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Archive for 29 abril 2009

Una prima mía me dijo que así es como te prepara la naturaleza para lo que te va a venir una vez nazca el bebé. Pero eso no me consuela. El caso es que llevo varias semanas sin poder dormir ocho horas de un tirón, y eso es algo que tampoco nadie te cuenta sobre esta maravillosa y superespecial experiencia del embarazo (nótese el sarcasmo).

Una, dos o incluso tres veces durante la noche me despierta una insoportable necesidad de ir al aseo, y aunque ya voy como un robot, medio dormida y sin casi despertarme, a veces tropiezo con los zapatos de mi santo o con la columna que hay en mi dormitorio (sorpresita tras hacer la reforma para quitar el balcón y hacer la habitación más grande), con lo que me despejo del todo.

Bueno, me despejo yo, mi santo, mi gata, mis vecinos y creo que todo el barrio, porque los “jod..” “mecag..” y “la pu..” que suelto a grito pelado y en mitad del silencio deben asustar a cualquiera. Y eso que de normal ni levanto la voz ni soy malhablada, pero…

El caso es que la falta de sueño en condiciones estaba comenzando a resentir mi trabajo, y en estos tiempos ese es un lujo que una autónoma no se puede permitir. Pero ya he dado con la solución: he cambiado toda mi agenda de forma que me quedan libres siempre unas cuatro horas a mediodía, y me pego unas siestas…

Lo que me lleva al segundo tema de este post. Las prioridades. O mejor dicho, ¿resulta tan extraño el orden de mis prioridades?

Esta pregunta me la he estado planteando a raíz de una conversación con mi cuñada.

Ella: ¿Ya lo tienes todo preparado?

Yo: Desde luego que sí. He hablado ya con la asesora y la semana que viene me tendrá preparados los papeles para contratar a la chica que va a sustituirme, y ya he apalabrado a otra persona para que me cuide al niño. Además, he pedido el voto por correo y ya tengo en casa el paquete para la extracción del cordón umbilical una vez nazca el nene.  También he adelantado todo el trabajo que he podido y me darán la baja unos días antes de lo previsto para que pueda explicarle bien a esta chica en qué va a consistir su trabajo y entrenarla unos días antes de dar a luz. 

Ella (me mira como a una marciana): No me refiero a eso, digo a lo que te tienes que llevar a la clínica.

Yo: Bueno, eso también. Con la lista que me pasaste de cosas que necesita el nene he preparado una malelita de ropa, pañales, toallitas, crema y todo eso.

Ella: ¿Y tus cosas?

Yo: ¿Mis cosas? (Si ya te he dicho que lo he solucionado) ¿Qué cosas?

Ella: Tu maleta.

Yo: ¿Mi maleta? Bueno, tengo una bolsa con camisones y algo de ropa para salir de la clínica, además de un neceser con muestras de crema hidratante y algo de maquillaje.

Ella: ¿Y las compresas post-parto? ¿Y los algodones? ¿Y las braguitas desechables? ¿Y los sujetadores de lactancia?

Yo: ¿?¿?¿?¿?¿?

Ella: ¡Todo eso es fundamental! Tienes que tenerlo todo listo en una maleta para que no te pille desprevenida.

Yo: Ehhh, vale, le preguntaré a la ginecóloga.

Ella: No hace falta que le preguntes eso, hoy mismo te paso la lista por e-mail.

Me pasa la lista por e-mail. Completísima. Tanto que me pregunto: ¿en qué diablos estaba yo pensando cuando creía tenerlo todo bajo control? Y lo que más me sorprende de la lista es esta anotación:

“Es conveniente que lleves a todas horas, en un bolso grande, una muda de ropa y unas compresas, por si rompes aguas y te pilla en el trabajo o muy lejos de la clínica”.

Agradezco las molestias que mi cuñada se toma por mí, pero como no paro de darle vueltas, llego a pensar que mis prioridades están algo confundidas. Llegados a este punto, en el que tengo la cabeza hecha un lío, le pregunto a mi madre.

Yo: Oye mamá, ¿qué crees que voy a necesitar para la clínica?

Madre: Pues, algo de ropita para el nene, algo de ropa para tí y un neceser con crema, colonia, ya sabes. Pero de todas formas no te preocupes, porque como la clínica está cerca de casa, si necesitas algo más, te lo podremos llevar sin ningún problema.

Yo: Vale mamá, gracias.

Madre: Además, allí te darán casi todo lo que necesites, así que no te preocupes mucho de eso. Por cierto ¿has pedido ya el voto por correo? ¿Y has hablado con la asesora para el tema de la baja y los contratos? ¿Y lo del cordón umbilical? ¿Ya lo tienes claro?

¡Si es que madre no hay más que una!

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Hace un tiempo comenté que según mi analítica, tenía todos los índices del hemograma por los suelos. Anémica perdida, vamos.

Para salir de esta situación, mi ginecóloga me sometió a un estricto régimen de comidas con alto contenido en carnes y bajo en hidratos (vaaale, a veces me lo he saltado, estoy embarazada y quiero CHOCOLATE, ¿acaso es tan raro? Bueno, y helado de vez en cuando, y pizza, y…)

Para reforzar ese régimen, me recetó además dos suplementos de hierro, que sumados al suplemento vitamínico general que tomo desde el inicio del embarazo, deberían haberme puesto fuerte como un roble. ¿Qué digo fuerte? Deberían hacer que saltaran las alarmas de los detectores de metal!!! 

Pues bien, tras aproximadamente seis cajas de hierro -puede que haya sido más- me hago el análisis de sangre previo a la consulta de la ginecóloga, y ¿qué me encuentro? Que sigo teniendo anemia. Sí. Así es. A poco más de un mes para dar a luz, el nene me está chupando todo el hierro que puede, ya que en caso contrario, ¿cómo se explica que mi nivel de hematocrito apenas haya variado dos puntitos y siga muuuuy por debajo de lo considerado normal?

La verdad es que tengo un cabreo encima de órdago.

Quedo a tomar un café -descafeinado, claro- con mi marido a media mañana. Se lo cuento.

Él: Bueno, entiende que ahora es cuando más crece y tiene libre acceso a todas tus reservas de energía.

Yo: Pero si eso lo entiendo, lo que no entiendo es que las pastillas, que debían haberme convertido ya en Iron-woman, por lo menos, no me han hecho más que cosquillas.

Él: Pues imagínate cómo estarías si no las hubieras tomado.

Y ahí es cuando me imagino a mi misma hace unos siglos, llevando adelante un embarazo sin analítica ni pastillas de hierro y me entra un escalofrío…

Hoy le toca a mi santo hacer la compra. Ha llegado hace un rato y me abalanzo, literalmente, sobre las bolsas en busca de una barra de chocolate que me ayude a pasar el cabreo. Pues ¡¡¡¡que no ha comprado chocolate!!!!

Yo: Se te ha olvidado el chocolate.

Él: No, no se me ha olvidado, sólo que no lo he comprado.

Yo: ¿Por qué?

Él: Porque la semana que viene tienes cita con la ginecóloga y como no le mientes, con la anemia que tienes te va a preguntar qué has comido y le dirás lo del chocolate y tendremos bronca. Así que si no te lo compro, no te lo comes y fuera líos.

Yo: ¿Fuera líos? ¿Bronca con la ginecóloga? Vamos a ver, ¿tú quién crees que tiene más posibilidades de amargarte la vida, ella o yo?

Él: Ehhhh… ¿lo quieres normal o con almendras?

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Hace un par de días tuve una multitudinaria comida familiar. Hacía mucho tiempo (creo que un par de meses, pero para mi familia eso es una eternidad) que no veía a mis primos, tíos, allegados… Así que quedamos todos a comer. Más de treinta adultos y no-sé-cuántos niños.

El restaurante estaba en un pueblo de costa y durante el viajecito me entraron unas ganas tremendas de ir al aseo. Cualquier mujer embarazada de más de siete meses sabe lo que es eso. Y en un coche, sentada, con el dolor de costillas que eso provoca, y sin poder hacer nada por no haber visto ni una puñetera gasolinera en todo el camino.

Así que llegamos y como hacía dos meses que mis primos, tíos y allegados no me habían visto, todos se apresuraron a saludarme (bueno, más que a mí, a mi tripa, esto va en serio: ¿Cóoooomo estássss? y mirada y manos centrándose en mi tripa).

 Como estaba que reventaba, me salte toda la educación del mundo y me fui directa al aseo, que por cierto estaba ocupado por dos sobrinitas mías que casi me desesperan de lo que tardaban.

Sin el casi. Al final tuve que entrar en el lavabo de caballeros, porque no aguantaba más. Y es que tienen  razón los que dicen que la duración de un minuto depende de a qué lado de la puerta del cuarto de baño te encuentres.

Pero no es este el tema del post de hoy. Dolorida, acalorada pero finalmente aliviada, salí por fin a saludar como mandan todos los cánones a mis familiares. Y la conversación, tras manosearme la tripa (tengo que comparme un cinturón de pinchos tipo punk, porque parece que va a ser la única forma) fue así en todos los casos:

Familiar: ¡Qué guapa estás!

Yo: Gracias.

Familiar: No, no, ¡es que estás guapísima!

Yo: Gracias.

Familiar: Que va en serio, ¡estás guapa de verdad! Te está sentando de fábula el embarazo. (Si sustituimos “fábula” por “cine” o “estupendamente” o sinónimos al uso, resumo todas y cada una de las conversaciones).

Esto, que en circunstancias normales hubiera aumentado mi ego y autoestima hasta límites insospechados, al final me terminó mosqueando bastante. Sobre todo porque al acabar la fiesta y marcharnos a casa, se me ocurrió desmaquillarme, y la pinta que tienen mis ojeras al natural, después de noches y noches sin dormir bien gracias al nene que llevo dentro, es de espanto.

Después me puse el pijama y entré en la habitación, donde tengo un espejo de cuerpo entero.

Pues bien, entre las ojeras, la cara pálida y demacrada que se me quedó gracias a la anemia y a las cremas de protección solar que utilizo para evitar manchas, los pelos recogidos con una coleta y la facha de verme a mi misma con semejante atuendo, lo de guapa guapísma no lo logré ver por ningún lado.

Se ve que mis primos todavía no se han dado cuanta del arte que me doy con el maquillaje ni saben aún lo que mejora la imagen llevar en los ojos cuatrocientos kilos de antiojeras. 

Pero mira, en esto, voy a callarme.

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Aunque ya hace tiempo que se lo voy diciendo a mi ginecóloga, ella parece no darse por enterada.

Gine: ¿Cómo va todo? ¿Alguna molestia?

Yo: Las costillas, que me duelen mucho.

Gine: ¿Vas bien al baño? ¿Sientes pinchazos? ¿Has sangrado?

Yo: No, sólo las costillas, que me duelen mucho.

Gine: ¿Te sientes cansada? ¿Puedes dormir bien?

Yo: Pues por las noches no, no duermo muy bien que digamos. Las costillas, que me duelen…

Pues nada. Como quien oye llover.  Tecleo en el google “dolor de costillas” y me salen un montón de foros en los que las mujeres embarazadas se quejan del dolor de costillas. Pero en ninguno te dicen qué hacen para remediarlo. Se cambian de postura y eso, pero nada más.

En las páginas supuestamente informativas, sólo te informan de que es un dolor bastante común en el último trimestre de embarazo. Y punto.

Vamos a ver, si en esas páginas existen miles de consejos sobre cómo evitar las naúseas, las estrías, cómo actuar en caso de sangrado, cómo prevenir el dolor en el parto, etc. ¿Por qué en ninguna aparece cómo atenuar el dolor de costillas?

Pregunto en mi entorno más cercano. Las mujeres que me rodean también tuvieron dolores en las costillas, en mayor o menor grado. Mi suegra, por ejemplo, no podía casi ni respirar hacia el final del embarazo, pero mi madre, como no superó las náuseas y mareos en ninguno de los trimestres, no se acuerda si le dolieron o no las costillas.

Ella: Ay, nena, es que estaba tan mareada que sólo me acuerdo del mareo.

Mi cuñada, que no deja de repetir eso de “disfruta ahora” y que durante todo su embarazo estuvo fatal, fatal, fatal, tampoco recuerda ni hacer tenido dolor de costillas ni nada parecido. ¿Cómo va a acordarse, si la pobre no se podía ni mover?

Cuñada: Pero es una de las etapas más bonitas, si pudiera, repetiría…

Yo: ¿¿¿¿????

Me he pasado estas pascuas casi sin salir de casa. De pie, tumbada, sentada… No había forma. Nos fuimos a cenar con unos amigos. A mitad de la cena, comencé a revolverme en la silla como si me hubiera dado un ataque de algo.  No había manera de paliar el dolor. Hasta el punto de que tuve que pedir disculpas y, visto lo visto, anular otra cena prevista también para las fiestas.

Por el día, aún aún. Por la tarde y por la noche, mi marido me ve tan rematadamente mal -el dolor acaba agotando- que tampoco se atreve a decir mucho. Pero ayer, al irnos a dormir, me saca el tema:

Él: ¿Y te duele mucho?

Yo: Pues bastante. Sí.

Él: Pues así ya sí que no te voy a convencer de ir a por la parejita…

Yo: Pues va a ser que no.

Me mira con cierto abatimiento. Al cabo de un rato, contraataca.

Él: Y la ginecóloga ¿no te puede dar nada contra el dolor?

Yo: Pues no lo sé, has venido conmigo a todas las consultas y sabes que no me hace ni caso.

Él: Bueno, pues no te queda tanto para dar a luz, en poco más de un mes, todo eso fuera.

Yo lo miro y descubro una pequeña esperanza en sus ojos. Así que le digo, en plan muy muy optimista:

Yo: Supongo que sí. Al ver al nene supongo que se me pasará todo y pensaré que merece la pena volver a pasar por esto. Eso, claro está, siempre que me metan las mismas drogas de la felicidad que parece que le meten al resto de embarazadas una vez dan a luz, porque si no, no me explico la supervivencia de la humanidad en un siglo que tiene al alcance de la mujer tanto método anticonceptivo.

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Al contrario que otras entradas, en esta voy a centrarme en dos cuestiones prácticas que nadie me había contado y he ido descubriendo poco a poco.

El embarazo si eres autónoma es una fuente inagotable de consultas con un buen asesor laboral, así que no escatimes el dinero ni intentes enterarte de todo por internet porque te vas a hacer un lío. Pero aquí tienes unas pistas sobre la baja maternal.

En primer lugar debes saber que SÍ TE INTERESA. Esto lo he puesto en duda durante todo el embarazo, pero ahora estoy cada vez más convencida.

Tienes derecho a coger la baja, y te recomiendo que vayas haciendo papeles. La prestación te puede resultar irrisoria si cotizas por el mínimo, pero aún así, te van a dar el 100% de la base de cotización.

Después deberás elegir si te das de baja con cese de actividad o sin cese de actividad. En el primero de los casos, no puedes facturar ni hacer nada de nada, pero tendrás la prestación.

 En el segundo caso, estás obligada a contratar a alguien a jornada completa -no, no puede ser parcial-  para que lleve adelante tu trabajo, por lo que puedes seguir facturando. ¿Pierdes la prestación por este motivo? Pues resulta que no, la cobras igualmente, lo que te puede servir para pagar el sueldo, o al menos una parte del mismo, a la persona a la que vayas a contratar.

Delega todo el tema del papeleo en un asesor, bastantes quebraderos de cabeza vas a tener ya, pero coge la baja porque si no la cojes, no vas a tener derecho a la bonificación del 100% del pago de la cuota de la Seguridad Social durante un año. Que es lo que me ha convencido a mí. Ahora bien, la baja mínima es de seis semanas, y sí, estoy de acuerdo contigo, encontrar a una persona que pueda hacer tu trabajo es bien díficil, pero no imposible.

Y hasta aquí la parte verdaderamente más práctica del artículo. Otra cuestión es ¿tus clientes muestran dudas sobre tu embarazo? Una vez tengas resuelto, y bien claro, el tema del papeleo -insisto, contrata a un buen asesor- creéme, si les expones el caso no vas a perderlos. Es más, aún mejorarás todavía más tu imagen profesional, dado que te has anticipado con soluciones a los “problemas” que podría causar tu baja.

¿Es todo esto justo? Pues si miro a amigas mías con contratos laborales cuyas bajas no han sido más que un trámite en el que no han tenido que pensar en todo esto, pues no es justo. Pero eres autónoma, y sólo por eso ya sabes que la vida no es justa, sobre todo cuando te toca pagar las trimestrales.

Otra cuestión muy práctica es la compra del carrito. De esto -comprar trastos- ya he hablado alguna que otra vez, pero si te pasa como a mí, que te mareas con las explicaciones que te dan en las tiendas, agradecerás esta información.

Al principio todo era ver tiendas y preguntar, y las dependientas te enseñaban un catálogo y te iban contando los pros de todos los carritos. Los contras no te los cuentan. Con lo increiblemente buena que soy realizando análisis y manejando información, de pronto me sentí la mujer más inútil del mundo al ser incapaz de escoger un carrito. Y mi marido, por lo general práctico a la hora de comprar trastos, más inútil aún que yo.

Pero descubrí la causa de mi inoperancia: las dependientas. Te hablan como si entendieras lo que te dicen. Y si es la primera vez que estás embarazada y nunca te has interesado por las cosas de bebés, cuando te explican que tal modelo incluye la maxi-cosi o que tal otro se pliega “en paraguas”, te da la impresión de que te perdiste esa clase en el colegio. Por lo menos.  

Y me di cuenta de eso gracias a una estupenda dependienta que me atendió en la decimosexta tienda que fui a visitar. Y aquí no fue cuestión de edad ni experiencia, de hecho era de las dependientas más jóvenes con las que me topé, ni tampoco de idioma o cultura, porque era holandesa y aunque hablaba español con fluidez, alguna patada sí metía al hablar.

En vez de eseñarme un catálogo o mostrarme los carritos explicando las ventajas de cada uno, comenzó preguntándome si vivía en un piso con ascensor o en una casa con escaleras, si tenía coche y si mi coche era grande o pequeño, si acostumbrábamos a pasear por la ciudad o por el campo, y con todos esos datos y más, me mostró una serie de carritos, me explicó por qué serían prácticos y me animó a montar y desmontar todos y cada uno de los carritos que me mostró. Obviamente, al salir de la tienda, ya tenía el carro encargado.

Así que extraigo de aquí una serie de lecciones:

1. No dejes que las dependientas te apabullen con datos sacados de un catálogo. Antes que eso, explícales cuáles son tus circunstancias (tienes coche, vives en una finca con ascensor… es por las proporciones, para que luego te quepa en el maletero y puedas entrar tú con el carrito en el ascensor, mídelos, no te cortes) .

2. Una vez establecidas las medidas máximas que debe tener el carrito, explícale que eres una mujer ocupada y que quieres que se pueda plegar lo más sencillamente posible, y que el chasis sea ligero. Te explico: las ciudadades no están hechas para pasear con un carrito, así que en muchas circunstancias deberás llevarlo un poco al vuelo. Además, si vas tú sola, tendrás que hacerte con el niño en una mano y el carro en la otra para el coche.

3. No permitas que te muestre un segundo modelo sin que te haya explicado cómo se monta y se desmonta el primero. Y no permitas que te lo muestre sin más. Hazlo tú misma después que ella. Es la única forma de saber lo fácil o lo difícil que te va a resultar.

4. No te dejes llevar por el diseño ultramoderno del carrito. Puede no ser práctico. Cuanto más fácilmente se pliegue y más lugares tenga donde llevar cosas (cesta debajo del carro, por ejemplo), mejor.

5. No te dejes convencer con argumentos del tipo “es el más vendido en España”. Eso no implica que sea el mejor para ti. Sólo quiere decir que es el que más se vende.

6. Si te gusta un modelo, posiblemente te enseñen otro de la misma casa y te lo intenten vender como que “este es el de lujo”. Vale: normalmente cuesta como el doble y nada te garantiza que sea mejor. Procede como en el resto de casos: levantalo al vuelo, pliégalo, mídelo… Aunque en un primer momento puedas pensar “para mi nen@ lo mejor de lo mejor”, piensa también en tu espalda.  

Hasta aquí el post de hoy. Si tú también has descuberto alguna cosa práctica que nadie te había contado, te animo a dejar constancia a través de un comentario, que sabes que son siempre bienvenidos.

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Pero claro, eso te lo dice quien no lleva la misma tripa que tú. Y fastidia. Mucho.

Durante el último mes no he actualizado prácticamente el blog, y no por falta de ganas ni de temas, que me han puesto la cabeza como siempre, sino por exceso de trabajo. Después de horas y horas frente al ordenador, el movil, los clientes y demás, llegas a casa y lo que menos te apetece es sentarte -de nuevo- frente al ordenador. Pero aquí estoy, dispuesta a gruñir desde el blog.

Y es que la frase en cuestión, “¡Si ya no te queda nada!” es la tónica de las últimas semanas.

Como la tripa es ya indisimulable -de hecho, hace tiempo que no me veo los zapatos a no ser que me siente- toooooodo el mundo se cree con derecho a preguntar y opinar. Y toooooodo el mundo llega  a la misma conclusión: total, dos meses no es nada. Como en el tango, pero en cutre reducido.

Aunque, todo también hay que decirlo, ese comentario me llega más por parte de mujeres que ya han sido madres que de hombres. Y lo que es peor, llega seguido de la siguiente coletilla: “ay, disfrútalo ahora, que luego lo echarás de menos…”

A ver, a ver, ¿que luego echaré de menos qué, exactamente? ¿El ardor? ¿Las noches sin dormir porque al nene le da por darme patadas? ¿La tripa que me quita el aliento a la hora de ponerme los calcetines? ¿La sensación de elefanta que tengo cuando me miro al espejo? ¿El régimen estricto de comidas al que me obligan para que todo vaya bien? ¿El no poder tomar ni un myolastán cuando se me engancha todo el cuello por culpa de la hernia? ¿El tener que soportar que la gente piense que me puede tocar la tripa impunemente? ¿El no poder disfrutar de un buen vino en compañía de mis amigos? ¿El bombardeo continuo de consejos superfluos sobre el embarazo y el parto? 

La última vez que me pasó, lo del comentario, fue en una tienda y mi marido estaba delante. Al salir le planteé todo lo que estoy diciendo ahora y él me miró y me dijo:

Él: La verdad, es que cuando te hacen un comentario de esos me pongo a temblar.

Yo:  Y eso ¿por qué?

Él: Porque te conozco y me da miedo que no puedas aguantarte y sueltes una burrada de las gordas.   

Y sospecho que tiene razón. Ya os contaré.

PD: Nuria, no te preocupes, todo va bien. Si no he escrito es por falta de tiempo.

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