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Archive for 22 mayo 2009

Cerrado por parto

Que sí, que sí, que ya va esto adelante y cinco días antes de lo previsto.

El caso es que tenía hoy consulta en la ginecóloga, con monitorización incluida, y el nene no se quería despertar. Como los latidos del corazón no subían de 120 por mucho que me tocase la tripa para despertarlo, la ginecóloga se ha preocupado -un poco- y me ha hecho repetir la prueba.

Las cifras seguían igual, así que después de comprobar la eco, me lo ha soltado a bocajarro.

Gine: El niño no está cómodo ya dentro, y no hay señales de parto. Tampoco está en la postura adecuada para provocarte un parto natural, pero tenemos que sacarlo. De momento no hay sufrimiento fetal, pero no podemos esperar mucho, mañana habrá que practicarte una cesárea.

Yo: De acuerdo, bien.

Gine: ¿Te digo que te vamos a hacer una cesárea mañana y me dices que de acuerdo? 

Yo: Pues… si me dices que no hay otro remedio, adelante.

Gine: ¿Y ya está?

Yo: No sé,  ¿qué quieres que te diga? Me parece bien. Una cosa, ¿a qué hora tengo que ir a la clínica?

Ella se queda escamada y mira a mi marido. Luego me vuelve a mirar sorprendida y me suelta:

Gine: La verdad es que no sabía cómo decírtelo, pero no esperaba que te quedaras tan tranquila.

Yo: ¿Y qué quieres que haga? Además así mejor.

Gine: ¿¿??

Aquí interviene mi marido:

Él: Es que teníamos miedo de que se pusiera de parto y tener que ir corriendo histéricos a la clínica. Así, ya sabemos que es mañana y vamos preparados.

Nos mira a los dos casi sin creer lo que está oyendo. Se ve que cuando te dicen algo así, te tienes que asustar mucho. Pero si el nene estuviera en riesgo inminente no esperaríamos a mañana, es lo que creo. Aprovecho su desconcierto para acribillarla a preguntas:

Yo: ¿A qué hora me presento en la clínica? ¿Cuándo es la operación? ¿Puede estar mi marido dentro? ¿Cuántas horas tengo que estar en ayunas? Y la recuperación, ¿cómo es? ¿Y los puntos?

Ella me frena. Tiene que llamar a la clínica para avisarles -obviamente. Llama por teléfono y me da hora. Tengo que presentarme a las 10 am. Después me prepararán y entraré en el quirófano a las 12. Me pondrán una anestesia especial, que no es ni la epidural ni la general, pero ahora no me acuerdo de cómo se llama, que me mantendrá consciente durante toda la operación. Si todo va bien, será bastante rápido, pero no puedo comer ni beber nada desde 12 horas antes y hasta 12 horas después.

 Osea, que el jamón que me tiene preparado mi padre y el champan que ha enfriado mi madre en la nevera tendrán que esperar. Lo único que me fastidia de verdad es que, al ser cesárea, mi santo no podrá estar conmigo en el quirófano. Se lo dice la ginecóloga y él mira y me comenta:

Él: Bueno, así no me harás quedar mal (en clara alusión a mi penoso comportamiento ante los tratamientos médicos).

Cuando salimos, estoy más feliz que unas pascuas. De hecho, si no fuera porque no me toca, me abría la botella de champán esta misma noche. Mi marido me mira y me dice:

Él: Porque estás embarazada y mañana te hacen la cesárea, porque sino, seguro que te ibas de marcha.

Pues sí. Ya os contaré, aunque tardaré unos días. Y, ahora que lo pienso, igual le tendré que cambiar el nombre al blog.

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Lo digo en serio: voy a evitar hacer llamadas de teléfono de aquí a que nazca el nene. Al menos, voy a evitarlas en todo lo que pueda, porque cada vez que llamo a alguien, antes de decirme ¿qué tal? o ¿cómo estás?, me dicen ¿ya? ¿ya? ¿ya?

Y la verdad es que a mí ya me gustaría, pero al nene se ve que no. Vamos, que ya me estoy haciendo a la idea de que se quedará conmigo hasta los 40 años….

El caso es que salgo de cuentas en cuestión de días, tengo una tripa que cada día pesa -y asusta más- pero no puedo decir que me sienta mal físicamente, aunque eso sí, no llevo calcetines por no ponérmelos, me cuesta tanto levantarme que prefiero estar de pie y si no fuera porque no me puedo depilar las piernas -y no tengo tiempo de ir a la esteticista- hubiera dejado de utilizar pantalones porque me quedo sin aliento al vestirme. 

Cuando la gente me pregunta que para cuándo lo tengo (porque la gente es así, y eso es lo que me preguntan por la calle, pero incluso personas a las que no conozco de nada) , y les digo que lo espero para el míercoles de la semana que viene, se me quedan mirando raro. Descubrí el porqué de esta mirada ayer hablando con un cliente.

Cliente: No te queda ya mucho ¿verdad?

Yo: Pues no, salgo de cuentas el míercoles de la semana que viene.

Cliente: ¿Tan pronto? Pues no lo parece.

Yo: ¿¿??

Cliente: Es que te veo tan tranquila y tan pancha que cualquiera diría que estás a punto de dar a luz.

Así que me imagino que o bien las embarazadas a las que les faltan días van con cara de sufrimiento o bien que la gente -sobre todo los hombres- tiene una percepción muy extraña de la actitud que debería tener una embarazada días antes del alumbramiento.

Y también está la situación contraria. Hace unos meses mantuve una reunión con otra empresa que estaba interesada en contratarme. Llegamos a un acuerdo y me dijeron que ya me llamarían. Dado que no oculté en ningún momento mi estado (a ver cómo, con esta pedazo tripa), y les dije que la fecha prevista era final de mayo, no me extrañe de que no me volvieran a llamar -¿quien contrataría a alguien a punto de dar a luz?-. Pero hoy se han puesto en contacto conmigo para fijar una fecha concreta en la que comenzar a prestar mis servicios. Y la conversación ha sido tan surrealista como cabe imaginar:

Empresario: Dime un día de la semana que viene que te venga bien y comenzamos.

Yo: Mejor te llamo el lunes a ver si podemos quedar.

Empresario: ¿Y eso por qué?

Yo: Más que nada por si te digo ahora mismo una hora y un día y me pilla en la clínica.

Empresario: Ah, es verdad, que tienes que dar a luz. ¿Pero no sabes qué día?

Yo: En principio el miércoles.

Empresario: Bueno, pues quedamos el lunes o el martes si quieres.

Yo: Si quieres fijamos el día, pero es que esto no es una ciencia exacta.

Afortunadamente, están lo suficientemente interesados como para posponer la reunión una semana si hiciera falta, porque aunque he contratado a una persona que me sustituya, el cierre del contrato obviamente lo tengo que hacer yo.

Un amigo mío ya me lo ha dicho: te veo en la sala de partos con el móvil en una mano, el ordenador en la otra y chillando a todo el mundo para que se calle porque estás cerrando un trato.

Lo que tiene ser autónoma…

Y sobre el chiquito, si todo el mundo me ha estado aconsejando sobre el embarazo, ahora todo el mundo me aconseja sobre el nene. Y eso que no ha nacido aún.

Ayer nos fuimos a comprar unas cosas en el super mi marido y yo. Por algún extraño motivo que no entiendo -la lógica de la distribución de productos en los supermercados se me escapa por completo- la comida para gatos (que es lo que fuimos a comprar) estaba ubicada justo en la estantería de enfrente de los pañales (¿¿¿???).  Quieras que no, comenzamos a mirar los precios para ver la que se nos venía encima a mi santo y a mí.

Yo: Mira, esos de ahí son de 4 a 6 kilos pero esos otros son de 5 a 10 kilos, y aquellos de 3 a 5 kilos. No sé, ¿cuáles crees que habrá que comprar? Son todos tan caros que da miedo equivocarse…

Él: Si que son caros, sí. Pero una cosa, ¿los kilos que pone ahí, son los que tiene que pesar el nene o los que aguanta el pañal lleno de mi…?

Creo que estuve tres horas riéndome de la burrada, pero la verdad es que no puedo criticarle. No sé quién anda más perdido de los dos.

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A medida que pasan los días, y me queda ya una quincena para dar a luz, se multiplican a mi alrededor las personas que me cuentan historias de partos. La mayoría son tan truculentas, terroríficas y desagradables que me pregunto por qué me las tienen que contar (no es que sea aprensiva, que también, pero es que hay algunas cosas que creo que es mejor callarse delante de una mujer que va a dar a luz por primera vez, ¿no?, Por no asustar, digo)

Afortunadamente hay otras que incluso me han parecido simpáticas, así que paso a transcribir dos de ellas porque parecen la misma pero desde dos puntos de vista distintos.

La primera es de la secretaria de uno de mis clientes. El tema salió a la luz porque mi tripa es ya inmensa y me preguntó cuánto me faltaba. Yo le contesté y ella me informó que hacía un par de días, con la luna llena, se habían juntado más de 8 en la clínica donde voy a ir.

Secretaria: Se ve que cuando hay cambio de luna pasa siempre lo mismo, porque a mí, con el segundo, cuando llegué, había como diez mujeres más, y la enfermera me dijo que tendría que esperar. ¿Esperar? ¿Esperar a qué? Estaba coronando y me tuvieron que meter dentro a toda prisa, que casi doy a luz en el pasillo…

La otra historia es igual pero al revés. Me la contó la farmacéutica, que le pasó con su primer hijo.

Farmacéutica: Llegué a la clínica y comencé a dilatar pero iba muy lento. De pronto, comenzaron a llegar más mujeres también de parto, como seis o siete, y las fueron pasando a todas pero yo seguía en la habitación, así que mi marido se cogió un cabreo tremendo y se fue a protestar todo indignado a la enfermera que a ver por qué no me entraban a mí, que habíamos llegado los primeros! ¡Fíjate! ¡Cómo si estuvieramos en la peluquería o esto fuera por turnos!!!!

Me reí cuando me las contaron, pero luego me he puesto a pensar en que esto es bastante fastidoso. Ahora mismo, y aunque a efectos de agenda me comporto como si el día del parto fuera a ser exactamente la fecha que me ha dado mi ginecóloga, no puedo dejar de pensar que se puede adelantar en cualquier momento y ¡a la mi.. todas las previsiones!

De hecho, si estoy nerviosa últimamente es precisamente porque sé que no puedo pretender dar a luz el día y la hora que a mi me venga bien o me dé la gana, con lo que cuadraría mi agenda de manera perfecta, sino que eso no va a depender de mí, y me fastidia una barbaridad.

¡Relájate! me dice una amiga cuando se lo cuento. Claro, como ella no es autónoma…

Hace dos días tuve una comida con varios amigos, dos de ellos funcionarios.

Amigo funcionario: ¿Cuándo dejaste de trabajar?

Yo: ¿Perdón?

Amigo funcionario: Si, por el embarazo, ¿desde cuándo hace que no trabajas?

Yo: ¿Qué no trabajo? Pero si aún no he parado…

Amiga funcionaria: ¿Cómo que no? Yo tengo una compañera que se cogió la baja a los tres meses.

Yo: Ya, y tu compañera será funcionaria igual que tú, ¿verdad?

Amiga funcionaria: Pues, sí. Pero vamos, por ley si lo necesitas….

Yo: ¿Por ley? Soy autónoma, si no trabajo no sólo dejo de ganar dinero sino que además puedo perder a todos mis clientes, así que…

 Aunque intento explicarles cuál es la situación real de un autónomo en cuanto a prestaciones sociales se refiere, veo por sus caras que no me entienden. En un momento dado, mi marido, autónomo él también, me susurra: déjalo, ¿no ves que son funcionarios? No van a entenderte, es otro mundo.

Y no sólo los funcionarios. Hoy voy al banco a hacer unas gestiones y pedir una serie de documentos para HACIENDA -que por cierto se ha equivocado en casi todos mis datos fiscales-. El de la ventilla, que ya me conoce gracias a las trimestales, los seguros, la SS, etc. , me dice:

Trabajador: Oye, con todo el lío de papeles que llevas siempre ¿tú no preferirías tener un contrato?

Yo paso de contestarle. ¿Para qué? Si es que la pregunta tiene hasta lógica.

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No sólo no lo sé, sino que además, en las páginas que llevo visitadas de Internet tampoco lo aclaran. Así que me hice el firme propósito de preguntarle a mi ginecóloga cómo reconcer los síntomas de que estoy de parto. Más que nada porque me queda menos de un mes y no quiero que me pille desprevenida.

Aquí debo explicar algo: mi extraña tolerancia al dolor. He tenido dispepsias, dolores de cabeza intensos, heridas, porrazos, huesos rotos, vamos, lo normal en una persona que no se ha quedado encerrada en una burbuja. Y siempre me ha pasado lo mismo.

El dolor en sí, me duele -obvio- pero lo aguanto bastante bien, hasta el punto que una vez estuve con un dedo del pie roto durante dos días y sin acudir al hospital porque, bueno, me dolía y me obligaba a cojear pero tampoco era para tanto. Mi problema con el dolor viene con los tratamientos médicos. Y desde que era pequeña. Jamás lloraba por un porrazo ni por nada de eso, aunque los adultos que me rodeaban se ponían histéricos y me llevaban a la clínica. Y una vez allí, cuando veía al médico de turno cara a mí, con la aguja en la mano o con cualquier otra cosa y pretendiendo tocarme en la zona dolorida, montaba un show…

Que lo sigo montando hoy en día. Mi dentista, al que acudo religiosamente todos los años, me ha pedido en más de una ocasión que me tome un valium antes de ir a la consulta y sacarme sangre para un análisis es un auténtico suplicio. Hace poco, me destrocé un dedo y me tuvieron que poner puntos. Hasta ahí, bien. Ahora, las curas… El enfermero me envió a casa más de una vez y me reñía porque decía que iba a asustar a los niños que estaban fuera de los gritos que daba. Mi marido me acompañó el día que me tenían que quitar los puntos y pasó una vergüenza tremebunda. Y los berridos eran de tal magnitud que el pobre hombre (el enfermero) me tuvo que poner anestesia local para sacarme los puntos.

Hecha esta explicación, creo que cualquier persona puede entender mis temores respecto al parto. ¿Y si me pongo de parto y no me entero hasta que es demasiado tarde?  

Ginecóloga: Los gráficos te han salido bien, no tienes ninguna contracción.

Yo: Vale, pero…

Gine: ¿Tú qué tal estás? Porque de peso veo que vas bien, la anemia sigue ahí, pero en fin, y el colesterol y los triglicéridos altos, no te preocupes que eso es normal, una vez des a luz, se bajarán.

Yo: Ah, bueno, eso me preocupaba.

Gine: ¿Has tenido alguna contracción ya?

Yo: No. Creo que no. Bueno, es que no sé lo que es una contracción.

Gine: Pues… Verás, notas que se te pone toda la tripa dura de repente, muy muy dura, y al principio no te va a doler, pero luego se hace un poco molesto.

Yo: Ah, bueno. Y cuando me pase eso, te llamo, ¿no?

Gine: Pues no. Vamos a ver, me llamas si rompes aguas, que es como si te hicieras pis encima pero sin poder controlarte. Pero no te pongas histérica, ¿vale?

Yo: Vale. ¿Cuánto tiempo pasa desde que rompo aguas hasta el parto?

Gine: Eso depende. Tienes que mirar el líquido que tiras. Si es de color verde o lo ves con sangre, no te esperes a llamarme. Te pillas un taxi y te vas corriendo a la clínica y me llamas desde el taxi, porque esos colores indican que puedes estar teniendo un problema serio, aunque te encuentres bien.

Yo: ¿Y si no es de ese color?

Gine: Pues entonces me llamas tranquilamente, sin agobiarte, y ya te iré yo haciendo preguntas para ver si te tienes que ir corriendo a la clínica o no. Y si no rompes aguas, pero tienes contracciones cada diez minutos, me llamas también, ¿de acuerdo? Mas cosas, ¿quieres epidural?

Yo: Sí, claro. Por supuesto.

Gine: No te la podemos poner hasta que no hayas dilatado por lo menos tres centímetros, así que te iremos controlando.

Aquí es donde intervino mi marido, después de tantos años de conocernos y, sobre todo, de haber asistido en directo a mi pésimo e insoportable comportamiento en clínicas, hospitales y centros de salud.

Él: Pero, ¿es posible que le pongaís drogas antes de la epidural?

Gine: ¿Perdón?

Yo: ¿Qué?

Él: Sí, que si le podéis poner calmantes o tranquilizantes o algo en cuanto llegue a la clínica.

Mi ginecóloga le mira a él como si se hubiera vuelto loco y a mí con un interrogante en la cara. Mi santo se explica.

Él: Es que se pone un poco nerviosa cuando está en un hospital.

Gine: ¿Nerviosa?

Él: Bueno, que monta unos espectáculos tremendos cuando le toca un médico. Tú deberías saberlo, que hace años que viene aquí.

Mi ginecóloga me mira y entonces, sólo entonces, creo que comienza a entender por qué le ha resultado siempre tan difícil hacerme las revisiones.

Gine: O sea que nerviosa, ¿eh? Vaya… Es verdad que se pone un poco nerviosa aquí, pero en la clínica será distinto.

Él: Que no, que no. Que será mucho peor, como la niña del exorcista. (Y va y le cuenta lo de los puntos del dedo)

Le pego una patada en la espinilla y me mira como si estuviera loca. Salimos de la consulta y le pido explicaciones.

Yo: Pero… ¿por qué le has contado todo eso?

Él: Porque es verdad, y porque no quiero que tu ginecóloga, que es la que te va a atender, te haga mucho caso cuando comienzes a insultar a todo el personal y a chillar como si te estuvieran mantando. Tiene que saber cómo te pones para entender lo que pasa.

Yo: Muy bien. Estupendo. Me acabas de quitar todo tipo de autoridad en mi propio parto. ¿Y qué quieres que haga ahora si me intentan hacer algo que yo no quiero? ¿Tirarles lo primero que encuentre a mano?

Él: Uy, eso no se me había ocurrido. Bueno, les diré que no dejen nada cerca de tí.

¡Habrase visto! Creo que a la próxima cita voy yo sola a la ginecóloga y con una lista bien detallada de lo que NO quiero que me hagan durante el parto, para que luego nadie pueda decir que es que, claro, como me pongo histérica en un hospital…

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