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Archive for the ‘Revisiones’ Category

Una de mis mayores obsesiones es la higiene dental. Y es una obsesión muy lógica, derivada del pánico que sentí el día en que con catorce años me metieron un torno en la boca para quitarme una caries y empastarme una muela.

Así que dije: se acabó. Ni una caries más en toda la vida. Y así es cómo mi cuarto de baño, entre otras cosas, tiene todos los complementos inimaginables para una correctísisisisima higiene dental: cepillo eléctrico de última generación, cepillos interdentales de distintos tamaños, seda plana y normal, colutorios de flúor sin alcohol… Por no hablar del kit básico que llevo conmigo siempre en el bolso (nunca se sabe cuándo no vas a poder ir a casa a comer) o las revisiones a las que acudo histérica pero religiosamente. 

¿Por qué?, os preguntaréis, cuento esto ahora. Pues para advertiros de algo que no sabéis (problablemente), y es que el cambio hormonal del embarazo puede afectar a vuestros dientes. Y me he enterado precisamente HOY, que tenía cita con el dentista, obviamente.

Así que llego, abro la boca, y la higienista -que es la misma de siempre- me empieza a hacer la limpieza. Noto que me duele más que de costumbre y en un momento dado ella para y me dice:

Higienista: ¿Te ha pasado algo?

Yo: ¿A mí? No, nada, ¿por qué?

Higienista: Porque tienes unas placas de sarro que no es normal. Vamos, en otros pacientes sí, pero en ti no había visto nunca unas placas tan gruesas.

Yo: Pero, ¿qué dices? Si sigo la misma rutina que siempre!!!

Higienista: Pues mira mira, cemento armado (y me mete el gancho ese que usan en la boca y hace rrrraaaaac rrrraaaacccc, oye, una cosa tremenda)

Aquí yo me asusto y empiezo a mirar todas las ilustraciones que tiene en la sala de gingivitis, periodontits y similaritis en un agobiante ataque de hipocondria dental.  Hasta que me dice ella:

Higienista: ¿Has estado embarazada?

Yo: Pues sí, hace poco menos de un mes tuve un nene bien guapo.

Higienista: ¡Acabáramos! ¡Es por eso! Durante el embarazo se producen muchos cambios hormonales y te pueden haber afectado a la saliva, y de ahí todo este sarro.

Es posible que además del sarro haya habido otros efectos indeseables, así que antes de irme de la consulta he pedido una cita para hacerme una revisión completa por parte del dentista con radiografias incluídas, en cuestión de un mes.

Pues aquí el tema del post de hoy: cuidadín con esto, porque es otra cosa que no te avisan. Si una obsesa de la higiene dental como yo termina el embarazo con unas placas de sarro como para llenar sacos de porland, y si mi higienista ha terminado sudando del esfuerzo a pesar del aire acondicionado, ya os podéis cuidar bien la boca, ya. Que me ha dado por imaginarme el desastre y casi me da un patatús.

¿Y el nene? Bien, gracias. De momento es un encanto. Sobre todo como esta mañana, en la que con la mano derecha trataba de calmarle el llanto, con la izquierda retocaba en el ordenador un informe escrito por mi nueva empleada -la que me sustituye- que había que enviar urgentemente, con el pie apartaba a la gata de la cuna del nene, con el manos libres le pedía a mi santo que comprara un paquete de pañales antes de venir a casa, y de reojo comprobaba el reloj para ver si llegaba mi madre a hacerse cargo del pequeñajo y poder marcharme al dentista. Y todo al mismo tiempo.

Welcome to Motherhood!

(Iba a escribir un post sobre el dolor de cabeza, pero lo dejo para más adelante)

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Mañana hará exactamente tres semanas de la cesárea y puedo decir que ya estoy recuperada por completo, salvo en pequeños detalles. Por lo que seguiré donde lo dejamos: tras el bibe del nene y todos un poco más contentos.

A los cuatro días de la operación, nos dieron el alta. El nene está genial de salud desde que nació, y a mí me costaba un poco -bastante- moverme. Lo peor era levantarse y sentarse, eso dolía horrores.

Pero antes del alta aún pasaron algunas cosas. Para empezar, al día siguiente de la cesárea me quitaron la sonda y me animaron a ir al aseo por mí misma. Estuve un día entero sin miccionar (palabra fina donde las haya) así que al día siguiente, estando en el baño, entró una enfermera y le preguntó a mi marido:

Enfermera: ¿Ha podido miccionar ya? (en las clínicas privadas se ve que son así de finas a la hora de hablar).

Él: Pues no.

Enfermera: Pues igual habrá que sondarla de nuevo.

Oye, que fue oir eso y motivarme al instante. Del resto de temas escatológicos prefiero no hablar, porque no sabría cómo tratarlos con tanta finura. Pero también hubo sus momentos.

Así que a los cuatro días decidieron que ya estaba lo suficientemente recuperada como para darme el alta. Y nos fuimos a casa. Allí comenzó una experiencia completamente nueva y que se describe en los manuales y páginas web sin ahondar lo suficiente. Y no me refiero al tema de no dormir, los cólicos del lactante, el cambio de pañales y similar. Si habéis sido padres/madres, eso os lo sabéis de memoria. Si no lo habés sido, bueno, mejor que sea sorpresa… Pero no es tan duro como lo pintan. Eso o que mi nene ha decidido ponerle las cosas bastantes sencillas a sus padres.

No. Lo que pasó a los cuatro días y estando ya en casa, aparte de una estricta dieta a base de jamón ibérico, sobrasada y bombones, fue ¡la llorera!.

Por todo me ponía a llorar. Cogía a mi nene y lo veía tan pequeñito, que me ponía a llorar. Le daba besos y le quería (y le quiero, claro), que me a llorar sólo de pensarlo. Dejaba que mi marido cogiera a mi nene y los veía a los dos tan agustito que me ponía a llorar. Mi madre -o mi suegra- cogía a mi nene y le hacía carantoñas y yo, hale, a llorar. Miraba el telediario con todo lo que está cayendo y yo, a llorar otra vez. Me hice un simulacro de pedicura por mí misma (el primero en cuatro meses), y a llorar de nuevo. Hasta lloré un día en que mi madre cocinó unos macarrones gratinados que le salieron blanduchos. Total, que lloraba como ciento treinta y cinco veces al día. O más.

Así hasta que pasada una semanita mi santo se asustó de verdad.

Él: ¿Quieres que vayamos a un psicólogo?

Yo: A un psicólogo a qué (y venga la llorera).

Él: Pues porque no es normal que estés así, a ver si vas a tener una depresión postarto.

Yo: ¿Cómo que una depresión postparto? (Snif, snif, buaaahhhhh) Pero si yo quiero mucho al nene y no lo he rechazado (buaaahhhh), sólo que me da por llorar (buaaahhh).

Quince cajas de kleenex después, mi marido me convenció no para ir a un psicólogo, sino para contarle lo que me pasaba al menos a la ginecóloga y que ella decidiera. Y elegimos el día en que me iban a quitar los puntos, diez días justos después de la operación.

Fuimos a la consulta y al principio como siempre:

Gine: ¿Cómo te encuentras? ¿Has tenido fiebre?

Yo: No, fiebre no, pero es que… es que… es que….

Y aquí dejé de hablar y comencé a llorar de manera desconsolada. Motivo: le quería contar que lloraba por cualquier motivo y en vez de contárselo me puse a llorar. Así que mi marido tuvo que tomar las riendas de la conversación:

Él: Es que llora por casi cualquier cosa, y tengo miedo de que le esté dando una depresión postparto, aunque no rechaza al chiquito ni nada de eso.

Gine: Entiendo. Mira, lo de la depresión postparto es algo que le toca a quien le toca, sobre todo si no existe ninguna causa externa, porque no hay ninguna causa externa, ¿verdad? ¿O ha pasado algo?

Yo: No, no ha pasado nada (buahhhh, hip, hip, buaaahhhhh, snif, snif).

Gine: A ver, antes de que nos preocupemos, tenéis que saber que hay veces que sin ser una depresión postparto si se que produce una especie de tristeza, una “mustior” que dura varios días. Vamos a hacer una cosa, te voy a recetar unas vitaminas y si en una semana no has parado de llorar, me llamas y te envío a un psicólogo para que te examine. 

Me tomé las vitaminas y lo cierto es que en cuestión de tres días dejé de llorar. Así que por esta vez, me he librado. En el próximo post os contaré por qué aunque no des el pecho y te encuentres estupendamente bien, no puedes tomar ni una gota de alcohol, pero vamos, ni un vasito de vino. Y lo que fastida.

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No sólo no lo sé, sino que además, en las páginas que llevo visitadas de Internet tampoco lo aclaran. Así que me hice el firme propósito de preguntarle a mi ginecóloga cómo reconcer los síntomas de que estoy de parto. Más que nada porque me queda menos de un mes y no quiero que me pille desprevenida.

Aquí debo explicar algo: mi extraña tolerancia al dolor. He tenido dispepsias, dolores de cabeza intensos, heridas, porrazos, huesos rotos, vamos, lo normal en una persona que no se ha quedado encerrada en una burbuja. Y siempre me ha pasado lo mismo.

El dolor en sí, me duele -obvio- pero lo aguanto bastante bien, hasta el punto que una vez estuve con un dedo del pie roto durante dos días y sin acudir al hospital porque, bueno, me dolía y me obligaba a cojear pero tampoco era para tanto. Mi problema con el dolor viene con los tratamientos médicos. Y desde que era pequeña. Jamás lloraba por un porrazo ni por nada de eso, aunque los adultos que me rodeaban se ponían histéricos y me llevaban a la clínica. Y una vez allí, cuando veía al médico de turno cara a mí, con la aguja en la mano o con cualquier otra cosa y pretendiendo tocarme en la zona dolorida, montaba un show…

Que lo sigo montando hoy en día. Mi dentista, al que acudo religiosamente todos los años, me ha pedido en más de una ocasión que me tome un valium antes de ir a la consulta y sacarme sangre para un análisis es un auténtico suplicio. Hace poco, me destrocé un dedo y me tuvieron que poner puntos. Hasta ahí, bien. Ahora, las curas… El enfermero me envió a casa más de una vez y me reñía porque decía que iba a asustar a los niños que estaban fuera de los gritos que daba. Mi marido me acompañó el día que me tenían que quitar los puntos y pasó una vergüenza tremebunda. Y los berridos eran de tal magnitud que el pobre hombre (el enfermero) me tuvo que poner anestesia local para sacarme los puntos.

Hecha esta explicación, creo que cualquier persona puede entender mis temores respecto al parto. ¿Y si me pongo de parto y no me entero hasta que es demasiado tarde?  

Ginecóloga: Los gráficos te han salido bien, no tienes ninguna contracción.

Yo: Vale, pero…

Gine: ¿Tú qué tal estás? Porque de peso veo que vas bien, la anemia sigue ahí, pero en fin, y el colesterol y los triglicéridos altos, no te preocupes que eso es normal, una vez des a luz, se bajarán.

Yo: Ah, bueno, eso me preocupaba.

Gine: ¿Has tenido alguna contracción ya?

Yo: No. Creo que no. Bueno, es que no sé lo que es una contracción.

Gine: Pues… Verás, notas que se te pone toda la tripa dura de repente, muy muy dura, y al principio no te va a doler, pero luego se hace un poco molesto.

Yo: Ah, bueno. Y cuando me pase eso, te llamo, ¿no?

Gine: Pues no. Vamos a ver, me llamas si rompes aguas, que es como si te hicieras pis encima pero sin poder controlarte. Pero no te pongas histérica, ¿vale?

Yo: Vale. ¿Cuánto tiempo pasa desde que rompo aguas hasta el parto?

Gine: Eso depende. Tienes que mirar el líquido que tiras. Si es de color verde o lo ves con sangre, no te esperes a llamarme. Te pillas un taxi y te vas corriendo a la clínica y me llamas desde el taxi, porque esos colores indican que puedes estar teniendo un problema serio, aunque te encuentres bien.

Yo: ¿Y si no es de ese color?

Gine: Pues entonces me llamas tranquilamente, sin agobiarte, y ya te iré yo haciendo preguntas para ver si te tienes que ir corriendo a la clínica o no. Y si no rompes aguas, pero tienes contracciones cada diez minutos, me llamas también, ¿de acuerdo? Mas cosas, ¿quieres epidural?

Yo: Sí, claro. Por supuesto.

Gine: No te la podemos poner hasta que no hayas dilatado por lo menos tres centímetros, así que te iremos controlando.

Aquí es donde intervino mi marido, después de tantos años de conocernos y, sobre todo, de haber asistido en directo a mi pésimo e insoportable comportamiento en clínicas, hospitales y centros de salud.

Él: Pero, ¿es posible que le pongaís drogas antes de la epidural?

Gine: ¿Perdón?

Yo: ¿Qué?

Él: Sí, que si le podéis poner calmantes o tranquilizantes o algo en cuanto llegue a la clínica.

Mi ginecóloga le mira a él como si se hubiera vuelto loco y a mí con un interrogante en la cara. Mi santo se explica.

Él: Es que se pone un poco nerviosa cuando está en un hospital.

Gine: ¿Nerviosa?

Él: Bueno, que monta unos espectáculos tremendos cuando le toca un médico. Tú deberías saberlo, que hace años que viene aquí.

Mi ginecóloga me mira y entonces, sólo entonces, creo que comienza a entender por qué le ha resultado siempre tan difícil hacerme las revisiones.

Gine: O sea que nerviosa, ¿eh? Vaya… Es verdad que se pone un poco nerviosa aquí, pero en la clínica será distinto.

Él: Que no, que no. Que será mucho peor, como la niña del exorcista. (Y va y le cuenta lo de los puntos del dedo)

Le pego una patada en la espinilla y me mira como si estuviera loca. Salimos de la consulta y le pido explicaciones.

Yo: Pero… ¿por qué le has contado todo eso?

Él: Porque es verdad, y porque no quiero que tu ginecóloga, que es la que te va a atender, te haga mucho caso cuando comienzes a insultar a todo el personal y a chillar como si te estuvieran mantando. Tiene que saber cómo te pones para entender lo que pasa.

Yo: Muy bien. Estupendo. Me acabas de quitar todo tipo de autoridad en mi propio parto. ¿Y qué quieres que haga ahora si me intentan hacer algo que yo no quiero? ¿Tirarles lo primero que encuentre a mano?

Él: Uy, eso no se me había ocurrido. Bueno, les diré que no dejen nada cerca de tí.

¡Habrase visto! Creo que a la próxima cita voy yo sola a la ginecóloga y con una lista bien detallada de lo que NO quiero que me hagan durante el parto, para que luego nadie pueda decir que es que, claro, como me pongo histérica en un hospital…

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Hace un tiempo comenté que según mi analítica, tenía todos los índices del hemograma por los suelos. Anémica perdida, vamos.

Para salir de esta situación, mi ginecóloga me sometió a un estricto régimen de comidas con alto contenido en carnes y bajo en hidratos (vaaale, a veces me lo he saltado, estoy embarazada y quiero CHOCOLATE, ¿acaso es tan raro? Bueno, y helado de vez en cuando, y pizza, y…)

Para reforzar ese régimen, me recetó además dos suplementos de hierro, que sumados al suplemento vitamínico general que tomo desde el inicio del embarazo, deberían haberme puesto fuerte como un roble. ¿Qué digo fuerte? Deberían hacer que saltaran las alarmas de los detectores de metal!!! 

Pues bien, tras aproximadamente seis cajas de hierro -puede que haya sido más- me hago el análisis de sangre previo a la consulta de la ginecóloga, y ¿qué me encuentro? Que sigo teniendo anemia. Sí. Así es. A poco más de un mes para dar a luz, el nene me está chupando todo el hierro que puede, ya que en caso contrario, ¿cómo se explica que mi nivel de hematocrito apenas haya variado dos puntitos y siga muuuuy por debajo de lo considerado normal?

La verdad es que tengo un cabreo encima de órdago.

Quedo a tomar un café -descafeinado, claro- con mi marido a media mañana. Se lo cuento.

Él: Bueno, entiende que ahora es cuando más crece y tiene libre acceso a todas tus reservas de energía.

Yo: Pero si eso lo entiendo, lo que no entiendo es que las pastillas, que debían haberme convertido ya en Iron-woman, por lo menos, no me han hecho más que cosquillas.

Él: Pues imagínate cómo estarías si no las hubieras tomado.

Y ahí es cuando me imagino a mi misma hace unos siglos, llevando adelante un embarazo sin analítica ni pastillas de hierro y me entra un escalofrío…

Hoy le toca a mi santo hacer la compra. Ha llegado hace un rato y me abalanzo, literalmente, sobre las bolsas en busca de una barra de chocolate que me ayude a pasar el cabreo. Pues ¡¡¡¡que no ha comprado chocolate!!!!

Yo: Se te ha olvidado el chocolate.

Él: No, no se me ha olvidado, sólo que no lo he comprado.

Yo: ¿Por qué?

Él: Porque la semana que viene tienes cita con la ginecóloga y como no le mientes, con la anemia que tienes te va a preguntar qué has comido y le dirás lo del chocolate y tendremos bronca. Así que si no te lo compro, no te lo comes y fuera líos.

Yo: ¿Fuera líos? ¿Bronca con la ginecóloga? Vamos a ver, ¿tú quién crees que tiene más posibilidades de amargarte la vida, ella o yo?

Él: Ehhhh… ¿lo quieres normal o con almendras?

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Aunque ya hace tiempo que se lo voy diciendo a mi ginecóloga, ella parece no darse por enterada.

Gine: ¿Cómo va todo? ¿Alguna molestia?

Yo: Las costillas, que me duelen mucho.

Gine: ¿Vas bien al baño? ¿Sientes pinchazos? ¿Has sangrado?

Yo: No, sólo las costillas, que me duelen mucho.

Gine: ¿Te sientes cansada? ¿Puedes dormir bien?

Yo: Pues por las noches no, no duermo muy bien que digamos. Las costillas, que me duelen…

Pues nada. Como quien oye llover.  Tecleo en el google “dolor de costillas” y me salen un montón de foros en los que las mujeres embarazadas se quejan del dolor de costillas. Pero en ninguno te dicen qué hacen para remediarlo. Se cambian de postura y eso, pero nada más.

En las páginas supuestamente informativas, sólo te informan de que es un dolor bastante común en el último trimestre de embarazo. Y punto.

Vamos a ver, si en esas páginas existen miles de consejos sobre cómo evitar las naúseas, las estrías, cómo actuar en caso de sangrado, cómo prevenir el dolor en el parto, etc. ¿Por qué en ninguna aparece cómo atenuar el dolor de costillas?

Pregunto en mi entorno más cercano. Las mujeres que me rodean también tuvieron dolores en las costillas, en mayor o menor grado. Mi suegra, por ejemplo, no podía casi ni respirar hacia el final del embarazo, pero mi madre, como no superó las náuseas y mareos en ninguno de los trimestres, no se acuerda si le dolieron o no las costillas.

Ella: Ay, nena, es que estaba tan mareada que sólo me acuerdo del mareo.

Mi cuñada, que no deja de repetir eso de “disfruta ahora” y que durante todo su embarazo estuvo fatal, fatal, fatal, tampoco recuerda ni hacer tenido dolor de costillas ni nada parecido. ¿Cómo va a acordarse, si la pobre no se podía ni mover?

Cuñada: Pero es una de las etapas más bonitas, si pudiera, repetiría…

Yo: ¿¿¿¿????

Me he pasado estas pascuas casi sin salir de casa. De pie, tumbada, sentada… No había forma. Nos fuimos a cenar con unos amigos. A mitad de la cena, comencé a revolverme en la silla como si me hubiera dado un ataque de algo.  No había manera de paliar el dolor. Hasta el punto de que tuve que pedir disculpas y, visto lo visto, anular otra cena prevista también para las fiestas.

Por el día, aún aún. Por la tarde y por la noche, mi marido me ve tan rematadamente mal -el dolor acaba agotando- que tampoco se atreve a decir mucho. Pero ayer, al irnos a dormir, me saca el tema:

Él: ¿Y te duele mucho?

Yo: Pues bastante. Sí.

Él: Pues así ya sí que no te voy a convencer de ir a por la parejita…

Yo: Pues va a ser que no.

Me mira con cierto abatimiento. Al cabo de un rato, contraataca.

Él: Y la ginecóloga ¿no te puede dar nada contra el dolor?

Yo: Pues no lo sé, has venido conmigo a todas las consultas y sabes que no me hace ni caso.

Él: Bueno, pues no te queda tanto para dar a luz, en poco más de un mes, todo eso fuera.

Yo lo miro y descubro una pequeña esperanza en sus ojos. Así que le digo, en plan muy muy optimista:

Yo: Supongo que sí. Al ver al nene supongo que se me pasará todo y pensaré que merece la pena volver a pasar por esto. Eso, claro está, siempre que me metan las mismas drogas de la felicidad que parece que le meten al resto de embarazadas una vez dan a luz, porque si no, no me explico la supervivencia de la humanidad en un siglo que tiene al alcance de la mujer tanto método anticonceptivo.

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Hace unos días, mi marido me preguntaba:

Él: ¿Cómo está el tema de las clases de preparación al parto? Tendremos que ir, ¿no?.

Yo no supe qué contestarle, ya que la ginecóloga nunca me ha dicho nada al respecto, así que en la última revisión (y terrorífica, llena de prohibiciones), decidimos interesarnos por el asunto.

Gine: Bien, a ver, aquí no hay centros privados que den esas clases, así que si quieres asisitir, tendrás que ir a la Seguridad Social.

Yo: ¿Si quiero asisitir? ¿Por qué dices eso?

Gine: Porque me pones todas las pegas del mundo en cuanto a los días y las horas de las revisiones, así que no te imagino yendo a esas clases en el horario que marcan ellos.

Llegados a este punto, mi santo se vio en la obligación de intervenir.

Él: Vale, pero si tenemos que ir a esas clases, ya arreglaremos lo de los horarios. Lo que queremos saber es si es importante asistir.

Gine: A ver, si te digo la verdad ¿le dirás a alguien que te lo he dicho?

Aquí nos miramos él y yo y nos encogimos de hombros. La ginecóloga siguió.

Gine: Importante, importante, en fin! Vamos a ver, ¿tú quieres la epidural?

Yo: Pues sí.

Gine: Pues eso. Y lo de empujar, si sabes ir al baño (la expresión real fue algo más escatológica), es lo mismo.

Yo: Entonces ¿no lo recomiendas?

Gine: En tu caso no te va a hacer falta. El parto es un proceso natural, intuitivo, que encima en tu caso va a estar muy asisitido. Esas clases sirven de mucho si quieres ver que hay otras personas en tu misma situación y te enseñan cosas como limpiar luego al chiquito o lo del cordón umbilical, pero ya te digo, te conozco y con la vida y los horarios que llevas, asistir a esas clases sólo te va a generar estrés, poco más.

Una vez aclarado este punto, nos quedamos más tranquilos, aunque creo que a mi marido le hacía gracia eso del “respira, respira” y “empuja, empuja”.

El domingo decidimos aprovechar los escasos rayitos de sol que asomaban y nos fuimos a dar una vuelta. Llegados a un bar, nos encontramos con unos conocidos y decidimos tomar un aperitivo con ellos. Ella tiene una hija de seis años, así que ha pasado por esto, y, como me está sucediendo últimamente, no se le ocurrió otra cosa que monopolizar la conversación con el tema del embarazo y la crianza de los hijos.

Daba igual que yo intentara preguntarle por su trabajo, por alguna otra conocida en común o que me dirigiera a su marido -con el que he colaborado en el pasado- para cambiar de tema. Le importó un bledo. Una y otra vez al mismo lugar: el embarazo y lo maravilloso que es tener hijos. Así, obviamente, las conversaciones se hicieron a dos bandas: él con el otro él -para no terminar dormidos- y ella conmigo.

En cuanto terminamos -y lo hicimos más corto de lo que cualquiera hubiera supuesto- salimos de allí y le dije a mi santo:

Yo: Recuérdame que en lo que me queda de embarazo me junte sólo con mujeres que no han tenido hijos jamás.

Él: Y eso ¿por qué? 

Yo:  Porque ya hablo bastante del embarazo en mi blog y no tengo ganas de soportar los ataques de la liga de las madres impenitentes.

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A tres meses del parto, mi última visita a la ginecóloga ha sido terrorífica. Salí más que deprimida y terminé con unas ganas tremendas de zamparme una tableta entera de chocolate valor con almendras. Pero no pude hacerlo porque… ¡me ha prohibido los carbohidratos! Bueno, prohibir prohibir no, limitar. Pero eso sí, muy muy muy limitados.

La cosa sucedió así. Le entrego los últimos análisis, que incluían la anemia galopante, el test de O’Sullivan y una curva de glucemia.

Gine: Estos análisis están muy mal. Tienes una anemia de caballo. Debes de comer fatal.

Yo: No, como muy bien.

Gine: A ver, ¿hoy que has comido?

Yo: Lentejas con verdura.

Gine: ¿Y ayer?

Yo: Pisto con sémola.

Gine: ¿Y el resto de la semana?

Yo: Pues un día macarrones, otro día salmonetes a la plancha con patatas al vapor, otro día…

Gine: Ya está bien. Comes fatal.

Yo (protesta): Pero si es una dieta mediterránea casi perfecta.

Gine: Y tienes una anemia de caballo y el azúcar así así.

Yo: ¿Qué pasa con el azúcar? La curva me ha salido bien…

Gine: Bien de aquella manera. A partir de ahora, nada de hidratos de carbono al menos entre semana. Te los dejas para el fin de semana y no mucho. Y eso incluye las lentejas y las legumbres en general.

Yo: ¿Y la fruta?

Gine: Una pieza al día máximo, y mejor si no es plátano ni uva.

Yo: ¿Y qué se supone que voy a comer si me lo has prohibido ya casi todo?

Ellla echa un vistazo rápido al principio del historial, y se da cuenta de que es verdad, que me ha prohibido un montón de cosas por el tema de la toxoplasmosis. Aún así, no desespera, (al menos desespera menos que yo), y vuelve a la carga:

Gine: Pues te haces un plato de verduras a la plancha o una ensalada grande y luego un filete a la plancha o un pescado al vapor, lo que prefieras. Y te voy a dar otro suplemento de hierro que te vas a tomar hasta que esto remonte.

Mi marido sigue la conversación con cierta alarma. En casa, yo cocino y él recoge la cocina, y el trato es bueno porque, modestia aparte, cocino maravillosamente bien y a él le encanta (mi suegra, aunque prepara platos buenos, no es de cocinar legumbres ni pastas, así que mi santo debe ser de los pocos hombres que hay en el mundo que no echa a faltar la comida de su madre).

Él: Pero si le prohibiste la carne cruda y todo eso.

Mi ginecóloga le mira raro. Luego le dice:

Gine: Sí, pero se puede comer un entrecot bien hecho.

Él: Pero es que así no le gusta. A ella le gusta vuelta y vuelta, y claro, como le prohibiste la carne cruda, pues eso ya no entra en casa.

Gine: Pues tiene que comer carne.

A estas alturas, la discusión se ha trasladado a esas dos bandas. Creo que mi santo no está muy de acuerdo en quedarse sin sus guisos marineros, sus lasañas, sus garbanzos con espinacas,sus lentejas, gazpachos manchegos, el arrocito a banda, el de fesols i naps… Y de bizcochos y dulces, ya ni hablamos. Pese a la férrea defensa que hace de sus interes, mi ginecóloga no le da tregua, y acaba derrotado.

Todo lo demás va más o menos bien: el nene, la tensión, el peso (aquí otra bronca, no quiere que suba más de tres kilos más en todo lo que me resta de embarazo).

Salimos deprimidos de la consulta. A partir de ahora y hasta que se acabe el embarazo vamos a tener que comer como si estuviéramos a régimen. No nos hace gracia a ninguno de los dos, pero a mí menos, porque él, a una mala, se puede escapar a casa de su madre o a dónde sea y zamparse una coca roñosa enterita si le place. Yo también podría hacerlo pero -razono- si la ginecóloga me ha insistido tanto será por algo. Así que sólo tengo ganas de llorar.

Llegamos a casa, ponemos la tele, y zas, el nuevo anuncio de coca cola. Y ni soy una persona sensiblera ni es que el anuncio en sí se pase, pero es verlo y me pongo a llorar… Mi marido se asusta al verme (normal, ni soy una persona sensiblera ni el anuncio en sí se pasa) y cambia de canal.

Ayer tuvimos la tarde libre. Nos hacemos una siestecita con la tele puesta. Me despierto, abro un ojo y veo que echan de nuevo el anuncio de la coca cola. De nuevo me pongo a llorar mi marido se despierta de golpe al oírme, cambia de canal y dice:

Él: ¡J….! ¡No he llegado a tiempo!

No le acabo de entender, hasta que me confiesa que antes de dormirse ha cambiado de canal cada vez que salía el anuncio para que no me echara a llorar. Pero yo no sé si es por el anuncio por lo que lloro o si es que lloro….¡¡¡¡PORQUE TENGO HAMBRE!!!!

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