llorar. Él también, claro, y su padre casi casi, pero por desespero.

Así que después de ver al hombre más paciente del mundo desesperado, y al nene más bonito de la tierra con hambre, no pude más y tomé una decisión. A la primera enfermera que entró por la puerta a la mañana siguiente le pedí un biberón. En vez de dármelo, me dio una lección gratutita de todo lo que yo ya había leído en los libros: que si con la cesárea tarda más en subir la leche, que si hay que tener paciencia, que si le das un biberón luego será más difícil que te coja…

Como estaba agotada y no me veía capaz de discutir ni de pelearme con nadie, llamé a mi madre.

Yo: Mamá, necesito que vengas ahora mismo.

Ella: ¿Qué te pasa, nena?

Yo: Que quiero que le den un biberón al nene y nadie me hace caso.

Ella: ¿Qué? Ahora mismo voy.

Como tengo a quien salir, sabía exactamente lo que iba a pasar cuando llegara mi madre. Así que esperé pacientemente. Lo primero que hizo la mujer al llegar fue llamar a una enfermera.

Ella: La madre quiere dejar la lactancia materna y necesita que le traigan un biberon.

Enfermera: Es que hay que tener un poco de paciencia, sobre todo con la cesárea, porque tarda más la leche.

Ella: Pues la paciencia se le ha agotado a ella y al nene, y los dos quieren un biberón.

Y aquí siguió una discusión que sólo se acabó cuando mi madre, sin ningún tipo de diplomacia, cortó la conversación llamando por teléfono a mi ginecóloga y explicándole el caso.

A las dos horas tuve a mi niño contento y saciado, a su padre calmado, y a mi madre contádole indignada a mi suegra lo que le había costado hacer que me trajeran un puñetero biberón.

 

(PD: Muchas gracias por tus ánimos, Optimista)

Ya estamos de vuelta

Prometí contaros el parto y eso es lo que voy a hacer en esta primera entrada. Pero ojo, que esto de tener un nene da para mucho, así que me temo que voy a tener que dividir este tema en varias partes, y lo siento, pero esta primera igual no os gusta. Sin embargo fue tal cuál la cuento, por si alguien ha tenido una experiencia parecida.

Lo primero es lo primero. Mi ginecóloga no es amiga de hacer cesáreas porque cree que la recuperación es más rápida en un parto natural. Aún así, como ya os conté, me envió a la clínica para una cesárea. Y menos mal. Después de sacar al chiquito y ver como estaba la cosa -el cordón umbilical dando vueltas en bandolera sobre el nene y atrapándole el cuello por completo-  me lo dijo a las claras:

Gine: Este niño no hubiera podido salir en un parto natural jamás en la vida.

Pero vamos por partes.

El viernes por la tarde, la ginecóloga recomendó una cesárea y la programó para el día siguiente. El sábado por la mañana tomamos las maletas y nos fuimos a la clínica. Tal parecía que estuviéramos haciendo el check-in en un hotel, lo prometo. Hasta la habitación era mejor que algunos de los hoteles que he estado. Así que la primera impresión que tuve fue: “menos mal que le hice caso a mi marido y nos sacamos el seguro médico”. No es que no me fie de la Seguridad Social, de hecho si la cosa se hubiera complicado mucho mucho mucho sé que me hubieran trasladado al Hospital, pero he ido a ver amigas mías allí después de dar a luz y la cosa es bastante deprimente. Están muy cansadas después de un parto, compartiendo la habitación con otra mujer, y sin ningún tipo de intimidad. Y eso si les toca una persona normal con una familia normal, porque si se les meten veinte personas en la habitación de golpe armando jaleo -que también lo he visto…

Bueno, me instalé en la habitación con mi marido y a los pocos minutos llegó la matrona. Y estalló el infierno. Literalmente.

La mujer me dio un camisón de hospital, me hizo tumbarme en la cama y trató de cogerme una vía en el brazo izquierdo mientras yo le destrozaba a arañazos y mordiscos la mano a mi santo. Digo trató, porque no lo consiguió ni al tercer intento. Con el brazo ya fatal -diez días después sigo conservando un enorme morado- decidió ir a por el otro. Así que le pedí a mi marido que cambiara de lado. Pues ¡se lo pensó! Cuando logró cogerme la vía, a punto de irse, mi santo le pidió que le trajera un poco de alcohol o algo así. La matrona le miró desconcertada hasta que le enseñó la mano. Y entonces a quien miró desconcertada fue a mí.

A día de hoy, yo llevo manga larga porque el morado del brazo izquierdo es de impresionar, y él va con la mano en el bolsillo la mayor parte del tiempo. Todo por evitar la siguiente conversación:

Persona: ¿Qué te ha pasado? (señalando el brazo o la mano, según con quien)

En mi caso:

Yo: Nada, en la clínica, que la matrona no se aclaraba al ponerme la vía.

Persona: Ahhh (y me mira con cara de no creer y pensar otra cosa peor)

En el caso de mi santo:

Él: Nada, en la clínica que la matrona no se aclaraba al coger la vía.

Persona: ¿Pero es que te han ingresado por algo?

Él: No, a mí no, a mí mujer, ya te dije que le tuvieron que hacer una cesárea.

Persona: ¿Y que tiene que ver tu mano con todo eso?

Él: Da igual, déjalo estar, no lo entenderías…

Tras esto me pasan al quirófano, y a mi santo se lo llevan a una sala adjunta. No le dejan entrar -eso ya lo conté- y la verdad es que me fastidia. ¿A quién voy a cogerle la mano cuando me pinchen la antestesia?

Ahí es cuando comienza lo peor. La anestesista me pone un líquido en la espalda para poder inyectarme una anestesia local yluego pincharme la “raqui”, sea lo que sea eso. Estoy demasiado tranquila, y entonces una enfermera me cuenta que me han administrado un sedante ligero para que esté tranquila. Se ve que ya han sido todos advertidos por la matrona. O por mi marido.

Me ponen la anestesia y actúa casi inmediatamente. Siento las piernas como piedras. Comienza la operación, estoy consciente todo el rato, pero no veo nada de nada. Ni cómo cortan ni cómo sacan al chiquito. Cuando lo sacan, no obstante, pido verlo, más bien lo exijo, pero como estoy “ligeramente sedada” mi tono de voz se ve que no es lo bastante firme como para que me hagan caso. Se lo llevan corriendo al pediatra.

Al cabo de un rato, mientras me están cosiendo, entra una enfermera y me enseña al chavalote. Está perfectamente bien. ¿Me emociono? Pues contrariamente a lo que creía que iba a suceder no, no me emociono. De todas formas, gracias a la sedación, en ese momento la falta de emoción no me preocupa.

Me terminan de coser y me sacan de quirófano. Me pasan a la sala donde está mi marido, quien ha estado todo el rato con el pediatra y con el niño. Me ponen al nene en brazos y me llevan a la habitación. Le miro con cierta distancia y prevención. No me puedo mover de cintura para abajo.

Una vez allí llega la ginecóloga y entonces me lo cuenta todo.

Gine: No podías haber tenido a este nene de parto natural. Hemos tenido suerte de que vinieras ayer a hacerte la revisión y detectáramos la braquicardia antes de que te pusieras de parto. Si te hubieras puesto de parto, no hubiéramos optado por la cesárea como primera opción y lo más seguro es que después de varias horas hubiera entrado en sufrimiento fetal y te hubiéramos tenido que hacer la cesárea de todas maneras.

Veo cierto alivio en su cara mientras me cuenta todo esto, pero me siento ajena a lo sucedido. Miro a mi marido quien después me cuenta todo lo que le ha dicho la ginecóloga con más detalle que a mí. Y miro al nene y sigo sin sentirme emocionada ni nada de eso.

Afortundamente la cosa cambió, pero tardé dos días en en emocionarme. Eso ya os lo contaré mañana.

Cerrado por parto

Que sí, que sí, que ya va esto adelante y cinco días antes de lo previsto.

El caso es que tenía hoy consulta en la ginecóloga, con monitorización incluida, y el nene no se quería despertar. Como los latidos del corazón no subían de 120 por mucho que me tocase la tripa para despertarlo, la ginecóloga se ha preocupado -un poco- y me ha hecho repetir la prueba.

Las cifras seguían igual, así que después de comprobar la eco, me lo ha soltado a bocajarro.

Gine: El niño no está cómodo ya dentro, y no hay señales de parto. Tampoco está en la postura adecuada para provocarte un parto natural, pero tenemos que sacarlo. De momento no hay sufrimiento fetal, pero no podemos esperar mucho, mañana habrá que practicarte una cesárea.

Yo: De acuerdo, bien.

Gine: ¿Te digo que te vamos a hacer una cesárea mañana y me dices que de acuerdo? 

Yo: Pues… si me dices que no hay otro remedio, adelante.

Gine: ¿Y ya está?

Yo: No sé,  ¿qué quieres que te diga? Me parece bien. Una cosa, ¿a qué hora tengo que ir a la clínica?

Ella se queda escamada y mira a mi marido. Luego me vuelve a mirar sorprendida y me suelta:

Gine: La verdad es que no sabía cómo decírtelo, pero no esperaba que te quedaras tan tranquila.

Yo: ¿Y qué quieres que haga? Además así mejor.

Gine: ¿¿??

Aquí interviene mi marido:

Él: Es que teníamos miedo de que se pusiera de parto y tener que ir corriendo histéricos a la clínica. Así, ya sabemos que es mañana y vamos preparados.

Nos mira a los dos casi sin creer lo que está oyendo. Se ve que cuando te dicen algo así, te tienes que asustar mucho. Pero si el nene estuviera en riesgo inminente no esperaríamos a mañana, es lo que creo. Aprovecho su desconcierto para acribillarla a preguntas:

Yo: ¿A qué hora me presento en la clínica? ¿Cuándo es la operación? ¿Puede estar mi marido dentro? ¿Cuántas horas tengo que estar en ayunas? Y la recuperación, ¿cómo es? ¿Y los puntos?

Ella me frena. Tiene que llamar a la clínica para avisarles -obviamente. Llama por teléfono y me da hora. Tengo que presentarme a las 10 am. Después me prepararán y entraré en el quirófano a las 12. Me pondrán una anestesia especial, que no es ni la epidural ni la general, pero ahora no me acuerdo de cómo se llama, que me mantendrá consciente durante toda la operación. Si todo va bien, será bastante rápido, pero no puedo comer ni beber nada desde 12 horas antes y hasta 12 horas después.

 Osea, que el jamón que me tiene preparado mi padre y el champan que ha enfriado mi madre en la nevera tendrán que esperar. Lo único que me fastidia de verdad es que, al ser cesárea, mi santo no podrá estar conmigo en el quirófano. Se lo dice la ginecóloga y él mira y me comenta:

Él: Bueno, así no me harás quedar mal (en clara alusión a mi penoso comportamiento ante los tratamientos médicos).

Cuando salimos, estoy más feliz que unas pascuas. De hecho, si no fuera porque no me toca, me abría la botella de champán esta misma noche. Mi marido me mira y me dice:

Él: Porque estás embarazada y mañana te hacen la cesárea, porque sino, seguro que te ibas de marcha.

Pues sí. Ya os contaré, aunque tardaré unos días. Y, ahora que lo pienso, igual le tendré que cambiar el nombre al blog.

Lo digo en serio: voy a evitar hacer llamadas de teléfono de aquí a que nazca el nene. Al menos, voy a evitarlas en todo lo que pueda, porque cada vez que llamo a alguien, antes de decirme ¿qué tal? o ¿cómo estás?, me dicen ¿ya? ¿ya? ¿ya?

Y la verdad es que a mí ya me gustaría, pero al nene se ve que no. Vamos, que ya me estoy haciendo a la idea de que se quedará conmigo hasta los 40 años….

El caso es que salgo de cuentas en cuestión de días, tengo una tripa que cada día pesa -y asusta más- pero no puedo decir que me sienta mal físicamente, aunque eso sí, no llevo calcetines por no ponérmelos, me cuesta tanto levantarme que prefiero estar de pie y si no fuera porque no me puedo depilar las piernas -y no tengo tiempo de ir a la esteticista- hubiera dejado de utilizar pantalones porque me quedo sin aliento al vestirme. 

Cuando la gente me pregunta que para cuándo lo tengo (porque la gente es así, y eso es lo que me preguntan por la calle, pero incluso personas a las que no conozco de nada) , y les digo que lo espero para el míercoles de la semana que viene, se me quedan mirando raro. Descubrí el porqué de esta mirada ayer hablando con un cliente.

Cliente: No te queda ya mucho ¿verdad?

Yo: Pues no, salgo de cuentas el míercoles de la semana que viene.

Cliente: ¿Tan pronto? Pues no lo parece.

Yo: ¿¿??

Cliente: Es que te veo tan tranquila y tan pancha que cualquiera diría que estás a punto de dar a luz.

Así que me imagino que o bien las embarazadas a las que les faltan días van con cara de sufrimiento o bien que la gente -sobre todo los hombres- tiene una percepción muy extraña de la actitud que debería tener una embarazada días antes del alumbramiento.

Y también está la situación contraria. Hace unos meses mantuve una reunión con otra empresa que estaba interesada en contratarme. Llegamos a un acuerdo y me dijeron que ya me llamarían. Dado que no oculté en ningún momento mi estado (a ver cómo, con esta pedazo tripa), y les dije que la fecha prevista era final de mayo, no me extrañe de que no me volvieran a llamar -¿quien contrataría a alguien a punto de dar a luz?-. Pero hoy se han puesto en contacto conmigo para fijar una fecha concreta en la que comenzar a prestar mis servicios. Y la conversación ha sido tan surrealista como cabe imaginar:

Empresario: Dime un día de la semana que viene que te venga bien y comenzamos.

Yo: Mejor te llamo el lunes a ver si podemos quedar.

Empresario: ¿Y eso por qué?

Yo: Más que nada por si te digo ahora mismo una hora y un día y me pilla en la clínica.

Empresario: Ah, es verdad, que tienes que dar a luz. ¿Pero no sabes qué día?

Yo: En principio el miércoles.

Empresario: Bueno, pues quedamos el lunes o el martes si quieres.

Yo: Si quieres fijamos el día, pero es que esto no es una ciencia exacta.

Afortunadamente, están lo suficientemente interesados como para posponer la reunión una semana si hiciera falta, porque aunque he contratado a una persona que me sustituya, el cierre del contrato obviamente lo tengo que hacer yo.

Un amigo mío ya me lo ha dicho: te veo en la sala de partos con el móvil en una mano, el ordenador en la otra y chillando a todo el mundo para que se calle porque estás cerrando un trato.

Lo que tiene ser autónoma…

Y sobre el chiquito, si todo el mundo me ha estado aconsejando sobre el embarazo, ahora todo el mundo me aconseja sobre el nene. Y eso que no ha nacido aún.

Ayer nos fuimos a comprar unas cosas en el super mi marido y yo. Por algún extraño motivo que no entiendo -la lógica de la distribución de productos en los supermercados se me escapa por completo- la comida para gatos (que es lo que fuimos a comprar) estaba ubicada justo en la estantería de enfrente de los pañales (¿¿¿???).  Quieras que no, comenzamos a mirar los precios para ver la que se nos venía encima a mi santo y a mí.

Yo: Mira, esos de ahí son de 4 a 6 kilos pero esos otros son de 5 a 10 kilos, y aquellos de 3 a 5 kilos. No sé, ¿cuáles crees que habrá que comprar? Son todos tan caros que da miedo equivocarse…

Él: Si que son caros, sí. Pero una cosa, ¿los kilos que pone ahí, son los que tiene que pesar el nene o los que aguanta el pañal lleno de mi…?

Creo que estuve tres horas riéndome de la burrada, pero la verdad es que no puedo criticarle. No sé quién anda más perdido de los dos.

A medida que pasan los días, y me queda ya una quincena para dar a luz, se multiplican a mi alrededor las personas que me cuentan historias de partos. La mayoría son tan truculentas, terroríficas y desagradables que me pregunto por qué me las tienen que contar (no es que sea aprensiva, que también, pero es que hay algunas cosas que creo que es mejor callarse delante de una mujer que va a dar a luz por primera vez, ¿no?, Por no asustar, digo)

Afortunadamente hay otras que incluso me han parecido simpáticas, así que paso a transcribir dos de ellas porque parecen la misma pero desde dos puntos de vista distintos.

La primera es de la secretaria de uno de mis clientes. El tema salió a la luz porque mi tripa es ya inmensa y me preguntó cuánto me faltaba. Yo le contesté y ella me informó que hacía un par de días, con la luna llena, se habían juntado más de 8 en la clínica donde voy a ir.

Secretaria: Se ve que cuando hay cambio de luna pasa siempre lo mismo, porque a mí, con el segundo, cuando llegué, había como diez mujeres más, y la enfermera me dijo que tendría que esperar. ¿Esperar? ¿Esperar a qué? Estaba coronando y me tuvieron que meter dentro a toda prisa, que casi doy a luz en el pasillo…

La otra historia es igual pero al revés. Me la contó la farmacéutica, que le pasó con su primer hijo.

Farmacéutica: Llegué a la clínica y comencé a dilatar pero iba muy lento. De pronto, comenzaron a llegar más mujeres también de parto, como seis o siete, y las fueron pasando a todas pero yo seguía en la habitación, así que mi marido se cogió un cabreo tremendo y se fue a protestar todo indignado a la enfermera que a ver por qué no me entraban a mí, que habíamos llegado los primeros! ¡Fíjate! ¡Cómo si estuvieramos en la peluquería o esto fuera por turnos!!!!

Me reí cuando me las contaron, pero luego me he puesto a pensar en que esto es bastante fastidoso. Ahora mismo, y aunque a efectos de agenda me comporto como si el día del parto fuera a ser exactamente la fecha que me ha dado mi ginecóloga, no puedo dejar de pensar que se puede adelantar en cualquier momento y ¡a la mi.. todas las previsiones!

De hecho, si estoy nerviosa últimamente es precisamente porque sé que no puedo pretender dar a luz el día y la hora que a mi me venga bien o me dé la gana, con lo que cuadraría mi agenda de manera perfecta, sino que eso no va a depender de mí, y me fastidia una barbaridad.

¡Relájate! me dice una amiga cuando se lo cuento. Claro, como ella no es autónoma…

Hace dos días tuve una comida con varios amigos, dos de ellos funcionarios.

Amigo funcionario: ¿Cuándo dejaste de trabajar?

Yo: ¿Perdón?

Amigo funcionario: Si, por el embarazo, ¿desde cuándo hace que no trabajas?

Yo: ¿Qué no trabajo? Pero si aún no he parado…

Amiga funcionaria: ¿Cómo que no? Yo tengo una compañera que se cogió la baja a los tres meses.

Yo: Ya, y tu compañera será funcionaria igual que tú, ¿verdad?

Amiga funcionaria: Pues, sí. Pero vamos, por ley si lo necesitas….

Yo: ¿Por ley? Soy autónoma, si no trabajo no sólo dejo de ganar dinero sino que además puedo perder a todos mis clientes, así que…

 Aunque intento explicarles cuál es la situación real de un autónomo en cuanto a prestaciones sociales se refiere, veo por sus caras que no me entienden. En un momento dado, mi marido, autónomo él también, me susurra: déjalo, ¿no ves que son funcionarios? No van a entenderte, es otro mundo.

Y no sólo los funcionarios. Hoy voy al banco a hacer unas gestiones y pedir una serie de documentos para HACIENDA -que por cierto se ha equivocado en casi todos mis datos fiscales-. El de la ventilla, que ya me conoce gracias a las trimestales, los seguros, la SS, etc. , me dice:

Trabajador: Oye, con todo el lío de papeles que llevas siempre ¿tú no preferirías tener un contrato?

Yo paso de contestarle. ¿Para qué? Si es que la pregunta tiene hasta lógica.

No sólo no lo sé, sino que además, en las páginas que llevo visitadas de Internet tampoco lo aclaran. Así que me hice el firme propósito de preguntarle a mi ginecóloga cómo reconcer los síntomas de que estoy de parto. Más que nada porque me queda menos de un mes y no quiero que me pille desprevenida.

Aquí debo explicar algo: mi extraña tolerancia al dolor. He tenido dispepsias, dolores de cabeza intensos, heridas, porrazos, huesos rotos, vamos, lo normal en una persona que no se ha quedado encerrada en una burbuja. Y siempre me ha pasado lo mismo.

El dolor en sí, me duele -obvio- pero lo aguanto bastante bien, hasta el punto que una vez estuve con un dedo del pie roto durante dos días y sin acudir al hospital porque, bueno, me dolía y me obligaba a cojear pero tampoco era para tanto. Mi problema con el dolor viene con los tratamientos médicos. Y desde que era pequeña. Jamás lloraba por un porrazo ni por nada de eso, aunque los adultos que me rodeaban se ponían histéricos y me llevaban a la clínica. Y una vez allí, cuando veía al médico de turno cara a mí, con la aguja en la mano o con cualquier otra cosa y pretendiendo tocarme en la zona dolorida, montaba un show…

Que lo sigo montando hoy en día. Mi dentista, al que acudo religiosamente todos los años, me ha pedido en más de una ocasión que me tome un valium antes de ir a la consulta y sacarme sangre para un análisis es un auténtico suplicio. Hace poco, me destrocé un dedo y me tuvieron que poner puntos. Hasta ahí, bien. Ahora, las curas… El enfermero me envió a casa más de una vez y me reñía porque decía que iba a asustar a los niños que estaban fuera de los gritos que daba. Mi marido me acompañó el día que me tenían que quitar los puntos y pasó una vergüenza tremebunda. Y los berridos eran de tal magnitud que el pobre hombre (el enfermero) me tuvo que poner anestesia local para sacarme los puntos.

Hecha esta explicación, creo que cualquier persona puede entender mis temores respecto al parto. ¿Y si me pongo de parto y no me entero hasta que es demasiado tarde?  

Ginecóloga: Los gráficos te han salido bien, no tienes ninguna contracción.

Yo: Vale, pero…

Gine: ¿Tú qué tal estás? Porque de peso veo que vas bien, la anemia sigue ahí, pero en fin, y el colesterol y los triglicéridos altos, no te preocupes que eso es normal, una vez des a luz, se bajarán.

Yo: Ah, bueno, eso me preocupaba.

Gine: ¿Has tenido alguna contracción ya?

Yo: No. Creo que no. Bueno, es que no sé lo que es una contracción.

Gine: Pues… Verás, notas que se te pone toda la tripa dura de repente, muy muy dura, y al principio no te va a doler, pero luego se hace un poco molesto.

Yo: Ah, bueno. Y cuando me pase eso, te llamo, ¿no?

Gine: Pues no. Vamos a ver, me llamas si rompes aguas, que es como si te hicieras pis encima pero sin poder controlarte. Pero no te pongas histérica, ¿vale?

Yo: Vale. ¿Cuánto tiempo pasa desde que rompo aguas hasta el parto?

Gine: Eso depende. Tienes que mirar el líquido que tiras. Si es de color verde o lo ves con sangre, no te esperes a llamarme. Te pillas un taxi y te vas corriendo a la clínica y me llamas desde el taxi, porque esos colores indican que puedes estar teniendo un problema serio, aunque te encuentres bien.

Yo: ¿Y si no es de ese color?

Gine: Pues entonces me llamas tranquilamente, sin agobiarte, y ya te iré yo haciendo preguntas para ver si te tienes que ir corriendo a la clínica o no. Y si no rompes aguas, pero tienes contracciones cada diez minutos, me llamas también, ¿de acuerdo? Mas cosas, ¿quieres epidural?

Yo: Sí, claro. Por supuesto.

Gine: No te la podemos poner hasta que no hayas dilatado por lo menos tres centímetros, así que te iremos controlando.

Aquí es donde intervino mi marido, después de tantos años de conocernos y, sobre todo, de haber asistido en directo a mi pésimo e insoportable comportamiento en clínicas, hospitales y centros de salud.

Él: Pero, ¿es posible que le pongaís drogas antes de la epidural?

Gine: ¿Perdón?

Yo: ¿Qué?

Él: Sí, que si le podéis poner calmantes o tranquilizantes o algo en cuanto llegue a la clínica.

Mi ginecóloga le mira a él como si se hubiera vuelto loco y a mí con un interrogante en la cara. Mi santo se explica.

Él: Es que se pone un poco nerviosa cuando está en un hospital.

Gine: ¿Nerviosa?

Él: Bueno, que monta unos espectáculos tremendos cuando le toca un médico. Tú deberías saberlo, que hace años que viene aquí.

Mi ginecóloga me mira y entonces, sólo entonces, creo que comienza a entender por qué le ha resultado siempre tan difícil hacerme las revisiones.

Gine: O sea que nerviosa, ¿eh? Vaya… Es verdad que se pone un poco nerviosa aquí, pero en la clínica será distinto.

Él: Que no, que no. Que será mucho peor, como la niña del exorcista. (Y va y le cuenta lo de los puntos del dedo)

Le pego una patada en la espinilla y me mira como si estuviera loca. Salimos de la consulta y le pido explicaciones.

Yo: Pero… ¿por qué le has contado todo eso?

Él: Porque es verdad, y porque no quiero que tu ginecóloga, que es la que te va a atender, te haga mucho caso cuando comienzes a insultar a todo el personal y a chillar como si te estuvieran mantando. Tiene que saber cómo te pones para entender lo que pasa.

Yo: Muy bien. Estupendo. Me acabas de quitar todo tipo de autoridad en mi propio parto. ¿Y qué quieres que haga ahora si me intentan hacer algo que yo no quiero? ¿Tirarles lo primero que encuentre a mano?

Él: Uy, eso no se me había ocurrido. Bueno, les diré que no dejen nada cerca de tí.

¡Habrase visto! Creo que a la próxima cita voy yo sola a la ginecóloga y con una lista bien detallada de lo que NO quiero que me hagan durante el parto, para que luego nadie pueda decir que es que, claro, como me pongo histérica en un hospital…