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Archive for 2 marzo 2009

Hace unos días, mi marido me preguntaba:

Él: ¿Cómo está el tema de las clases de preparación al parto? Tendremos que ir, ¿no?.

Yo no supe qué contestarle, ya que la ginecóloga nunca me ha dicho nada al respecto, así que en la última revisión (y terrorífica, llena de prohibiciones), decidimos interesarnos por el asunto.

Gine: Bien, a ver, aquí no hay centros privados que den esas clases, así que si quieres asisitir, tendrás que ir a la Seguridad Social.

Yo: ¿Si quiero asisitir? ¿Por qué dices eso?

Gine: Porque me pones todas las pegas del mundo en cuanto a los días y las horas de las revisiones, así que no te imagino yendo a esas clases en el horario que marcan ellos.

Llegados a este punto, mi santo se vio en la obligación de intervenir.

Él: Vale, pero si tenemos que ir a esas clases, ya arreglaremos lo de los horarios. Lo que queremos saber es si es importante asistir.

Gine: A ver, si te digo la verdad ¿le dirás a alguien que te lo he dicho?

Aquí nos miramos él y yo y nos encogimos de hombros. La ginecóloga siguió.

Gine: Importante, importante, en fin! Vamos a ver, ¿tú quieres la epidural?

Yo: Pues sí.

Gine: Pues eso. Y lo de empujar, si sabes ir al baño (la expresión real fue algo más escatológica), es lo mismo.

Yo: Entonces ¿no lo recomiendas?

Gine: En tu caso no te va a hacer falta. El parto es un proceso natural, intuitivo, que encima en tu caso va a estar muy asisitido. Esas clases sirven de mucho si quieres ver que hay otras personas en tu misma situación y te enseñan cosas como limpiar luego al chiquito o lo del cordón umbilical, pero ya te digo, te conozco y con la vida y los horarios que llevas, asistir a esas clases sólo te va a generar estrés, poco más.

Una vez aclarado este punto, nos quedamos más tranquilos, aunque creo que a mi marido le hacía gracia eso del “respira, respira” y “empuja, empuja”.

El domingo decidimos aprovechar los escasos rayitos de sol que asomaban y nos fuimos a dar una vuelta. Llegados a un bar, nos encontramos con unos conocidos y decidimos tomar un aperitivo con ellos. Ella tiene una hija de seis años, así que ha pasado por esto, y, como me está sucediendo últimamente, no se le ocurrió otra cosa que monopolizar la conversación con el tema del embarazo y la crianza de los hijos.

Daba igual que yo intentara preguntarle por su trabajo, por alguna otra conocida en común o que me dirigiera a su marido -con el que he colaborado en el pasado- para cambiar de tema. Le importó un bledo. Una y otra vez al mismo lugar: el embarazo y lo maravilloso que es tener hijos. Así, obviamente, las conversaciones se hicieron a dos bandas: él con el otro él -para no terminar dormidos- y ella conmigo.

En cuanto terminamos -y lo hicimos más corto de lo que cualquiera hubiera supuesto- salimos de allí y le dije a mi santo:

Yo: Recuérdame que en lo que me queda de embarazo me junte sólo con mujeres que no han tenido hijos jamás.

Él: Y eso ¿por qué? 

Yo:  Porque ya hablo bastante del embarazo en mi blog y no tengo ganas de soportar los ataques de la liga de las madres impenitentes.

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