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Archive for the ‘Familia’ Category

Después de ¡vaya! meses sin escribir una línea en el blog -agotadita estoy- me he decidido a crear esta nueva entrada para advertiros una cosa: la maternidad ATONTA. En serio, reblandece el cerebro.

Yo era una persona normal, de las que sólo lloran con una película si es tan mala que le fastidia haber pagado la entrada. Pues bien: durante el embarzo estuve tonta perdida, venga a llorar por todo. Y no se me ha pasado todavía. Hasta el punto que mi marido está comenzando a censurarme todas las películas que vemos para que no me pille disgustos, y no veas.

Las únicas que pasan la censura son las de asesinatos políticos, las de ciencia ficción, las series tipo House (no todos los capítulos)  y El Mentalista y los documentales sobre el Sistema Solar. Ni las de dibujos, ¡que me cogí un disgusto en la escena inicial de Up! De comedia romántica ya ni hablamos, y las “basadas en hechos reales” …

Y ahora, al tema de hoy: el churumbel me ha cumplido diez inquietos meses en los que he entrado en un bucle continuo de trabajo-nene-trabajo-nene-trabajo-nene-trabajo-nene y, de vez en cuando, algo de cama. Para dormir, sinceramente. 

Mi casa se ha llenado en todo este tiempo de todo tipo de cacharros, algunos comprados otros prestados (hermanas, cuñadas, amigas y toda esa recua de madres impenitentes y dispuestas a ayudarte lo quieras o no).

Así que paso a detallar una lista de cosas que jamás debería haber comprado y otras que me son indispensables en mi día a día. Con el nene, claro. Del trabajo también podría hablar, pero…

Humidificador: TRASTO. Inútil dónde los haya. El nene sólo ha tenido mocos dos veces y podría haber solucionado la situación con una simple olla de agua de agua caliente, según me dijo la pediatra.

Esterilizador: útil. Pero sin pasarse. Desde luego es más cómodo que ir hirviendo biberones, pero a partir del cuarto mes ya te dicen que no esterilices, que limpies bien y punto. Y así, no sabes dónde meterlo.

Hamaquita: útil. Pero sólo entre los tres y los siete meses más o menos. Antes, el nene no estaba cómodo. Ahora, sólo quiere gatear y pasa por completo de sentarse.

Trona: IMPRESCIBLE. Sin más comentarios.

Bastón con pinzas: IMPRESCINDIBLE. Sí, sí, un bastón con unas pinzas al final y una especie de pistola incorporada en el mango para abrirlas y cerrarlas. Lo compró mi listísisisisimo y práctico marido en una tienda de objetos para la Tercera Edad, y es de las cosas más prácticas que tenemos en casa. Quita el dolor de espalda provocado al agacharte cien mil doscientas veces para recoger los juguetes que el nene tira desde la trona. Mejora la calidad de vida de los padres. Va en serio. Imprescindible.

Guardapañales: TRASTO SUPERINÚTIL. Es una especie de saco con lacitos abiertos por las dos partes que te dicen: ¡te lo cuelgas y así tienes los pañales a mano!. Pues bien, lo tengo “colgado” dentro de un cajón, justo al lado de los pañales y en el cambiador, porque no sé qué hacer con él, ni dónde ponerlo ni para qué utilizarlo. Acepto sugerencias.

Cuna de viaje: MUY ÚTIL. Incluso si no vas a viajar. A mí me la regalaron cuando compré el carrito, y la he usado un montón: como parque provisional, para que mi madre o mi suegra se pudieran quedar con el nene alguna noche… De verdad, esto sí me ha valido la pena, pero he tenido que comprar un segundo colchón porque el que viene con la cuna es malillo y me daba miedo por la espalda del nene.

Parque: bueno, si tienes cuna de viaje no lo necesitas realmente. Y cuidado, cuando el nene comienza a gatear, el parque le toca las narices.

Cepillos para limpiar biberones: si tienes lavavajillas, te darás cuenta pronto de que se quedan más limpios allí dentro que con el cepillo. Así que para mí son sólo trastos, porque te los compras de diversos tamaños y colores.

Baberos: cuanto más grandes, mejor. Cuando el nene es muy pequeñito, los mejores son los de velcro. Después los que llaman “de chimenea”, es decir, con un elástico en el cuello. Los de cordones, ni se te ocurra.

Saquito para el coche: IMPRESCINDIBLE, pero en invierno. No sé la barbaridad de zapatos que he perdido por la calle, y de señoras que se me han acercado para alcanzarme una zapatilla del nene. En el saquito no hace falta ponerle zapatos, y si se los pones, no los perderás.

Juguetes simples: IMPRESCINDIBLES. Por chulos que sean los coches con luces, las bolas con luces y sonidos, las orquestas con luces y sonidos, y los  monigotes que se mueven y hacen luces y sonidos, al final final final, el churumbel deja de hacerles caso al ratito y se va a buscar los aros de colores, los cubos, los monigotes tontorrones… 

Protectores de enchufes: IMPRESCINDIBLES.

Intérfonos: IMPRESCINDIBLES. Tengo dos modelos. Uno con camarita y otro normal. Es por los alcances, hay que comprobarlo bien y que no pase lo que a mí, que me compro el de camarita y luego sólo puedo utilizarlo desde algunas partes de mi casa. Pero los dos están muy bien.

Saquito para dormir (camperita): TRASTO. Irá a bebés, pero al mío no le ha acabado de gustar, así que he preferido aumentar la temperatura de la calefacción de su cuarto y ponerle un pijama bien calentito (es que me da miedo arroparle con mantas y sábanas). Duerme cómodo, se mueve todo lo que le da la gana y lo veo más feliz que con la camperita.

Protector de cuna: IMPRESCINDIBLE. Y mejor si es completo o pones dos medios. Si no, el nene sacará la pierna por los barrotes, se enganchará y hale, a llorar y tú -o tu santo- a levantarte a las tantas un montón de veces para que se calme. ¿Y si no se calma? Pues otra noche en vela.

Ya iré contando más cosas a medida que me vayan surgiendo, y desde luego, os animo a dejar comentarios sobre las compras más inútiles que hayáis hecho para no caer en la tentación. Pero a saber cuándo vuelvo a entrar aquí.

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Una de las cosas que más me ha sorprendido de todo esto de la maternidad es que de pronto parece que entres en una liga distinta. Personas con las que siempre me he relacionado con normalidad, de repente me tratan con cierta complicidad por el simple hecho de tener un nene en casa, y eso me tiene algo aturdida, la verdad.

Como una vecina mía con la que apenas he cruzado holas y adioses en el ascensor durante los últimos dos años y que ahora cada vez que me ve me cuenta todas las monadas de sus hijos y lo poco que le dejaban dormir y las barrabasadas que le hacen.

No es que me queje, que también, pero por las mañanas no soy persona y nunca me ha gustado que me hablaran ni que me llamaran al móvil antes de llegar al despacho. Y no porque me hablen realmente, sino porque mi cerebro no rige muy bien y casi no soy capaz más que de balbucear.

Ejemplo de desayuno en mi casa, con mi marido.

Él: ¿Te preparo un café?

Yo: igrfssxxssll

Él: ¿Y quieres que te caliente la leche?

Yo: vhlgonoXXfr vgfrrsdsgono

Pues así hasta que llego al despacho, con lo que podéis imaginar las pedazo conversaciones del ascensor…

El tema es que me he reincorporado completamente, el nene está fabuloso y la mujer que tengo contratada es superdulce con él y cada vez que llega por la puerta se le alegra la cara al churumbel. Podéis imaginar la tranquilidad con la que me voy al trabajo gracias a eso, ¿no?

Pues resulta que no. Vamos, que yo sí me voy tranquila, pero como ahora pertenezco a ese nuevo club del que nadie me había hablado antes, resulta que he descubierto varias cosas, la primera de ellas es que debo tener la sensibilidad del esparto ya que no me siento culpable de nada.

Para que me entendais, aquí van un par de conversaciones reales:

Secretaria de cliente: ¿Y te has reincorporado ya del todo? Buf, lo estarás pasando mal.

Yo: (¿?¿?¿?) ¿Por qué dices eso?

SC: Pues porque yo me acuerdo que cuando tuve que dejar al mayor en la guardería para volver a trabajar me sentía super mala madre…

(Pues yo no, mira por donde) 

—————

Gerente oficina junto a mi despacho: ¡Vaya, qué pronto te has incorporado!

Yo: Sí, la verdad es que tenía ganas.

GO: Ya se nota, ya, que te vienes toda mona y toda puesta.

Yo: Pues sí, vaya, lo normal.

GO: Uf, yo estuve como seis meses con el chándal porque no me daba tiempo de arreglame cuando tuve a la nena. (Aclaro aquí una cosa, esta mujer parece una modelo: rubia natural, altísima, ojos claros, guapa guapa y muy flaca, así que supongo que hasta con chándal está mona).

Yo: Ahhhh

GO: Además, como no la quería dejar con nadie, me tomé un año de excendencia y luego, cuando la llevé a la guardería, ¡no sé quién lloró más, si ella o yo!

Yo: Vaya…

GO: ¡Tenía unos remordimientos de conciencia! Uy, y de salir con las amigas, nada de nada.

Yo: Pues yo me voy de finde en un par de semanas con dos amigas mías…

GO: Pues ya verás, ¡vas a echar más de menos al nene! No vas a poder disfrutar nada. A mi me pasó la primera noche que salí a cenar con mis amigas sin mi marido y sin la nena, y eso que ya tenía casi dos años…

Yo: Ya te contaré. (¡Dos años sin salir con tus amigas! No me mires con esa de cara de decirme tía tarada, que la que está mal eres tú, chata)

—————–

Higienista dental: ¿Te has reincorporado por completo?

Yo: Pues sí. Ya estaba harta de tanto pañal y tanto biberón (aquí ya a la defensiva antes de que se produzca el ataque y me quede en blanco).

H: Te entiendo perfectamente. (¿?)  Yo hice la tontería de cogerme una excedencia y casi me suicido. Estaba fatal, y se me agrió el carácter, sólo necesitaba que volver al trabajo, relacionarme con adultos y olvidarme por unas p horas al día de cacas, pipis, babas y lloros.  Y encima, mi suegra no paraba de decirme que eso de volver a trabajo tan pronto no estaba bien, que el niño me necesitaba a mí y que a ver por qué no me quedaba en casa, que si su hijo no ganaba bastante… ¡Para volverme loca! Pero más loca me hubiera vuelto si le llego a hacer caso… (Esta es que es de las mías)

Lo peor de todo esto es que creo que estas conversaciones las tenemos exclusivamente las mujeres. Porque a mi santo, que es tan progenitor del churumbel como yo, nadie le pregunta ni qué tal es eso de volver a trabajar con el nene, ni le cuentan si se sintieron malos padres o culpables por enviar al nene a una guardería, ni hablan del poco tiempo que tenían para arreglarse cuando estaban cuidando al niño.

De hecho, las conversaciones que he oído son más o menos así:

Alguien: Eh! ¿qué tal el nene?

Él: Buah, grande, un campeón.

A: ¡Genial! Oye, a ver cuándo quedamos y nos vamos por ahí a tomarnos unas cañas…

Él: Vale, ya te llamo.

Si es que no puede ser. La envidia me corroe…

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Las ventajas de ser madre

Si hasta ahora este blog ha glosado las desdichas de la embarazada, que son muchas y sólo comprensibles por otra embarazada -y no siempre-, en este post me dispongo a desgranar algunas de las innumerables ventajas de ser madre, al menos en los primeros meses de vida del primer niño. Más allá, todavía no llego.

La primera ventaja es que si de normal padeces insomnio -como es mi caso- de golpe y de repente se te pasa. Como lo oyes. ¿Insomnio? ¿Eso qué es? Tal y como lo cuento. Es más, te quedas dormida en cualquier parte, de cualquier forma y manera. Supongo que el hecho de no poder pegar ojo en meses como una persona normal influye. Como debe influir también el hacerte unos cuantos paseitos a las dos de la madrugada. O a las tres. O a las cuatro. O a las cinco. O, mejor aún: un paseo a las dos, otro a las tres, otro a las cuatro y otro a las cinco. Mano de santo, oye. ¿Qué son las doce del mediodía y hay silencio en casa? Hale, a roncar. ¿Qué son las ocho de la tarde y el nene está tranquilito?  Zzzzzzzz…..

Otra de las ventajas, ya enumerada en otro post, es que encuentras temas de conversación con gente con la que no sabías de qué hablar. Y los hay innumerables: cómo fue el parto; que si el nene tiene cólicos; las monadas que ha hecho hoy, las de ayer y las de mañana; la de pañales que gasta el tío, etc. Lo malo, como ya dije, es que hay veces que la conversación gira exclusivamente en torno a esto, y aunque me estoy convirtiendo en una madre babeante -casi más que mi churumbel- todo tiene un límite. Pero mira, hablar, ya puedo hablar.

Si a tu suegra le gusta eso de tener nietos, te reconcilias un poco con tu familia política. Y ella tan feliz. De hecho, según mi santo, la principal preocupación de su madre cuando yo estaba embarazada era que no le dejáramos estar mucho tiempo con su nieto. Así que mira, gracias a ella y a mi madre, hemos podido ir al cine, a cenar con unos amigos y a pasar un día solitos en la playa este verano. Lo que me lleva a la siguiente ventaja:

Disfrutas muchísimo más las salidas en pareja, ¡qué te voy a contar! Si antes había días que nos quedábamos un fin de semana entero encerrados en casa mientras hacíamos planes que nunca cumplíamos -“podríamos ir al cine”, “hacen una exposición de fotografía en tal sitio”, “dan un concierto de tal esta noche”, “hay una obra de teatro interesante”, etc.- de pronto parece que nos haya dado un ataque de hiperactividad y hacemos planes que si no cumplimos es porque ni mi madre ni mi suegra pueden echarnos un cable en el momento.

La vida sexual, además, se regula. Si antes, gracias al embarazo, no tenía ningunas ganas de sexo, pero mi marido sí, ahora, gracias al cansancio, ganas no tenemos ninguno de los dos, con lo que ya no tengo que poner excusas. Y si queremos hacerlo, lo planificamos con tiempo. Ejemplo: “¿Mamá? Oye, que si puedes quedarte con el nene mañana por la tarde que tenemos que ir a comprar unas cosas y vamos a tener el coche muy cargado…”

Lo malo es que a la tercera vez, tienes que cambiar de excusa para que no se piensen que te ha entrado una crisis consumista. No sé, hay gente muy progresista, pero a mí, particularmente, decirle a mi madre que me cuide al nene porque quiero echar un polvete me da no-sé-qué. Pero si tengo que contar la verdad verdadera, en una de esas nos quedamos dormidos en la cama antes de empezar, y para cuando nos despertamos, se nos había hecho la hora de recoger al chiquitín. Si ya lo he dicho antes: adiós insomnio.

Pero con todo, lo mejor de lo mejor de lo mejor, es cuando tu marido, a las cuatro y cuarto de la madrugada, te da la razón en algo que tú ya habías vaticinado hace tiempo:

El: Oye cari, esto de tener un hijo es muy cansado…

Yo: Ya, bueno, es lo que tiene ser padres a nuestra edad.

Él: Sí, sí, si eso está claro, pero yo no me imaginaba que fuera tan cansado.

Yo: Bueno, pues sí, es cansado.

Él: Pero es que yo pensaba que iba a ser más fácil.

Yo (aquí ya algo mosqueada): Pues no lo es, es así, cansado, vaya.

Él: Sí, pero muy muy cansado…

Yo: Pero bueno, ¿se puede saber qué te pasa a ti ahora?

Él: Pues que me hacía ilusión tener también una nena, pero si las cosas siguen así, se nos va a quedar este de hijo único.

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Una de mis mayores obsesiones es la higiene dental. Y es una obsesión muy lógica, derivada del pánico que sentí el día en que con catorce años me metieron un torno en la boca para quitarme una caries y empastarme una muela.

Así que dije: se acabó. Ni una caries más en toda la vida. Y así es cómo mi cuarto de baño, entre otras cosas, tiene todos los complementos inimaginables para una correctísisisisima higiene dental: cepillo eléctrico de última generación, cepillos interdentales de distintos tamaños, seda plana y normal, colutorios de flúor sin alcohol… Por no hablar del kit básico que llevo conmigo siempre en el bolso (nunca se sabe cuándo no vas a poder ir a casa a comer) o las revisiones a las que acudo histérica pero religiosamente. 

¿Por qué?, os preguntaréis, cuento esto ahora. Pues para advertiros de algo que no sabéis (problablemente), y es que el cambio hormonal del embarazo puede afectar a vuestros dientes. Y me he enterado precisamente HOY, que tenía cita con el dentista, obviamente.

Así que llego, abro la boca, y la higienista -que es la misma de siempre- me empieza a hacer la limpieza. Noto que me duele más que de costumbre y en un momento dado ella para y me dice:

Higienista: ¿Te ha pasado algo?

Yo: ¿A mí? No, nada, ¿por qué?

Higienista: Porque tienes unas placas de sarro que no es normal. Vamos, en otros pacientes sí, pero en ti no había visto nunca unas placas tan gruesas.

Yo: Pero, ¿qué dices? Si sigo la misma rutina que siempre!!!

Higienista: Pues mira mira, cemento armado (y me mete el gancho ese que usan en la boca y hace rrrraaaaac rrrraaaacccc, oye, una cosa tremenda)

Aquí yo me asusto y empiezo a mirar todas las ilustraciones que tiene en la sala de gingivitis, periodontits y similaritis en un agobiante ataque de hipocondria dental.  Hasta que me dice ella:

Higienista: ¿Has estado embarazada?

Yo: Pues sí, hace poco menos de un mes tuve un nene bien guapo.

Higienista: ¡Acabáramos! ¡Es por eso! Durante el embarazo se producen muchos cambios hormonales y te pueden haber afectado a la saliva, y de ahí todo este sarro.

Es posible que además del sarro haya habido otros efectos indeseables, así que antes de irme de la consulta he pedido una cita para hacerme una revisión completa por parte del dentista con radiografias incluídas, en cuestión de un mes.

Pues aquí el tema del post de hoy: cuidadín con esto, porque es otra cosa que no te avisan. Si una obsesa de la higiene dental como yo termina el embarazo con unas placas de sarro como para llenar sacos de porland, y si mi higienista ha terminado sudando del esfuerzo a pesar del aire acondicionado, ya os podéis cuidar bien la boca, ya. Que me ha dado por imaginarme el desastre y casi me da un patatús.

¿Y el nene? Bien, gracias. De momento es un encanto. Sobre todo como esta mañana, en la que con la mano derecha trataba de calmarle el llanto, con la izquierda retocaba en el ordenador un informe escrito por mi nueva empleada -la que me sustituye- que había que enviar urgentemente, con el pie apartaba a la gata de la cuna del nene, con el manos libres le pedía a mi santo que comprara un paquete de pañales antes de venir a casa, y de reojo comprobaba el reloj para ver si llegaba mi madre a hacerse cargo del pequeñajo y poder marcharme al dentista. Y todo al mismo tiempo.

Welcome to Motherhood!

(Iba a escribir un post sobre el dolor de cabeza, pero lo dejo para más adelante)

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Mañana hará exactamente tres semanas de la cesárea y puedo decir que ya estoy recuperada por completo, salvo en pequeños detalles. Por lo que seguiré donde lo dejamos: tras el bibe del nene y todos un poco más contentos.

A los cuatro días de la operación, nos dieron el alta. El nene está genial de salud desde que nació, y a mí me costaba un poco -bastante- moverme. Lo peor era levantarse y sentarse, eso dolía horrores.

Pero antes del alta aún pasaron algunas cosas. Para empezar, al día siguiente de la cesárea me quitaron la sonda y me animaron a ir al aseo por mí misma. Estuve un día entero sin miccionar (palabra fina donde las haya) así que al día siguiente, estando en el baño, entró una enfermera y le preguntó a mi marido:

Enfermera: ¿Ha podido miccionar ya? (en las clínicas privadas se ve que son así de finas a la hora de hablar).

Él: Pues no.

Enfermera: Pues igual habrá que sondarla de nuevo.

Oye, que fue oir eso y motivarme al instante. Del resto de temas escatológicos prefiero no hablar, porque no sabría cómo tratarlos con tanta finura. Pero también hubo sus momentos.

Así que a los cuatro días decidieron que ya estaba lo suficientemente recuperada como para darme el alta. Y nos fuimos a casa. Allí comenzó una experiencia completamente nueva y que se describe en los manuales y páginas web sin ahondar lo suficiente. Y no me refiero al tema de no dormir, los cólicos del lactante, el cambio de pañales y similar. Si habéis sido padres/madres, eso os lo sabéis de memoria. Si no lo habés sido, bueno, mejor que sea sorpresa… Pero no es tan duro como lo pintan. Eso o que mi nene ha decidido ponerle las cosas bastantes sencillas a sus padres.

No. Lo que pasó a los cuatro días y estando ya en casa, aparte de una estricta dieta a base de jamón ibérico, sobrasada y bombones, fue ¡la llorera!.

Por todo me ponía a llorar. Cogía a mi nene y lo veía tan pequeñito, que me ponía a llorar. Le daba besos y le quería (y le quiero, claro), que me a llorar sólo de pensarlo. Dejaba que mi marido cogiera a mi nene y los veía a los dos tan agustito que me ponía a llorar. Mi madre -o mi suegra- cogía a mi nene y le hacía carantoñas y yo, hale, a llorar. Miraba el telediario con todo lo que está cayendo y yo, a llorar otra vez. Me hice un simulacro de pedicura por mí misma (el primero en cuatro meses), y a llorar de nuevo. Hasta lloré un día en que mi madre cocinó unos macarrones gratinados que le salieron blanduchos. Total, que lloraba como ciento treinta y cinco veces al día. O más.

Así hasta que pasada una semanita mi santo se asustó de verdad.

Él: ¿Quieres que vayamos a un psicólogo?

Yo: A un psicólogo a qué (y venga la llorera).

Él: Pues porque no es normal que estés así, a ver si vas a tener una depresión postarto.

Yo: ¿Cómo que una depresión postparto? (Snif, snif, buaaahhhhh) Pero si yo quiero mucho al nene y no lo he rechazado (buaaahhhh), sólo que me da por llorar (buaaahhh).

Quince cajas de kleenex después, mi marido me convenció no para ir a un psicólogo, sino para contarle lo que me pasaba al menos a la ginecóloga y que ella decidiera. Y elegimos el día en que me iban a quitar los puntos, diez días justos después de la operación.

Fuimos a la consulta y al principio como siempre:

Gine: ¿Cómo te encuentras? ¿Has tenido fiebre?

Yo: No, fiebre no, pero es que… es que… es que….

Y aquí dejé de hablar y comencé a llorar de manera desconsolada. Motivo: le quería contar que lloraba por cualquier motivo y en vez de contárselo me puse a llorar. Así que mi marido tuvo que tomar las riendas de la conversación:

Él: Es que llora por casi cualquier cosa, y tengo miedo de que le esté dando una depresión postparto, aunque no rechaza al chiquito ni nada de eso.

Gine: Entiendo. Mira, lo de la depresión postparto es algo que le toca a quien le toca, sobre todo si no existe ninguna causa externa, porque no hay ninguna causa externa, ¿verdad? ¿O ha pasado algo?

Yo: No, no ha pasado nada (buahhhh, hip, hip, buaaahhhhh, snif, snif).

Gine: A ver, antes de que nos preocupemos, tenéis que saber que hay veces que sin ser una depresión postparto si se que produce una especie de tristeza, una “mustior” que dura varios días. Vamos a hacer una cosa, te voy a recetar unas vitaminas y si en una semana no has parado de llorar, me llamas y te envío a un psicólogo para que te examine. 

Me tomé las vitaminas y lo cierto es que en cuestión de tres días dejé de llorar. Así que por esta vez, me he librado. En el próximo post os contaré por qué aunque no des el pecho y te encuentres estupendamente bien, no puedes tomar ni una gota de alcohol, pero vamos, ni un vasito de vino. Y lo que fastida.

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Te lo cuentan de un modo como si casi no tuviera importancia, pero la tiene.

Al subir de quirófano no te duele nada. Pero de pronto la anestesia se va y comienza el dolor. No te puedes mover, no te puedes reir, no puedes llorar, no puedes hacer ningún movimiento que implique los abdominales, porque si lo haces, el dolor es insufrible. Y hay muchos movimientos que implican los abdominales. Algunos que ni siquiera sabía que existían.

Como ya conté ayer, comencé a preocuparme por la falta de emoción hacia mi nene. Llegué a pensar que era algo monstruoso no tener casi ningún tipo de sentimiento hacia la criatura a la que acababa a dar a luz. Se podría decir que era el dolor, o los calmantes que me comenzaron a poner, pero nadie me dijo nada de eso. Y ahí estaba yo, en la cama, sin poder moverme, con un nene a mi lado, mi familia pasando de puntillas por la habitación y yo apenas con fuerza para darme cuenta de que algo no iba del todo bien.

Habia decidido intentar la lactancia materna. Bien, pues duele. Y mucho. Había leído en diversas páginas web y también en libros que no se tenía por qué experimentar dolor, sólo quizá una ligera molestia. Así que también pensé que no lo hacía bien. Se lo dije a la matrona y ella me ayudó a poner la mejor postura, postura que por cierto me costó horrores adoptar a causa del dolor de la operación.

Aún así, con la postura correcta, me dolió muchísimo. La primera vez, y la segunda, y la tercera…El caso es que al ser cesárea ni siquiera me subía el calostro, por lo que el nene mordía con mucha fuerza y rabia cada vez que lo intentaba.

La primera noche fue terrible, el nene llorando desesperado, el padre del nene paseándolo por donde podía, los calmantes no quitaban del todo el dolor.

El día siguiente ya pude levantarme, pero estaba agotada y dolorida. Seguí intentanto la lactancia materna, sin ningún resultado, si no contamos como resultado los hematomas que me hizo el porbrecillo. El peque se iba desesperando más y más. Las visitas me agotaron y pedí a mi marido que tratara de que fueran cortas.

Llegó la noche y más de lo mismo. Hacia las cuatro de la madrugada, mi santo se desesperó de tanto oir llorar al nene. Le pedí que lo dejara junto a mí a ver si al menos con el pecho se calmaba. No sacaba más que unas gotitas de calostro que ya comenzaba a salir. Y lo acosté a mi lado. Entonces ocurrió.

El peque se calmó por completo, me miró con esos ojos grandes y oscuros que ha sacado y me hizo una sonrisa. Sé que miró hacia mí y seguramente no me vió, y sé también que la sonrisa no fue sino una mueca sin ningún tipo de intención. Pero a mí me pareció que me miraba y me sonreía, y, por fin, me emocioné y me eché a llorar. Él también, claro, y su padre casi casi, pero por desespero.

Así que después de ver al hombre más paciente del mundo desesperado, y al nene más bonito de la tierra con hambre, no pude más y tomé una decisión. A la primera enfermera que entró por la puerta a la mañana siguiente le pedí un biberón. En vez de dármelo, me dio una lección gratutita de todo lo que yo ya había leído en los libros: que si con la cesárea tarda más en subir la leche, que si hay que tener paciencia, que si le das un biberón luego será más difícil que te coja…

Como estaba agotada y no me veía capaz de discutir ni de pelearme con nadie, llamé a mi madre.

Yo: Mamá, necesito que vengas ahora mismo.

Ella: ¿Qué te pasa, nena?

Yo: Que quiero que le den un biberón al nene y nadie me hace caso.

Ella: ¿Qué? Ahora mismo voy.

Como tengo a quien salir, sabía exactamente lo que iba a pasar cuando llegara mi madre. Así que esperé pacientemente. Lo primero que hizo la mujer al llegar fue llamar a una enfermera.

Ella: La madre quiere dejar la lactancia materna y necesita que le traigan un biberon.

Enfermera: Es que hay que tener un poco de paciencia, sobre todo con la cesárea, porque tarda más la leche.

Ella: Pues la paciencia se le ha agotado a ella y al nene, y los dos quieren un biberón.

Y aquí siguió una discusión que sólo se acabó cuando mi madre, sin ningún tipo de diplomacia, cortó la conversación llamando por teléfono a mi ginecóloga y explicándole el caso.

A las dos horas tuve a mi niño contento y saciado, a su padre calmado, y a mi madre contádole indignada a mi suegra lo que le había costado hacer que me trajeran un puñetero biberón.

 

(PD: Muchas gracias por tus ánimos, Optimista)

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Ya estamos de vuelta

Prometí contaros el parto y eso es lo que voy a hacer en esta primera entrada. Pero ojo, que esto de tener un nene da para mucho, así que me temo que voy a tener que dividir este tema en varias partes, y lo siento, pero esta primera igual no os gusta. Sin embargo fue tal cuál la cuento, por si alguien ha tenido una experiencia parecida.

Lo primero es lo primero. Mi ginecóloga no es amiga de hacer cesáreas porque cree que la recuperación es más rápida en un parto natural. Aún así, como ya os conté, me envió a la clínica para una cesárea. Y menos mal. Después de sacar al chiquito y ver como estaba la cosa -el cordón umbilical dando vueltas en bandolera sobre el nene y atrapándole el cuello por completo-  me lo dijo a las claras:

Gine: Este niño no hubiera podido salir en un parto natural jamás en la vida.

Pero vamos por partes.

El viernes por la tarde, la ginecóloga recomendó una cesárea y la programó para el día siguiente. El sábado por la mañana tomamos las maletas y nos fuimos a la clínica. Tal parecía que estuviéramos haciendo el check-in en un hotel, lo prometo. Hasta la habitación era mejor que algunos de los hoteles que he estado. Así que la primera impresión que tuve fue: “menos mal que le hice caso a mi marido y nos sacamos el seguro médico”. No es que no me fie de la Seguridad Social, de hecho si la cosa se hubiera complicado mucho mucho mucho sé que me hubieran trasladado al Hospital, pero he ido a ver amigas mías allí después de dar a luz y la cosa es bastante deprimente. Están muy cansadas después de un parto, compartiendo la habitación con otra mujer, y sin ningún tipo de intimidad. Y eso si les toca una persona normal con una familia normal, porque si se les meten veinte personas en la habitación de golpe armando jaleo -que también lo he visto…

Bueno, me instalé en la habitación con mi marido y a los pocos minutos llegó la matrona. Y estalló el infierno. Literalmente.

La mujer me dio un camisón de hospital, me hizo tumbarme en la cama y trató de cogerme una vía en el brazo izquierdo mientras yo le destrozaba a arañazos y mordiscos la mano a mi santo. Digo trató, porque no lo consiguió ni al tercer intento. Con el brazo ya fatal -diez días después sigo conservando un enorme morado- decidió ir a por el otro. Así que le pedí a mi marido que cambiara de lado. Pues ¡se lo pensó! Cuando logró cogerme la vía, a punto de irse, mi santo le pidió que le trajera un poco de alcohol o algo así. La matrona le miró desconcertada hasta que le enseñó la mano. Y entonces a quien miró desconcertada fue a mí.

A día de hoy, yo llevo manga larga porque el morado del brazo izquierdo es de impresionar, y él va con la mano en el bolsillo la mayor parte del tiempo. Todo por evitar la siguiente conversación:

Persona: ¿Qué te ha pasado? (señalando el brazo o la mano, según con quien)

En mi caso:

Yo: Nada, en la clínica, que la matrona no se aclaraba al ponerme la vía.

Persona: Ahhh (y me mira con cara de no creer y pensar otra cosa peor)

En el caso de mi santo:

Él: Nada, en la clínica que la matrona no se aclaraba al coger la vía.

Persona: ¿Pero es que te han ingresado por algo?

Él: No, a mí no, a mí mujer, ya te dije que le tuvieron que hacer una cesárea.

Persona: ¿Y que tiene que ver tu mano con todo eso?

Él: Da igual, déjalo estar, no lo entenderías…

Tras esto me pasan al quirófano, y a mi santo se lo llevan a una sala adjunta. No le dejan entrar -eso ya lo conté- y la verdad es que me fastidia. ¿A quién voy a cogerle la mano cuando me pinchen la antestesia?

Ahí es cuando comienza lo peor. La anestesista me pone un líquido en la espalda para poder inyectarme una anestesia local yluego pincharme la “raqui”, sea lo que sea eso. Estoy demasiado tranquila, y entonces una enfermera me cuenta que me han administrado un sedante ligero para que esté tranquila. Se ve que ya han sido todos advertidos por la matrona. O por mi marido.

Me ponen la anestesia y actúa casi inmediatamente. Siento las piernas como piedras. Comienza la operación, estoy consciente todo el rato, pero no veo nada de nada. Ni cómo cortan ni cómo sacan al chiquito. Cuando lo sacan, no obstante, pido verlo, más bien lo exijo, pero como estoy “ligeramente sedada” mi tono de voz se ve que no es lo bastante firme como para que me hagan caso. Se lo llevan corriendo al pediatra.

Al cabo de un rato, mientras me están cosiendo, entra una enfermera y me enseña al chavalote. Está perfectamente bien. ¿Me emociono? Pues contrariamente a lo que creía que iba a suceder no, no me emociono. De todas formas, gracias a la sedación, en ese momento la falta de emoción no me preocupa.

Me terminan de coser y me sacan de quirófano. Me pasan a la sala donde está mi marido, quien ha estado todo el rato con el pediatra y con el niño. Me ponen al nene en brazos y me llevan a la habitación. Le miro con cierta distancia y prevención. No me puedo mover de cintura para abajo.

Una vez allí llega la ginecóloga y entonces me lo cuenta todo.

Gine: No podías haber tenido a este nene de parto natural. Hemos tenido suerte de que vinieras ayer a hacerte la revisión y detectáramos la braquicardia antes de que te pusieras de parto. Si te hubieras puesto de parto, no hubiéramos optado por la cesárea como primera opción y lo más seguro es que después de varias horas hubiera entrado en sufrimiento fetal y te hubiéramos tenido que hacer la cesárea de todas maneras.

Veo cierto alivio en su cara mientras me cuenta todo esto, pero me siento ajena a lo sucedido. Miro a mi marido quien después me cuenta todo lo que le ha dicho la ginecóloga con más detalle que a mí. Y miro al nene y sigo sin sentirme emocionada ni nada de eso.

Afortundamente la cosa cambió, pero tardé dos días en en emocionarme. Eso ya os lo contaré mañana.

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