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Archive for 16 junio 2009

Una de mis mayores obsesiones es la higiene dental. Y es una obsesión muy lógica, derivada del pánico que sentí el día en que con catorce años me metieron un torno en la boca para quitarme una caries y empastarme una muela.

Así que dije: se acabó. Ni una caries más en toda la vida. Y así es cómo mi cuarto de baño, entre otras cosas, tiene todos los complementos inimaginables para una correctísisisisima higiene dental: cepillo eléctrico de última generación, cepillos interdentales de distintos tamaños, seda plana y normal, colutorios de flúor sin alcohol… Por no hablar del kit básico que llevo conmigo siempre en el bolso (nunca se sabe cuándo no vas a poder ir a casa a comer) o las revisiones a las que acudo histérica pero religiosamente. 

¿Por qué?, os preguntaréis, cuento esto ahora. Pues para advertiros de algo que no sabéis (problablemente), y es que el cambio hormonal del embarazo puede afectar a vuestros dientes. Y me he enterado precisamente HOY, que tenía cita con el dentista, obviamente.

Así que llego, abro la boca, y la higienista -que es la misma de siempre- me empieza a hacer la limpieza. Noto que me duele más que de costumbre y en un momento dado ella para y me dice:

Higienista: ¿Te ha pasado algo?

Yo: ¿A mí? No, nada, ¿por qué?

Higienista: Porque tienes unas placas de sarro que no es normal. Vamos, en otros pacientes sí, pero en ti no había visto nunca unas placas tan gruesas.

Yo: Pero, ¿qué dices? Si sigo la misma rutina que siempre!!!

Higienista: Pues mira mira, cemento armado (y me mete el gancho ese que usan en la boca y hace rrrraaaaac rrrraaaacccc, oye, una cosa tremenda)

Aquí yo me asusto y empiezo a mirar todas las ilustraciones que tiene en la sala de gingivitis, periodontits y similaritis en un agobiante ataque de hipocondria dental.  Hasta que me dice ella:

Higienista: ¿Has estado embarazada?

Yo: Pues sí, hace poco menos de un mes tuve un nene bien guapo.

Higienista: ¡Acabáramos! ¡Es por eso! Durante el embarazo se producen muchos cambios hormonales y te pueden haber afectado a la saliva, y de ahí todo este sarro.

Es posible que además del sarro haya habido otros efectos indeseables, así que antes de irme de la consulta he pedido una cita para hacerme una revisión completa por parte del dentista con radiografias incluídas, en cuestión de un mes.

Pues aquí el tema del post de hoy: cuidadín con esto, porque es otra cosa que no te avisan. Si una obsesa de la higiene dental como yo termina el embarazo con unas placas de sarro como para llenar sacos de porland, y si mi higienista ha terminado sudando del esfuerzo a pesar del aire acondicionado, ya os podéis cuidar bien la boca, ya. Que me ha dado por imaginarme el desastre y casi me da un patatús.

¿Y el nene? Bien, gracias. De momento es un encanto. Sobre todo como esta mañana, en la que con la mano derecha trataba de calmarle el llanto, con la izquierda retocaba en el ordenador un informe escrito por mi nueva empleada -la que me sustituye- que había que enviar urgentemente, con el pie apartaba a la gata de la cuna del nene, con el manos libres le pedía a mi santo que comprara un paquete de pañales antes de venir a casa, y de reojo comprobaba el reloj para ver si llegaba mi madre a hacerse cargo del pequeñajo y poder marcharme al dentista. Y todo al mismo tiempo.

Welcome to Motherhood!

(Iba a escribir un post sobre el dolor de cabeza, pero lo dejo para más adelante)

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Mañana hará exactamente tres semanas de la cesárea y puedo decir que ya estoy recuperada por completo, salvo en pequeños detalles. Por lo que seguiré donde lo dejamos: tras el bibe del nene y todos un poco más contentos.

A los cuatro días de la operación, nos dieron el alta. El nene está genial de salud desde que nació, y a mí me costaba un poco -bastante- moverme. Lo peor era levantarse y sentarse, eso dolía horrores.

Pero antes del alta aún pasaron algunas cosas. Para empezar, al día siguiente de la cesárea me quitaron la sonda y me animaron a ir al aseo por mí misma. Estuve un día entero sin miccionar (palabra fina donde las haya) así que al día siguiente, estando en el baño, entró una enfermera y le preguntó a mi marido:

Enfermera: ¿Ha podido miccionar ya? (en las clínicas privadas se ve que son así de finas a la hora de hablar).

Él: Pues no.

Enfermera: Pues igual habrá que sondarla de nuevo.

Oye, que fue oir eso y motivarme al instante. Del resto de temas escatológicos prefiero no hablar, porque no sabría cómo tratarlos con tanta finura. Pero también hubo sus momentos.

Así que a los cuatro días decidieron que ya estaba lo suficientemente recuperada como para darme el alta. Y nos fuimos a casa. Allí comenzó una experiencia completamente nueva y que se describe en los manuales y páginas web sin ahondar lo suficiente. Y no me refiero al tema de no dormir, los cólicos del lactante, el cambio de pañales y similar. Si habéis sido padres/madres, eso os lo sabéis de memoria. Si no lo habés sido, bueno, mejor que sea sorpresa… Pero no es tan duro como lo pintan. Eso o que mi nene ha decidido ponerle las cosas bastantes sencillas a sus padres.

No. Lo que pasó a los cuatro días y estando ya en casa, aparte de una estricta dieta a base de jamón ibérico, sobrasada y bombones, fue ¡la llorera!.

Por todo me ponía a llorar. Cogía a mi nene y lo veía tan pequeñito, que me ponía a llorar. Le daba besos y le quería (y le quiero, claro), que me a llorar sólo de pensarlo. Dejaba que mi marido cogiera a mi nene y los veía a los dos tan agustito que me ponía a llorar. Mi madre -o mi suegra- cogía a mi nene y le hacía carantoñas y yo, hale, a llorar. Miraba el telediario con todo lo que está cayendo y yo, a llorar otra vez. Me hice un simulacro de pedicura por mí misma (el primero en cuatro meses), y a llorar de nuevo. Hasta lloré un día en que mi madre cocinó unos macarrones gratinados que le salieron blanduchos. Total, que lloraba como ciento treinta y cinco veces al día. O más.

Así hasta que pasada una semanita mi santo se asustó de verdad.

Él: ¿Quieres que vayamos a un psicólogo?

Yo: A un psicólogo a qué (y venga la llorera).

Él: Pues porque no es normal que estés así, a ver si vas a tener una depresión postarto.

Yo: ¿Cómo que una depresión postparto? (Snif, snif, buaaahhhhh) Pero si yo quiero mucho al nene y no lo he rechazado (buaaahhhh), sólo que me da por llorar (buaaahhh).

Quince cajas de kleenex después, mi marido me convenció no para ir a un psicólogo, sino para contarle lo que me pasaba al menos a la ginecóloga y que ella decidiera. Y elegimos el día en que me iban a quitar los puntos, diez días justos después de la operación.

Fuimos a la consulta y al principio como siempre:

Gine: ¿Cómo te encuentras? ¿Has tenido fiebre?

Yo: No, fiebre no, pero es que… es que… es que….

Y aquí dejé de hablar y comencé a llorar de manera desconsolada. Motivo: le quería contar que lloraba por cualquier motivo y en vez de contárselo me puse a llorar. Así que mi marido tuvo que tomar las riendas de la conversación:

Él: Es que llora por casi cualquier cosa, y tengo miedo de que le esté dando una depresión postparto, aunque no rechaza al chiquito ni nada de eso.

Gine: Entiendo. Mira, lo de la depresión postparto es algo que le toca a quien le toca, sobre todo si no existe ninguna causa externa, porque no hay ninguna causa externa, ¿verdad? ¿O ha pasado algo?

Yo: No, no ha pasado nada (buahhhh, hip, hip, buaaahhhhh, snif, snif).

Gine: A ver, antes de que nos preocupemos, tenéis que saber que hay veces que sin ser una depresión postparto si se que produce una especie de tristeza, una “mustior” que dura varios días. Vamos a hacer una cosa, te voy a recetar unas vitaminas y si en una semana no has parado de llorar, me llamas y te envío a un psicólogo para que te examine. 

Me tomé las vitaminas y lo cierto es que en cuestión de tres días dejé de llorar. Así que por esta vez, me he librado. En el próximo post os contaré por qué aunque no des el pecho y te encuentres estupendamente bien, no puedes tomar ni una gota de alcohol, pero vamos, ni un vasito de vino. Y lo que fastida.

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Te lo cuentan de un modo como si casi no tuviera importancia, pero la tiene.

Al subir de quirófano no te duele nada. Pero de pronto la anestesia se va y comienza el dolor. No te puedes mover, no te puedes reir, no puedes llorar, no puedes hacer ningún movimiento que implique los abdominales, porque si lo haces, el dolor es insufrible. Y hay muchos movimientos que implican los abdominales. Algunos que ni siquiera sabía que existían.

Como ya conté ayer, comencé a preocuparme por la falta de emoción hacia mi nene. Llegué a pensar que era algo monstruoso no tener casi ningún tipo de sentimiento hacia la criatura a la que acababa a dar a luz. Se podría decir que era el dolor, o los calmantes que me comenzaron a poner, pero nadie me dijo nada de eso. Y ahí estaba yo, en la cama, sin poder moverme, con un nene a mi lado, mi familia pasando de puntillas por la habitación y yo apenas con fuerza para darme cuenta de que algo no iba del todo bien.

Habia decidido intentar la lactancia materna. Bien, pues duele. Y mucho. Había leído en diversas páginas web y también en libros que no se tenía por qué experimentar dolor, sólo quizá una ligera molestia. Así que también pensé que no lo hacía bien. Se lo dije a la matrona y ella me ayudó a poner la mejor postura, postura que por cierto me costó horrores adoptar a causa del dolor de la operación.

Aún así, con la postura correcta, me dolió muchísimo. La primera vez, y la segunda, y la tercera…El caso es que al ser cesárea ni siquiera me subía el calostro, por lo que el nene mordía con mucha fuerza y rabia cada vez que lo intentaba.

La primera noche fue terrible, el nene llorando desesperado, el padre del nene paseándolo por donde podía, los calmantes no quitaban del todo el dolor.

El día siguiente ya pude levantarme, pero estaba agotada y dolorida. Seguí intentanto la lactancia materna, sin ningún resultado, si no contamos como resultado los hematomas que me hizo el porbrecillo. El peque se iba desesperando más y más. Las visitas me agotaron y pedí a mi marido que tratara de que fueran cortas.

Llegó la noche y más de lo mismo. Hacia las cuatro de la madrugada, mi santo se desesperó de tanto oir llorar al nene. Le pedí que lo dejara junto a mí a ver si al menos con el pecho se calmaba. No sacaba más que unas gotitas de calostro que ya comenzaba a salir. Y lo acosté a mi lado. Entonces ocurrió.

El peque se calmó por completo, me miró con esos ojos grandes y oscuros que ha sacado y me hizo una sonrisa. Sé que miró hacia mí y seguramente no me vió, y sé también que la sonrisa no fue sino una mueca sin ningún tipo de intención. Pero a mí me pareció que me miraba y me sonreía, y, por fin, me emocioné y me eché a llorar. Él también, claro, y su padre casi casi, pero por desespero.

Así que después de ver al hombre más paciente del mundo desesperado, y al nene más bonito de la tierra con hambre, no pude más y tomé una decisión. A la primera enfermera que entró por la puerta a la mañana siguiente le pedí un biberón. En vez de dármelo, me dio una lección gratutita de todo lo que yo ya había leído en los libros: que si con la cesárea tarda más en subir la leche, que si hay que tener paciencia, que si le das un biberón luego será más difícil que te coja…

Como estaba agotada y no me veía capaz de discutir ni de pelearme con nadie, llamé a mi madre.

Yo: Mamá, necesito que vengas ahora mismo.

Ella: ¿Qué te pasa, nena?

Yo: Que quiero que le den un biberón al nene y nadie me hace caso.

Ella: ¿Qué? Ahora mismo voy.

Como tengo a quien salir, sabía exactamente lo que iba a pasar cuando llegara mi madre. Así que esperé pacientemente. Lo primero que hizo la mujer al llegar fue llamar a una enfermera.

Ella: La madre quiere dejar la lactancia materna y necesita que le traigan un biberon.

Enfermera: Es que hay que tener un poco de paciencia, sobre todo con la cesárea, porque tarda más la leche.

Ella: Pues la paciencia se le ha agotado a ella y al nene, y los dos quieren un biberón.

Y aquí siguió una discusión que sólo se acabó cuando mi madre, sin ningún tipo de diplomacia, cortó la conversación llamando por teléfono a mi ginecóloga y explicándole el caso.

A las dos horas tuve a mi niño contento y saciado, a su padre calmado, y a mi madre contádole indignada a mi suegra lo que le había costado hacer que me trajeran un puñetero biberón.

 

(PD: Muchas gracias por tus ánimos, Optimista)

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Ya estamos de vuelta

Prometí contaros el parto y eso es lo que voy a hacer en esta primera entrada. Pero ojo, que esto de tener un nene da para mucho, así que me temo que voy a tener que dividir este tema en varias partes, y lo siento, pero esta primera igual no os gusta. Sin embargo fue tal cuál la cuento, por si alguien ha tenido una experiencia parecida.

Lo primero es lo primero. Mi ginecóloga no es amiga de hacer cesáreas porque cree que la recuperación es más rápida en un parto natural. Aún así, como ya os conté, me envió a la clínica para una cesárea. Y menos mal. Después de sacar al chiquito y ver como estaba la cosa -el cordón umbilical dando vueltas en bandolera sobre el nene y atrapándole el cuello por completo-  me lo dijo a las claras:

Gine: Este niño no hubiera podido salir en un parto natural jamás en la vida.

Pero vamos por partes.

El viernes por la tarde, la ginecóloga recomendó una cesárea y la programó para el día siguiente. El sábado por la mañana tomamos las maletas y nos fuimos a la clínica. Tal parecía que estuviéramos haciendo el check-in en un hotel, lo prometo. Hasta la habitación era mejor que algunos de los hoteles que he estado. Así que la primera impresión que tuve fue: “menos mal que le hice caso a mi marido y nos sacamos el seguro médico”. No es que no me fie de la Seguridad Social, de hecho si la cosa se hubiera complicado mucho mucho mucho sé que me hubieran trasladado al Hospital, pero he ido a ver amigas mías allí después de dar a luz y la cosa es bastante deprimente. Están muy cansadas después de un parto, compartiendo la habitación con otra mujer, y sin ningún tipo de intimidad. Y eso si les toca una persona normal con una familia normal, porque si se les meten veinte personas en la habitación de golpe armando jaleo -que también lo he visto…

Bueno, me instalé en la habitación con mi marido y a los pocos minutos llegó la matrona. Y estalló el infierno. Literalmente.

La mujer me dio un camisón de hospital, me hizo tumbarme en la cama y trató de cogerme una vía en el brazo izquierdo mientras yo le destrozaba a arañazos y mordiscos la mano a mi santo. Digo trató, porque no lo consiguió ni al tercer intento. Con el brazo ya fatal -diez días después sigo conservando un enorme morado- decidió ir a por el otro. Así que le pedí a mi marido que cambiara de lado. Pues ¡se lo pensó! Cuando logró cogerme la vía, a punto de irse, mi santo le pidió que le trajera un poco de alcohol o algo así. La matrona le miró desconcertada hasta que le enseñó la mano. Y entonces a quien miró desconcertada fue a mí.

A día de hoy, yo llevo manga larga porque el morado del brazo izquierdo es de impresionar, y él va con la mano en el bolsillo la mayor parte del tiempo. Todo por evitar la siguiente conversación:

Persona: ¿Qué te ha pasado? (señalando el brazo o la mano, según con quien)

En mi caso:

Yo: Nada, en la clínica, que la matrona no se aclaraba al ponerme la vía.

Persona: Ahhh (y me mira con cara de no creer y pensar otra cosa peor)

En el caso de mi santo:

Él: Nada, en la clínica que la matrona no se aclaraba al coger la vía.

Persona: ¿Pero es que te han ingresado por algo?

Él: No, a mí no, a mí mujer, ya te dije que le tuvieron que hacer una cesárea.

Persona: ¿Y que tiene que ver tu mano con todo eso?

Él: Da igual, déjalo estar, no lo entenderías…

Tras esto me pasan al quirófano, y a mi santo se lo llevan a una sala adjunta. No le dejan entrar -eso ya lo conté- y la verdad es que me fastidia. ¿A quién voy a cogerle la mano cuando me pinchen la antestesia?

Ahí es cuando comienza lo peor. La anestesista me pone un líquido en la espalda para poder inyectarme una anestesia local yluego pincharme la “raqui”, sea lo que sea eso. Estoy demasiado tranquila, y entonces una enfermera me cuenta que me han administrado un sedante ligero para que esté tranquila. Se ve que ya han sido todos advertidos por la matrona. O por mi marido.

Me ponen la anestesia y actúa casi inmediatamente. Siento las piernas como piedras. Comienza la operación, estoy consciente todo el rato, pero no veo nada de nada. Ni cómo cortan ni cómo sacan al chiquito. Cuando lo sacan, no obstante, pido verlo, más bien lo exijo, pero como estoy “ligeramente sedada” mi tono de voz se ve que no es lo bastante firme como para que me hagan caso. Se lo llevan corriendo al pediatra.

Al cabo de un rato, mientras me están cosiendo, entra una enfermera y me enseña al chavalote. Está perfectamente bien. ¿Me emociono? Pues contrariamente a lo que creía que iba a suceder no, no me emociono. De todas formas, gracias a la sedación, en ese momento la falta de emoción no me preocupa.

Me terminan de coser y me sacan de quirófano. Me pasan a la sala donde está mi marido, quien ha estado todo el rato con el pediatra y con el niño. Me ponen al nene en brazos y me llevan a la habitación. Le miro con cierta distancia y prevención. No me puedo mover de cintura para abajo.

Una vez allí llega la ginecóloga y entonces me lo cuenta todo.

Gine: No podías haber tenido a este nene de parto natural. Hemos tenido suerte de que vinieras ayer a hacerte la revisión y detectáramos la braquicardia antes de que te pusieras de parto. Si te hubieras puesto de parto, no hubiéramos optado por la cesárea como primera opción y lo más seguro es que después de varias horas hubiera entrado en sufrimiento fetal y te hubiéramos tenido que hacer la cesárea de todas maneras.

Veo cierto alivio en su cara mientras me cuenta todo esto, pero me siento ajena a lo sucedido. Miro a mi marido quien después me cuenta todo lo que le ha dicho la ginecóloga con más detalle que a mí. Y miro al nene y sigo sin sentirme emocionada ni nada de eso.

Afortundamente la cosa cambió, pero tardé dos días en en emocionarme. Eso ya os lo contaré mañana.

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