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Archive for 27 octubre 2009

(Advierto que esto va de niños)

Ahora que el pequeñajo ha cumplido cinco meses, el pediatra nos ha mandado que le demos papillas. Digo el pediatra, porque la pediatra del chiquitín -que de chiquitín no tiene mucho, porque es temendo- estaba enferma ese día.

Así que a la dulce doctora del nene le sustituyó otro médico también amable pero al que no le tengo cogida la medida. O es que a los médicos no los entiendo bien, porque le pregunté como cinco mil veces qué cantidades había que darle, cómo, cuándo… Y el pediatra mirándonos como si pensara que éramos idiotas. Total: un  perfecto ejemplo de padres principiantes, porque a todo esto, mi santo, a pesar de que se lo hice repetir al médico hasta la extenuación, él ni se enteró -y tampoco yo lo tuve demasiado claro.

Él: Entonces, le damos los cereales por la noche ¿no?

Yo: No, a media mañana. La fruta por la tarde.

Él: Ya bueno, pero ¿y por las noches?

Aún así nos las veíamos felices. Mientras que el médico nos explicaba las cantidades, yo me imaginaba a nosotros mismos dándole las papillas al nene y al pitufo disfrutando como un loco de poder comer por fin algo más sólido…

Cualquiera que tenga hijos sabrá que esto no es verdad. Pero yo no lo sabía.

El primer día: papilla de manzana. El nano superemocionado, le metemos la cuchara en la boca… ¡Una cara de asco!

El segundo día: papilla de plátano. Ni quería abrir la boca.

El tercer día: papilla de pera. Y espectáculo.

Porque ya me había cansado yo de esto y le había preguntado a mi madre, claro.

Yo: Mamá, el nene no quiere tomarse la papilla de fruta. Pero es que ni abre la boca…

Ella: Eso es normal, sobre todo los primeros días.

Yo: Pues será normal, pero no sé qué hacer.

Ella: A tu hermana no hubo forma de darle papilla hasta muy tarde, pero a ti te la daban tus abuelos y mientras que el abuelo le daba golpes con una cuchara a la lámpara, la abuela aprovechaba que abrías la boca y te metía la papilla.

Se lo conté a mi santo y decidimos que lo prioritario era que el nene abriera la boca al menos para que probrara los nuevos sabores.

¿El resultado? Ya que no tengo lámparas que golpear en casa, mi marido se ha convertido de repente en el hombre espectáculo del año: canta, baila, da palmas, agita los brazos, pasea los muñecos por el aire, toca las baquetas, las cucharas, se pone pauñelos y gorras en la cabeza… Y yo, mientras tanto, aprovecho el momento y cada vez que abre la boca le endoso de forma maravillosamente rápida una cucharada de papilla, que, como es lógico, se va casi toda fuera…

Pero ¿por qué cuento todo esto si nunca me ha dado por contar estas monadas? Ahora lo entenderéis.

Estaba con un grupo de conocidas -atención: he dicho conocidas, no amigas- tomando un café en un bar, y como siempre me pasa ultimamente, se pusieron de golpe y de repente a hablar se sus hijos y los problemas que tenían para alimentarlos, que hicieran los deberes, que se pusieran los zapatos por las mañanas, etc.

 Así que les cuento esto mismo que he contado antes. Y en ese momento, una de ellas se me queda mirando y me pregunta:

Conocida 1: Pero ¿tu marido te ayuda con el nene?

Yo: Bueno, hace su parte.

Conocida 1: No, me refiero a que si también se hace cargo del bebé.

Yo (extrañada): Pues claro, es su padre.

Conocida 2 (entra en la conversación): Si bueno, pero por las noches te tendrás que levantar tú y todo eso, porque los hombres…

Yo (mosqueada): Nos turnamos, una noche cada uno.

Conocida 1: ¿En serio? Mi marido ni de coña.

Conocida 2: El mío tampoco.

Yo (supermosqueada): Pero ¿por qué no? ¿Se levantan muy temprano o así?

Conocida 1: No, pero como yo le daba pecho, pues me tocaba siempre a mí, y luego ya se quedó así.

Conocida 2: Pues yo le daba biberón, pero como tenía la baja y él se iba a trabajar, pues me encargaba yo.

Yo (algo asombrada): ¿Y cuándo volviste a trabajar qué?

Conocida 2: Pues nada, que ya nos habíamos acostumbrado a que fuera yo, y el niño lloraba más si iba él, así que…

Yo (superasombrada): Vamos a ver, mi hijo es mío y de mi marido, fifty-fifty, así que lo cuidamos entre los dos y nos fastidiamos los dos cuando toca fastidiarse. Vamos, creo que eso es lo normal.

C1: Ufff, ¿normal? A buenas horas. ¡No sabes lo que me cuesta hacer que mueva un dedo en casa, cómo para que me ayude con el niño!

C2: A mí tampoco me ayuda nada, ¡no sabes la suerte que tienes, hija!

A partir de aquí ya preferí callarme, porque de seguir me hubieran visto como a una marciana o hubieran ido a la caza y captura de mi santo, que hay mucha lagarta suelta.

Porque sí, mi santo no me ayuda en casa. Él hace su parte y yo hago la mía. Punto. Lo demás me parece raro y sacado de otro siglo, pero para mi asombro y mosqueo parece que es más normal de lo que debiera. Y es una lástima, porque ver a tu marido haciendo de hombre orquesta mientras que tú le das la papilla al nene es algo digno de pasar a la posteridad.

Mira, creo que hoy nos grabo a los tres en vídeo y nos envío al Tienes Talento, Tú Sí Que Vales o a cualquier concurso de esos. Ganamos fijo. Por lo menos él.

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Una de las cosas que más me ha sorprendido de todo esto de la maternidad es que de pronto parece que entres en una liga distinta. Personas con las que siempre me he relacionado con normalidad, de repente me tratan con cierta complicidad por el simple hecho de tener un nene en casa, y eso me tiene algo aturdida, la verdad.

Como una vecina mía con la que apenas he cruzado holas y adioses en el ascensor durante los últimos dos años y que ahora cada vez que me ve me cuenta todas las monadas de sus hijos y lo poco que le dejaban dormir y las barrabasadas que le hacen.

No es que me queje, que también, pero por las mañanas no soy persona y nunca me ha gustado que me hablaran ni que me llamaran al móvil antes de llegar al despacho. Y no porque me hablen realmente, sino porque mi cerebro no rige muy bien y casi no soy capaz más que de balbucear.

Ejemplo de desayuno en mi casa, con mi marido.

Él: ¿Te preparo un café?

Yo: igrfssxxssll

Él: ¿Y quieres que te caliente la leche?

Yo: vhlgonoXXfr vgfrrsdsgono

Pues así hasta que llego al despacho, con lo que podéis imaginar las pedazo conversaciones del ascensor…

El tema es que me he reincorporado completamente, el nene está fabuloso y la mujer que tengo contratada es superdulce con él y cada vez que llega por la puerta se le alegra la cara al churumbel. Podéis imaginar la tranquilidad con la que me voy al trabajo gracias a eso, ¿no?

Pues resulta que no. Vamos, que yo sí me voy tranquila, pero como ahora pertenezco a ese nuevo club del que nadie me había hablado antes, resulta que he descubierto varias cosas, la primera de ellas es que debo tener la sensibilidad del esparto ya que no me siento culpable de nada.

Para que me entendais, aquí van un par de conversaciones reales:

Secretaria de cliente: ¿Y te has reincorporado ya del todo? Buf, lo estarás pasando mal.

Yo: (¿?¿?¿?) ¿Por qué dices eso?

SC: Pues porque yo me acuerdo que cuando tuve que dejar al mayor en la guardería para volver a trabajar me sentía super mala madre…

(Pues yo no, mira por donde) 

—————

Gerente oficina junto a mi despacho: ¡Vaya, qué pronto te has incorporado!

Yo: Sí, la verdad es que tenía ganas.

GO: Ya se nota, ya, que te vienes toda mona y toda puesta.

Yo: Pues sí, vaya, lo normal.

GO: Uf, yo estuve como seis meses con el chándal porque no me daba tiempo de arreglame cuando tuve a la nena. (Aclaro aquí una cosa, esta mujer parece una modelo: rubia natural, altísima, ojos claros, guapa guapa y muy flaca, así que supongo que hasta con chándal está mona).

Yo: Ahhhh

GO: Además, como no la quería dejar con nadie, me tomé un año de excendencia y luego, cuando la llevé a la guardería, ¡no sé quién lloró más, si ella o yo!

Yo: Vaya…

GO: ¡Tenía unos remordimientos de conciencia! Uy, y de salir con las amigas, nada de nada.

Yo: Pues yo me voy de finde en un par de semanas con dos amigas mías…

GO: Pues ya verás, ¡vas a echar más de menos al nene! No vas a poder disfrutar nada. A mi me pasó la primera noche que salí a cenar con mis amigas sin mi marido y sin la nena, y eso que ya tenía casi dos años…

Yo: Ya te contaré. (¡Dos años sin salir con tus amigas! No me mires con esa de cara de decirme tía tarada, que la que está mal eres tú, chata)

—————–

Higienista dental: ¿Te has reincorporado por completo?

Yo: Pues sí. Ya estaba harta de tanto pañal y tanto biberón (aquí ya a la defensiva antes de que se produzca el ataque y me quede en blanco).

H: Te entiendo perfectamente. (¿?)  Yo hice la tontería de cogerme una excedencia y casi me suicido. Estaba fatal, y se me agrió el carácter, sólo necesitaba que volver al trabajo, relacionarme con adultos y olvidarme por unas p horas al día de cacas, pipis, babas y lloros.  Y encima, mi suegra no paraba de decirme que eso de volver a trabajo tan pronto no estaba bien, que el niño me necesitaba a mí y que a ver por qué no me quedaba en casa, que si su hijo no ganaba bastante… ¡Para volverme loca! Pero más loca me hubiera vuelto si le llego a hacer caso… (Esta es que es de las mías)

Lo peor de todo esto es que creo que estas conversaciones las tenemos exclusivamente las mujeres. Porque a mi santo, que es tan progenitor del churumbel como yo, nadie le pregunta ni qué tal es eso de volver a trabajar con el nene, ni le cuentan si se sintieron malos padres o culpables por enviar al nene a una guardería, ni hablan del poco tiempo que tenían para arreglarse cuando estaban cuidando al niño.

De hecho, las conversaciones que he oído son más o menos así:

Alguien: Eh! ¿qué tal el nene?

Él: Buah, grande, un campeón.

A: ¡Genial! Oye, a ver cuándo quedamos y nos vamos por ahí a tomarnos unas cañas…

Él: Vale, ya te llamo.

Si es que no puede ser. La envidia me corroe…

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