Feeds:
Entradas
Comentarios

Archive for the ‘Uncategorized’ Category

(Advierto que esto va de niños)

Ahora que el pequeñajo ha cumplido cinco meses, el pediatra nos ha mandado que le demos papillas. Digo el pediatra, porque la pediatra del chiquitín -que de chiquitín no tiene mucho, porque es temendo- estaba enferma ese día.

Así que a la dulce doctora del nene le sustituyó otro médico también amable pero al que no le tengo cogida la medida. O es que a los médicos no los entiendo bien, porque le pregunté como cinco mil veces qué cantidades había que darle, cómo, cuándo… Y el pediatra mirándonos como si pensara que éramos idiotas. Total: un  perfecto ejemplo de padres principiantes, porque a todo esto, mi santo, a pesar de que se lo hice repetir al médico hasta la extenuación, él ni se enteró -y tampoco yo lo tuve demasiado claro.

Él: Entonces, le damos los cereales por la noche ¿no?

Yo: No, a media mañana. La fruta por la tarde.

Él: Ya bueno, pero ¿y por las noches?

Aún así nos las veíamos felices. Mientras que el médico nos explicaba las cantidades, yo me imaginaba a nosotros mismos dándole las papillas al nene y al pitufo disfrutando como un loco de poder comer por fin algo más sólido…

Cualquiera que tenga hijos sabrá que esto no es verdad. Pero yo no lo sabía.

El primer día: papilla de manzana. El nano superemocionado, le metemos la cuchara en la boca… ¡Una cara de asco!

El segundo día: papilla de plátano. Ni quería abrir la boca.

El tercer día: papilla de pera. Y espectáculo.

Porque ya me había cansado yo de esto y le había preguntado a mi madre, claro.

Yo: Mamá, el nene no quiere tomarse la papilla de fruta. Pero es que ni abre la boca…

Ella: Eso es normal, sobre todo los primeros días.

Yo: Pues será normal, pero no sé qué hacer.

Ella: A tu hermana no hubo forma de darle papilla hasta muy tarde, pero a ti te la daban tus abuelos y mientras que el abuelo le daba golpes con una cuchara a la lámpara, la abuela aprovechaba que abrías la boca y te metía la papilla.

Se lo conté a mi santo y decidimos que lo prioritario era que el nene abriera la boca al menos para que probrara los nuevos sabores.

¿El resultado? Ya que no tengo lámparas que golpear en casa, mi marido se ha convertido de repente en el hombre espectáculo del año: canta, baila, da palmas, agita los brazos, pasea los muñecos por el aire, toca las baquetas, las cucharas, se pone pauñelos y gorras en la cabeza… Y yo, mientras tanto, aprovecho el momento y cada vez que abre la boca le endoso de forma maravillosamente rápida una cucharada de papilla, que, como es lógico, se va casi toda fuera…

Pero ¿por qué cuento todo esto si nunca me ha dado por contar estas monadas? Ahora lo entenderéis.

Estaba con un grupo de conocidas -atención: he dicho conocidas, no amigas- tomando un café en un bar, y como siempre me pasa ultimamente, se pusieron de golpe y de repente a hablar se sus hijos y los problemas que tenían para alimentarlos, que hicieran los deberes, que se pusieran los zapatos por las mañanas, etc.

 Así que les cuento esto mismo que he contado antes. Y en ese momento, una de ellas se me queda mirando y me pregunta:

Conocida 1: Pero ¿tu marido te ayuda con el nene?

Yo: Bueno, hace su parte.

Conocida 1: No, me refiero a que si también se hace cargo del bebé.

Yo (extrañada): Pues claro, es su padre.

Conocida 2 (entra en la conversación): Si bueno, pero por las noches te tendrás que levantar tú y todo eso, porque los hombres…

Yo (mosqueada): Nos turnamos, una noche cada uno.

Conocida 1: ¿En serio? Mi marido ni de coña.

Conocida 2: El mío tampoco.

Yo (supermosqueada): Pero ¿por qué no? ¿Se levantan muy temprano o así?

Conocida 1: No, pero como yo le daba pecho, pues me tocaba siempre a mí, y luego ya se quedó así.

Conocida 2: Pues yo le daba biberón, pero como tenía la baja y él se iba a trabajar, pues me encargaba yo.

Yo (algo asombrada): ¿Y cuándo volviste a trabajar qué?

Conocida 2: Pues nada, que ya nos habíamos acostumbrado a que fuera yo, y el niño lloraba más si iba él, así que…

Yo (superasombrada): Vamos a ver, mi hijo es mío y de mi marido, fifty-fifty, así que lo cuidamos entre los dos y nos fastidiamos los dos cuando toca fastidiarse. Vamos, creo que eso es lo normal.

C1: Ufff, ¿normal? A buenas horas. ¡No sabes lo que me cuesta hacer que mueva un dedo en casa, cómo para que me ayude con el niño!

C2: A mí tampoco me ayuda nada, ¡no sabes la suerte que tienes, hija!

A partir de aquí ya preferí callarme, porque de seguir me hubieran visto como a una marciana o hubieran ido a la caza y captura de mi santo, que hay mucha lagarta suelta.

Porque sí, mi santo no me ayuda en casa. Él hace su parte y yo hago la mía. Punto. Lo demás me parece raro y sacado de otro siglo, pero para mi asombro y mosqueo parece que es más normal de lo que debiera. Y es una lástima, porque ver a tu marido haciendo de hombre orquesta mientras que tú le das la papilla al nene es algo digno de pasar a la posteridad.

Mira, creo que hoy nos grabo a los tres en vídeo y nos envío al Tienes Talento, Tú Sí Que Vales o a cualquier concurso de esos. Ganamos fijo. Por lo menos él.

Read Full Post »

El fiera de mi niño

Aunque puede que no lo parezca por lo que suelo escribir aquí, lo cierto es que se me cae la baba con mi nene, así que hoy procederé a contaros las gracias del churumbel, que está sacando carácter. Se ve que lo lleva en los genes. 

1.- Es un pelota de cuidado. Así, como lo digo. Cada vez que se le acerca alguién y le dice alguna gracia, se ríe. Pero le da igual conocerlo o no. Se ríe. Así que todo el mundo se queda encantado cuando lo conoce. “Ay, que risa tiene, como si me conociera!!!” “!Qué niño más simpático!” “¡´Qué gracioso que es!”. Y deja que le tomen en brazos sin protestar, la mar de contento. Claro, la mala leche se la gasta en privado, con nosotros. Lo dicho, un pelota.

2.- Tiene un sensor de altura integrado. Qué sí, que lo tiene. Estás con él en brazos, completamente quieta o moviéndote lo mínimo. Entonces, como pesa una barbaridad, dices, vale, te tengo al bracito pero me voy a sentar. Pues nada más nota que vas bajando para sentarte…. BUAHH BUAHH BUAHH, y no hay forma. Cuando quiere que estés de pie, se pone cabezón cabezón. Y yo me pregunto ¿cómo es posible que lo note? Pues fácil: tiene un sensor de altura integrado. Fijo que sí.

3.- Es un atleta. Vamos, digo yo, porque no para quieto más que cuando duerme. Y con apenas tres meses ya intenta coger con la mano todo lo que se le pone a tiro. Y si no puede, se enfada. Así está, de un alto que supera con creces todos los percentiles (y me obliga a llevarlo vestido con ropa de seis meses que le viene justita justita) y flaco a pesar de sus siete kilos de peso (siete kilos, sí, mucho, pero está flaco) y los biberones que se zampa, lo que lleva al punto 4.-

4.- Es un tragoncete con reloj suizo incorporado. Bueno no, un supertragón. Directamente. Se bebe unos biberones tremendos y sabe a qué hora le tocan porque a en punto, si no le has preparado el biberón te lo pide. Y vaya cómo te lo pide.

5.- Trata de comportarse como una persona civilizada. Sé que es muy pronto para que balbucée, pero ya me ha dicho la pediatra que es un niño muy precoz. Así que lleva dicendo a, ae, eaea, aei, oooo y otros desde hace un mes. Y siempre habla de esta manera justo a la hora del biberón o de irse a dormir. Cuando no se le hace caso, es entonces cuando arranca a llorar. Así que me he dado cuenta de que el chiquitín trata de comportarse como una persona y pide las cosas antes de ponerse burro. Pues se lo estoy fomentando, mira.

6.- Tiene una fuerza tremenda. Pero tremenda tremenda. Y si le quiero poner la camiseta y a él no le gusta -que se ve que también de moda entiende- o no le da la gana, estira los brazos todo lo que puede para dificultarme al máximo la labor. Y hay un body en concreto que no se lo puedo poner. No se deja. Ni despistándole. Que no y que no. Lo cambio por otra prenda y ya se relaja.  Pero esto no tiene explicación, porque es un body normal, tiene otro igual, de la misma marca y misma tela, que sólo se diferencia en el estampado, pues uno sí y el otro ni en broma.

7.- Le encanta el agua. Sólo lloró la primera vez que le dieron un baño en la clínica. A partir de ahí, le encanta el agua. Tanto que la hora del baño ya sabe cuándo es (un relojito el niño) y se pone a balbucear para recordártelo. Y luego da patadas mientras se ríe y mi santo y yo nos volvemos locos itentando limpiarle mientras se divierte. El cuarto de baño termina hecho un desastre, salpicado por todas partes. Lo hemos llevado a la piscina y quitando la impresión del agua fría del primer día, lo mismo de lo mismo.

8.- Es un exhibicionista. Le gusta estar en porretas. Antes y después del baño, se lo pasa bomba sin su pañal (y ya nos ha hecho varios desastres en la toalla). Lo de vestirse lo lleva peor.

Un fiera que nos lleva agotados a los dos. Aunque yo ya me he hecho con una caja de ginseng y guaraná combinados y parece que voy reviscolando. Tanto, que me he ido de compras y he salido con dos pares de sandalias de taconazo taconazo, unas tipo romano en negro y otras en verde claro casi beis y con tachuelas. Y no veas lo bien que me manejo desde las alturas con el carrito y toda la parafernalia que lleva adjunta un bebé cuando lo sacas de casa.

Read Full Post »

Hola de nuevo después de varios meses, pero si ya habéis tenido hijos, ya sabéis lo que es eso las primeras semanas: agotador.

No obstante, y aunque en principio iba a clausurar el blog -el embarazo ya ha pasado- creo que mi churumbel me va a dar innumerables temas sobre los que hablar. El nene exactamente no, sino todo lo que rodea a esta magnífica y extraordinaria cosa que es poner tu vida en modo maternidad.

Y es que desde que tuve al nene, no se puede nadie imaginar cómo ha cambiado mi vida. Y aquí no me refiero a las noches sin dormir, el cambio de pañales, los malabares para compaginar sus horarios, los míos y los de mi marido, o la cantidad de trastos que un nene lleva adjuntos -que también- sino las relaciones que hasta hace nada tenía como persona.

A pesar de que tanto mi santo como yo somos tendentes a reuniones con la familia y los amigos, ambos tenemos un carácter un tanto huraño que nos lleva a estar tranquilos la mayor parte del tiempo, sin complicaciones ni visitas de ningún tipo. Es decir: los sábados y los domingos, bien. Pero el resto de la semana, que el mundo nos deje un poco en paz.

Pues esto es lo primero que cambia. El respeto que todo el mundo había mostrado hacia nuestra forma de vida -en off socialmente de lunes a viernes excepto para el trabajo- se ha desvanecido por completo. De pronto, la gente que nos llamaba siempre antes de venir a casa y con varios días de antelación, se presenta de improviso con la excusa de ver al nene. Y si siempre hemos evitado ese tipo de visitas porque el día a día nos agota a ambos, no os podéis ni imaginar lo agotadísimos que estamos ahora los dos entre los cuidados del nene y las visitas sociales.

Es más, si ponemos cara de pocos amigos o no damos casi conversación -modos indirectos de decir que no queremos tanta visita- lo achacan ¡a que estamos agotados! A ver: si yo sé que una persona está agotada porque lo veo, la próxima vez le llamo por teléfono para ver cómo está, no me presento de improviso en su casa.

Como además, la mayor parte de estas visitas son de familiares, pues tampoco podemos ponernos bordes porque luego, junto con la visita, tenemos que aguantar el sermón de mi madre o de mi suegra, según la parte.

Madre: ¡Ay, nena, no seas así! ¿No te das cuenta de que vienen para verte y animarte?

Yo: No, si lo agradezco, pero es que termino agotada. ¿No podrían llamar antes?

Madre: Pues no, porque te conocen y saben que si llamaran antes te irías corriendo de casa con cualquier excusa para no verlos. ¡Si es que no se puede ser así!

Otra cosa que me llama la atención es cómo han derivado mis conversaciones hacia temas infantiles que antes poco me importaban. Por no decir nada, claro.

Pero el caso es que, aunque ahora estoy más puesta y esto me ha dado conversación con personas con las que no sabía de qué hablar, agradecería un poco de charla trivial entre adultos, más allá de “¡qué mono está tu nene!” “pues el mío tuvo terrores nocturnos y no sabes lo mal que lo pasamos” o “no te preocupes, que los cólicos son sólo los tres primeros meses”.

Lo mejor de todo fue el otro día una conocida mía que me contaba -ya ves tú qué falta me hace saber las intimidades escatológicas de su familia- los problemas que tiene su primogénito cada vez que tiene que ir a hacer caca.

Ella: Pues se ve que al chiquito le da miedo porque dice que la caca es mala, así que el otro día, lo siento en el váter y me suelta “¿pero el papá hace caca?”, y yo le digo que sí, que claro, que el papá hace caca, que la mamá hace caca y que todo el mundo hace caca, y que es bueno hacer caca. Y coge y me dice “¿todo el mundo?”, y le digo que sí. Y se queda muy serio y me pregunta “¿y Superman también hace caca?”.

La verdad es que todo esto raya lo surrealista. Y me disguta mucho el hecho de que hayan acabado así, sin más, con uno de mis ídolos. Porque el tema no quedó aquí, la chica siguió:

Ella: El caso es que después de lo que dice el nene, me pongo a pensar en Superman y me quitó todo el glamour, porque imagínate al tío, bajándose primero los calzoncillos, después los pantalones y sujetándose la capa para no mancharse.

Pues yo todo ese razonamiento no lo había hecho, pero ella, voluntariosa, lo hizo, lo comentó en voz alta y luego se fue tan  pancha y alegre.

Como esto siga así…

Read Full Post »

Cerrado por parto

Que sí, que sí, que ya va esto adelante y cinco días antes de lo previsto.

El caso es que tenía hoy consulta en la ginecóloga, con monitorización incluida, y el nene no se quería despertar. Como los latidos del corazón no subían de 120 por mucho que me tocase la tripa para despertarlo, la ginecóloga se ha preocupado -un poco- y me ha hecho repetir la prueba.

Las cifras seguían igual, así que después de comprobar la eco, me lo ha soltado a bocajarro.

Gine: El niño no está cómodo ya dentro, y no hay señales de parto. Tampoco está en la postura adecuada para provocarte un parto natural, pero tenemos que sacarlo. De momento no hay sufrimiento fetal, pero no podemos esperar mucho, mañana habrá que practicarte una cesárea.

Yo: De acuerdo, bien.

Gine: ¿Te digo que te vamos a hacer una cesárea mañana y me dices que de acuerdo? 

Yo: Pues… si me dices que no hay otro remedio, adelante.

Gine: ¿Y ya está?

Yo: No sé,  ¿qué quieres que te diga? Me parece bien. Una cosa, ¿a qué hora tengo que ir a la clínica?

Ella se queda escamada y mira a mi marido. Luego me vuelve a mirar sorprendida y me suelta:

Gine: La verdad es que no sabía cómo decírtelo, pero no esperaba que te quedaras tan tranquila.

Yo: ¿Y qué quieres que haga? Además así mejor.

Gine: ¿¿??

Aquí interviene mi marido:

Él: Es que teníamos miedo de que se pusiera de parto y tener que ir corriendo histéricos a la clínica. Así, ya sabemos que es mañana y vamos preparados.

Nos mira a los dos casi sin creer lo que está oyendo. Se ve que cuando te dicen algo así, te tienes que asustar mucho. Pero si el nene estuviera en riesgo inminente no esperaríamos a mañana, es lo que creo. Aprovecho su desconcierto para acribillarla a preguntas:

Yo: ¿A qué hora me presento en la clínica? ¿Cuándo es la operación? ¿Puede estar mi marido dentro? ¿Cuántas horas tengo que estar en ayunas? Y la recuperación, ¿cómo es? ¿Y los puntos?

Ella me frena. Tiene que llamar a la clínica para avisarles -obviamente. Llama por teléfono y me da hora. Tengo que presentarme a las 10 am. Después me prepararán y entraré en el quirófano a las 12. Me pondrán una anestesia especial, que no es ni la epidural ni la general, pero ahora no me acuerdo de cómo se llama, que me mantendrá consciente durante toda la operación. Si todo va bien, será bastante rápido, pero no puedo comer ni beber nada desde 12 horas antes y hasta 12 horas después.

 Osea, que el jamón que me tiene preparado mi padre y el champan que ha enfriado mi madre en la nevera tendrán que esperar. Lo único que me fastidia de verdad es que, al ser cesárea, mi santo no podrá estar conmigo en el quirófano. Se lo dice la ginecóloga y él mira y me comenta:

Él: Bueno, así no me harás quedar mal (en clara alusión a mi penoso comportamiento ante los tratamientos médicos).

Cuando salimos, estoy más feliz que unas pascuas. De hecho, si no fuera porque no me toca, me abría la botella de champán esta misma noche. Mi marido me mira y me dice:

Él: Porque estás embarazada y mañana te hacen la cesárea, porque sino, seguro que te ibas de marcha.

Pues sí. Ya os contaré, aunque tardaré unos días. Y, ahora que lo pienso, igual le tendré que cambiar el nombre al blog.

Read Full Post »

Lo digo en serio: voy a evitar hacer llamadas de teléfono de aquí a que nazca el nene. Al menos, voy a evitarlas en todo lo que pueda, porque cada vez que llamo a alguien, antes de decirme ¿qué tal? o ¿cómo estás?, me dicen ¿ya? ¿ya? ¿ya?

Y la verdad es que a mí ya me gustaría, pero al nene se ve que no. Vamos, que ya me estoy haciendo a la idea de que se quedará conmigo hasta los 40 años….

El caso es que salgo de cuentas en cuestión de días, tengo una tripa que cada día pesa -y asusta más- pero no puedo decir que me sienta mal físicamente, aunque eso sí, no llevo calcetines por no ponérmelos, me cuesta tanto levantarme que prefiero estar de pie y si no fuera porque no me puedo depilar las piernas -y no tengo tiempo de ir a la esteticista- hubiera dejado de utilizar pantalones porque me quedo sin aliento al vestirme. 

Cuando la gente me pregunta que para cuándo lo tengo (porque la gente es así, y eso es lo que me preguntan por la calle, pero incluso personas a las que no conozco de nada) , y les digo que lo espero para el míercoles de la semana que viene, se me quedan mirando raro. Descubrí el porqué de esta mirada ayer hablando con un cliente.

Cliente: No te queda ya mucho ¿verdad?

Yo: Pues no, salgo de cuentas el míercoles de la semana que viene.

Cliente: ¿Tan pronto? Pues no lo parece.

Yo: ¿¿??

Cliente: Es que te veo tan tranquila y tan pancha que cualquiera diría que estás a punto de dar a luz.

Así que me imagino que o bien las embarazadas a las que les faltan días van con cara de sufrimiento o bien que la gente -sobre todo los hombres- tiene una percepción muy extraña de la actitud que debería tener una embarazada días antes del alumbramiento.

Y también está la situación contraria. Hace unos meses mantuve una reunión con otra empresa que estaba interesada en contratarme. Llegamos a un acuerdo y me dijeron que ya me llamarían. Dado que no oculté en ningún momento mi estado (a ver cómo, con esta pedazo tripa), y les dije que la fecha prevista era final de mayo, no me extrañe de que no me volvieran a llamar -¿quien contrataría a alguien a punto de dar a luz?-. Pero hoy se han puesto en contacto conmigo para fijar una fecha concreta en la que comenzar a prestar mis servicios. Y la conversación ha sido tan surrealista como cabe imaginar:

Empresario: Dime un día de la semana que viene que te venga bien y comenzamos.

Yo: Mejor te llamo el lunes a ver si podemos quedar.

Empresario: ¿Y eso por qué?

Yo: Más que nada por si te digo ahora mismo una hora y un día y me pilla en la clínica.

Empresario: Ah, es verdad, que tienes que dar a luz. ¿Pero no sabes qué día?

Yo: En principio el miércoles.

Empresario: Bueno, pues quedamos el lunes o el martes si quieres.

Yo: Si quieres fijamos el día, pero es que esto no es una ciencia exacta.

Afortunadamente, están lo suficientemente interesados como para posponer la reunión una semana si hiciera falta, porque aunque he contratado a una persona que me sustituya, el cierre del contrato obviamente lo tengo que hacer yo.

Un amigo mío ya me lo ha dicho: te veo en la sala de partos con el móvil en una mano, el ordenador en la otra y chillando a todo el mundo para que se calle porque estás cerrando un trato.

Lo que tiene ser autónoma…

Y sobre el chiquito, si todo el mundo me ha estado aconsejando sobre el embarazo, ahora todo el mundo me aconseja sobre el nene. Y eso que no ha nacido aún.

Ayer nos fuimos a comprar unas cosas en el super mi marido y yo. Por algún extraño motivo que no entiendo -la lógica de la distribución de productos en los supermercados se me escapa por completo- la comida para gatos (que es lo que fuimos a comprar) estaba ubicada justo en la estantería de enfrente de los pañales (¿¿¿???).  Quieras que no, comenzamos a mirar los precios para ver la que se nos venía encima a mi santo y a mí.

Yo: Mira, esos de ahí son de 4 a 6 kilos pero esos otros son de 5 a 10 kilos, y aquellos de 3 a 5 kilos. No sé, ¿cuáles crees que habrá que comprar? Son todos tan caros que da miedo equivocarse…

Él: Si que son caros, sí. Pero una cosa, ¿los kilos que pone ahí, son los que tiene que pesar el nene o los que aguanta el pañal lleno de mi…?

Creo que estuve tres horas riéndome de la burrada, pero la verdad es que no puedo criticarle. No sé quién anda más perdido de los dos.

Read Full Post »

A medida que pasan los días, y me queda ya una quincena para dar a luz, se multiplican a mi alrededor las personas que me cuentan historias de partos. La mayoría son tan truculentas, terroríficas y desagradables que me pregunto por qué me las tienen que contar (no es que sea aprensiva, que también, pero es que hay algunas cosas que creo que es mejor callarse delante de una mujer que va a dar a luz por primera vez, ¿no?, Por no asustar, digo)

Afortunadamente hay otras que incluso me han parecido simpáticas, así que paso a transcribir dos de ellas porque parecen la misma pero desde dos puntos de vista distintos.

La primera es de la secretaria de uno de mis clientes. El tema salió a la luz porque mi tripa es ya inmensa y me preguntó cuánto me faltaba. Yo le contesté y ella me informó que hacía un par de días, con la luna llena, se habían juntado más de 8 en la clínica donde voy a ir.

Secretaria: Se ve que cuando hay cambio de luna pasa siempre lo mismo, porque a mí, con el segundo, cuando llegué, había como diez mujeres más, y la enfermera me dijo que tendría que esperar. ¿Esperar? ¿Esperar a qué? Estaba coronando y me tuvieron que meter dentro a toda prisa, que casi doy a luz en el pasillo…

La otra historia es igual pero al revés. Me la contó la farmacéutica, que le pasó con su primer hijo.

Farmacéutica: Llegué a la clínica y comencé a dilatar pero iba muy lento. De pronto, comenzaron a llegar más mujeres también de parto, como seis o siete, y las fueron pasando a todas pero yo seguía en la habitación, así que mi marido se cogió un cabreo tremendo y se fue a protestar todo indignado a la enfermera que a ver por qué no me entraban a mí, que habíamos llegado los primeros! ¡Fíjate! ¡Cómo si estuvieramos en la peluquería o esto fuera por turnos!!!!

Me reí cuando me las contaron, pero luego me he puesto a pensar en que esto es bastante fastidoso. Ahora mismo, y aunque a efectos de agenda me comporto como si el día del parto fuera a ser exactamente la fecha que me ha dado mi ginecóloga, no puedo dejar de pensar que se puede adelantar en cualquier momento y ¡a la mi.. todas las previsiones!

De hecho, si estoy nerviosa últimamente es precisamente porque sé que no puedo pretender dar a luz el día y la hora que a mi me venga bien o me dé la gana, con lo que cuadraría mi agenda de manera perfecta, sino que eso no va a depender de mí, y me fastidia una barbaridad.

¡Relájate! me dice una amiga cuando se lo cuento. Claro, como ella no es autónoma…

Hace dos días tuve una comida con varios amigos, dos de ellos funcionarios.

Amigo funcionario: ¿Cuándo dejaste de trabajar?

Yo: ¿Perdón?

Amigo funcionario: Si, por el embarazo, ¿desde cuándo hace que no trabajas?

Yo: ¿Qué no trabajo? Pero si aún no he parado…

Amiga funcionaria: ¿Cómo que no? Yo tengo una compañera que se cogió la baja a los tres meses.

Yo: Ya, y tu compañera será funcionaria igual que tú, ¿verdad?

Amiga funcionaria: Pues, sí. Pero vamos, por ley si lo necesitas….

Yo: ¿Por ley? Soy autónoma, si no trabajo no sólo dejo de ganar dinero sino que además puedo perder a todos mis clientes, así que…

 Aunque intento explicarles cuál es la situación real de un autónomo en cuanto a prestaciones sociales se refiere, veo por sus caras que no me entienden. En un momento dado, mi marido, autónomo él también, me susurra: déjalo, ¿no ves que son funcionarios? No van a entenderte, es otro mundo.

Y no sólo los funcionarios. Hoy voy al banco a hacer unas gestiones y pedir una serie de documentos para HACIENDA -que por cierto se ha equivocado en casi todos mis datos fiscales-. El de la ventilla, que ya me conoce gracias a las trimestales, los seguros, la SS, etc. , me dice:

Trabajador: Oye, con todo el lío de papeles que llevas siempre ¿tú no preferirías tener un contrato?

Yo paso de contestarle. ¿Para qué? Si es que la pregunta tiene hasta lógica.

Read Full Post »

Al contrario que otras entradas, en esta voy a centrarme en dos cuestiones prácticas que nadie me había contado y he ido descubriendo poco a poco.

El embarazo si eres autónoma es una fuente inagotable de consultas con un buen asesor laboral, así que no escatimes el dinero ni intentes enterarte de todo por internet porque te vas a hacer un lío. Pero aquí tienes unas pistas sobre la baja maternal.

En primer lugar debes saber que SÍ TE INTERESA. Esto lo he puesto en duda durante todo el embarazo, pero ahora estoy cada vez más convencida.

Tienes derecho a coger la baja, y te recomiendo que vayas haciendo papeles. La prestación te puede resultar irrisoria si cotizas por el mínimo, pero aún así, te van a dar el 100% de la base de cotización.

Después deberás elegir si te das de baja con cese de actividad o sin cese de actividad. En el primero de los casos, no puedes facturar ni hacer nada de nada, pero tendrás la prestación.

 En el segundo caso, estás obligada a contratar a alguien a jornada completa -no, no puede ser parcial-  para que lleve adelante tu trabajo, por lo que puedes seguir facturando. ¿Pierdes la prestación por este motivo? Pues resulta que no, la cobras igualmente, lo que te puede servir para pagar el sueldo, o al menos una parte del mismo, a la persona a la que vayas a contratar.

Delega todo el tema del papeleo en un asesor, bastantes quebraderos de cabeza vas a tener ya, pero coge la baja porque si no la cojes, no vas a tener derecho a la bonificación del 100% del pago de la cuota de la Seguridad Social durante un año. Que es lo que me ha convencido a mí. Ahora bien, la baja mínima es de seis semanas, y sí, estoy de acuerdo contigo, encontrar a una persona que pueda hacer tu trabajo es bien díficil, pero no imposible.

Y hasta aquí la parte verdaderamente más práctica del artículo. Otra cuestión es ¿tus clientes muestran dudas sobre tu embarazo? Una vez tengas resuelto, y bien claro, el tema del papeleo -insisto, contrata a un buen asesor- creéme, si les expones el caso no vas a perderlos. Es más, aún mejorarás todavía más tu imagen profesional, dado que te has anticipado con soluciones a los “problemas” que podría causar tu baja.

¿Es todo esto justo? Pues si miro a amigas mías con contratos laborales cuyas bajas no han sido más que un trámite en el que no han tenido que pensar en todo esto, pues no es justo. Pero eres autónoma, y sólo por eso ya sabes que la vida no es justa, sobre todo cuando te toca pagar las trimestrales.

Otra cuestión muy práctica es la compra del carrito. De esto -comprar trastos- ya he hablado alguna que otra vez, pero si te pasa como a mí, que te mareas con las explicaciones que te dan en las tiendas, agradecerás esta información.

Al principio todo era ver tiendas y preguntar, y las dependientas te enseñaban un catálogo y te iban contando los pros de todos los carritos. Los contras no te los cuentan. Con lo increiblemente buena que soy realizando análisis y manejando información, de pronto me sentí la mujer más inútil del mundo al ser incapaz de escoger un carrito. Y mi marido, por lo general práctico a la hora de comprar trastos, más inútil aún que yo.

Pero descubrí la causa de mi inoperancia: las dependientas. Te hablan como si entendieras lo que te dicen. Y si es la primera vez que estás embarazada y nunca te has interesado por las cosas de bebés, cuando te explican que tal modelo incluye la maxi-cosi o que tal otro se pliega “en paraguas”, te da la impresión de que te perdiste esa clase en el colegio. Por lo menos.  

Y me di cuenta de eso gracias a una estupenda dependienta que me atendió en la decimosexta tienda que fui a visitar. Y aquí no fue cuestión de edad ni experiencia, de hecho era de las dependientas más jóvenes con las que me topé, ni tampoco de idioma o cultura, porque era holandesa y aunque hablaba español con fluidez, alguna patada sí metía al hablar.

En vez de eseñarme un catálogo o mostrarme los carritos explicando las ventajas de cada uno, comenzó preguntándome si vivía en un piso con ascensor o en una casa con escaleras, si tenía coche y si mi coche era grande o pequeño, si acostumbrábamos a pasear por la ciudad o por el campo, y con todos esos datos y más, me mostró una serie de carritos, me explicó por qué serían prácticos y me animó a montar y desmontar todos y cada uno de los carritos que me mostró. Obviamente, al salir de la tienda, ya tenía el carro encargado.

Así que extraigo de aquí una serie de lecciones:

1. No dejes que las dependientas te apabullen con datos sacados de un catálogo. Antes que eso, explícales cuáles son tus circunstancias (tienes coche, vives en una finca con ascensor… es por las proporciones, para que luego te quepa en el maletero y puedas entrar tú con el carrito en el ascensor, mídelos, no te cortes) .

2. Una vez establecidas las medidas máximas que debe tener el carrito, explícale que eres una mujer ocupada y que quieres que se pueda plegar lo más sencillamente posible, y que el chasis sea ligero. Te explico: las ciudadades no están hechas para pasear con un carrito, así que en muchas circunstancias deberás llevarlo un poco al vuelo. Además, si vas tú sola, tendrás que hacerte con el niño en una mano y el carro en la otra para el coche.

3. No permitas que te muestre un segundo modelo sin que te haya explicado cómo se monta y se desmonta el primero. Y no permitas que te lo muestre sin más. Hazlo tú misma después que ella. Es la única forma de saber lo fácil o lo difícil que te va a resultar.

4. No te dejes llevar por el diseño ultramoderno del carrito. Puede no ser práctico. Cuanto más fácilmente se pliegue y más lugares tenga donde llevar cosas (cesta debajo del carro, por ejemplo), mejor.

5. No te dejes convencer con argumentos del tipo “es el más vendido en España”. Eso no implica que sea el mejor para ti. Sólo quiere decir que es el que más se vende.

6. Si te gusta un modelo, posiblemente te enseñen otro de la misma casa y te lo intenten vender como que “este es el de lujo”. Vale: normalmente cuesta como el doble y nada te garantiza que sea mejor. Procede como en el resto de casos: levantalo al vuelo, pliégalo, mídelo… Aunque en un primer momento puedas pensar “para mi nen@ lo mejor de lo mejor”, piensa también en tu espalda.  

Hasta aquí el post de hoy. Si tú también has descuberto alguna cosa práctica que nadie te había contado, te animo a dejar constancia a través de un comentario, que sabes que son siempre bienvenidos.

Read Full Post »

Older Posts »