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Archive for 28 febrero 2009

A tres meses del parto, mi última visita a la ginecóloga ha sido terrorífica. Salí más que deprimida y terminé con unas ganas tremendas de zamparme una tableta entera de chocolate valor con almendras. Pero no pude hacerlo porque… ¡me ha prohibido los carbohidratos! Bueno, prohibir prohibir no, limitar. Pero eso sí, muy muy muy limitados.

La cosa sucedió así. Le entrego los últimos análisis, que incluían la anemia galopante, el test de O’Sullivan y una curva de glucemia.

Gine: Estos análisis están muy mal. Tienes una anemia de caballo. Debes de comer fatal.

Yo: No, como muy bien.

Gine: A ver, ¿hoy que has comido?

Yo: Lentejas con verdura.

Gine: ¿Y ayer?

Yo: Pisto con sémola.

Gine: ¿Y el resto de la semana?

Yo: Pues un día macarrones, otro día salmonetes a la plancha con patatas al vapor, otro día…

Gine: Ya está bien. Comes fatal.

Yo (protesta): Pero si es una dieta mediterránea casi perfecta.

Gine: Y tienes una anemia de caballo y el azúcar así así.

Yo: ¿Qué pasa con el azúcar? La curva me ha salido bien…

Gine: Bien de aquella manera. A partir de ahora, nada de hidratos de carbono al menos entre semana. Te los dejas para el fin de semana y no mucho. Y eso incluye las lentejas y las legumbres en general.

Yo: ¿Y la fruta?

Gine: Una pieza al día máximo, y mejor si no es plátano ni uva.

Yo: ¿Y qué se supone que voy a comer si me lo has prohibido ya casi todo?

Ellla echa un vistazo rápido al principio del historial, y se da cuenta de que es verdad, que me ha prohibido un montón de cosas por el tema de la toxoplasmosis. Aún así, no desespera, (al menos desespera menos que yo), y vuelve a la carga:

Gine: Pues te haces un plato de verduras a la plancha o una ensalada grande y luego un filete a la plancha o un pescado al vapor, lo que prefieras. Y te voy a dar otro suplemento de hierro que te vas a tomar hasta que esto remonte.

Mi marido sigue la conversación con cierta alarma. En casa, yo cocino y él recoge la cocina, y el trato es bueno porque, modestia aparte, cocino maravillosamente bien y a él le encanta (mi suegra, aunque prepara platos buenos, no es de cocinar legumbres ni pastas, así que mi santo debe ser de los pocos hombres que hay en el mundo que no echa a faltar la comida de su madre).

Él: Pero si le prohibiste la carne cruda y todo eso.

Mi ginecóloga le mira raro. Luego le dice:

Gine: Sí, pero se puede comer un entrecot bien hecho.

Él: Pero es que así no le gusta. A ella le gusta vuelta y vuelta, y claro, como le prohibiste la carne cruda, pues eso ya no entra en casa.

Gine: Pues tiene que comer carne.

A estas alturas, la discusión se ha trasladado a esas dos bandas. Creo que mi santo no está muy de acuerdo en quedarse sin sus guisos marineros, sus lasañas, sus garbanzos con espinacas,sus lentejas, gazpachos manchegos, el arrocito a banda, el de fesols i naps… Y de bizcochos y dulces, ya ni hablamos. Pese a la férrea defensa que hace de sus interes, mi ginecóloga no le da tregua, y acaba derrotado.

Todo lo demás va más o menos bien: el nene, la tensión, el peso (aquí otra bronca, no quiere que suba más de tres kilos más en todo lo que me resta de embarazo).

Salimos deprimidos de la consulta. A partir de ahora y hasta que se acabe el embarazo vamos a tener que comer como si estuviéramos a régimen. No nos hace gracia a ninguno de los dos, pero a mí menos, porque él, a una mala, se puede escapar a casa de su madre o a dónde sea y zamparse una coca roñosa enterita si le place. Yo también podría hacerlo pero -razono- si la ginecóloga me ha insistido tanto será por algo. Así que sólo tengo ganas de llorar.

Llegamos a casa, ponemos la tele, y zas, el nuevo anuncio de coca cola. Y ni soy una persona sensiblera ni es que el anuncio en sí se pase, pero es verlo y me pongo a llorar… Mi marido se asusta al verme (normal, ni soy una persona sensiblera ni el anuncio en sí se pasa) y cambia de canal.

Ayer tuvimos la tarde libre. Nos hacemos una siestecita con la tele puesta. Me despierto, abro un ojo y veo que echan de nuevo el anuncio de la coca cola. De nuevo me pongo a llorar mi marido se despierta de golpe al oírme, cambia de canal y dice:

Él: ¡J….! ¡No he llegado a tiempo!

No le acabo de entender, hasta que me confiesa que antes de dormirse ha cambiado de canal cada vez que salía el anuncio para que no me echara a llorar. Pero yo no sé si es por el anuncio por lo que lloro o si es que lloro….¡¡¡¡PORQUE TENGO HAMBRE!!!!

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…aquí está, atacando. Y eso a pesar de que me he tomado todos los días el suplemento de vitaminas y minerales que mi ginecóloga tuvo a bien recetarme al inicio de todo esto.

Gine: ¿Ves estas pastillas? Son vitaminas, y te las vas a tomar hasta que yo te diga, que va a ser todo el embarazo.

Pues no ha bastado. Tengo una anemia galopante, así que no sé lo que me dirá la gine en la próxima visita. Lo que sí sé es que no estoy abusando de la comida ni nada de eso, y lo sé porque no estoy aumentando de peso más que la barriga y porque (no sé por qué aún) tooooodo el mundo me lo dice como extrañado. Un ejemplo:

Persona: Pues no te ha cambiado la cara.

Yo: ¿¿??

Persona: Sí, que si no fuera por la tripa no se da uno cuenta de que estás embarazada. No se te han hinchado las manos (aquí hubo uno que lo comprobó sacándome el anillo de bodas, la gente, que es así), ni la cara ni nada, ¿de cuánto estás?

Yo: Unos cinco meses y medio.

Persona: Pues te veo estupenda.

A ver, a ver, ¿se supone que a estas alturas me debería haber convertido en algo aún más grande y monstruoso? Porque en esa conversación sustituyes la palabra “persona” por “tía”, “primo”, “cliente”, “peluquera”, “colega” y creo que la he tenido con todo el mundo.

Con todos menos con mi santo, que el pobre está tan a ajo y agua desde hace tanto que hasta le pone verme con la ropa interior tan horrorosa que llevo ahora gracias a la poca  gracia de las marcas de ropa interior para hacer ropa interior de embarazada (eso parecía un trabalenguas, a ver si alguien es capaz de decirlo en voz alta…).

Pero en fin, como lo de mi anemia ha transcendido, ayer me junte con tres enormes bizcochos en casa. Uno lo había hecho yo (y era el más pequeño). No es que me apeteciera comerlo, pero me apetecía cocinar y a mi marido le gustan los dulces (por eso era pequeño, utilicé una receta para cuatro personas, no para quince). 

El segundo bizcocho, grande como para un regimiento, me lo envió mi suegra por aquello de la anemia. El tercer bizcocho, enorme, es de una tía de mi marido que nos tiene mucho aprecio, y también me lo hizo llegar por el tema de la anemia.

Agradezco mucho los bizcochos (aunque ya no sé qué hacer con ellos, mi santo estaba encantado esta mañana al tener tanto dónde elegir para el desayuno), pero… ¿de verdad que hay alguien en el mundo que crea que el bizcocho cura la anemia?

Y lo peor es la sospecha: visto lo visto ¿exagerará mi santo a mis espaldas el cansancio del embarazo o la anemia para seguir recibiendo bizcochos gigantes de manera periódica en casa?  No sé, no sé. El tío es listo…

Creo que o me vuelvo a plantear lo del sexo, o al final del embarazo esto habrá parecido una competición sobre a quién de los dos nos sale más tripa. Con la diferencia, claro, que yo me quitaré unos seis kilos de golpe tras entrar en el paritorio y él seguirá dándole a la mandíbula con todo el jamón que mi familia ha prometido traerme a la clínica.

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Y habrá una tercera y una cuarta a este ritmo. Ojo, advierto que es posible que este sea uno de los pocos capítulos prácticos del blog, por lo que luego no quiero que nadie venga con desilusiones.

Afortunadamente, y tras patearme la ciudad entera en rebajas, he encontrado varias tiendas donde comprar algo de ropa decente, algo que necesité urgentemente para el viaje de trabajo de la pasada semana.

Así que aquí van una serie de apreciaciones y consejos para mujeres que precisen seguir manteniendo una cierta imagen profesional a pesar de su embarazo (no os engañéis, lo primero que ven cuando te miran no es a una ejecutiva o a una asesora seria, ven una embarazada). Por cierto, acepto consejos sobre esta materia, y los agradezco someramente.

1. Examino varias tiendas: El Corte Inglés (sección premamà, marca Alia); C&A, Prenatal, Premamàn y H&M (sección Mamá). Y el ganador es… tachán tachán, H&M. Lo siento por los demás, son los que hacen la ropa más ponible, y encontré allí unos pantalones grises supercómodos perfectos para ir a trabajar, unos negros de raso para la noche, y un par de camisetas tiradas de precio que van bien con todo. En las demás, pues sí, hay cosas monas, pero es todo taaaaaan de mamá…

2. No hay que limitarse a este tipo de tiendas ni de ropa. En Zara encontré una chaqueta de punto muy elegante, que cierra con un sólo botón en el cuello por lo que ¡es imposible que te apriete en la tripa por mucha barriga que tengas!

3. Si te pones un pañuelo largo al cuello, tipo foulard, o una bufanda, y una chaqueta, la tripa prácticamente ni se te ve, y te estiliza un montón. De hecho, a pesar de mi barrigón, ha habido gente que no se ha dado cuenta del embarazo hasta que no me he quitado el pañuelo, y llega un momento que agradeces cualquier conversación que no comience con un “ay, ¿estás embarazada?” o “¿qué tal lo llevas?”.

4. Olvídate del cuello alto. Al menos del cuello alto sin una chaqueta o una túnica por encima. No sólo se te verá más grande la tripa sino que parecerás muchísimo más gorda y te deprimirás. Esto va en serio. Snif, snif, de verdad.

5. Las bragas de embarazada son horrosas. Lo sé. No sólo por la forma, que si las estiras un poco te llegan hasta el cuello o incluso te las puedes pasar por encima de la cabeza. Pero son las más cómodas. Y si te pasa como a mí, que el sexo no te apetece nada, aún te va a apetecer menos con estas superbragas. La única opción alternativa es utilizar shorties o braguitas de esas que apenas te llegan a la cadera. Pero no son tan cómodas. Ahora, te hacen sentir muchísimo mejor, dónde vamos a ir a parar….

6. Zapatos: de tacón ni hablamos. Pero por fortuna, este año se siguen llevando las cuñas, con lo que aprovecha y no dejes de comprarte unas sandalias chulas para salir por la noche. Las botas de caña alta, mejor anchitas, de esas que te caben los pantalones por dentro. Será la única forma de que te las puedas poner sobre medias cuando se te comiencen a hinchar los tobillos y las piernas. Que se te hincharán. (Aunque ya no puedas verlos, podrás sentirlos)

7. Por muy estilosa, bonita y oscura que sea la ropa que te pones, te vas a sentir como una elefanta. Así que ólvidate del espejo para eso. Ponte ropa que te permita dar la imagen que te gusta dar por mucho que no te guste la imagen que des.  Suena a contradicción, es cierto. Pero mira, es lo que hay.

8. Si tu pareja te pone mala cara cuando vea llegar el extracto de la visa, devuélve tú una cara más de perro aún, acompañada con alguna expresión del tipo: todo esto es culpa tuya. Y si encima le haces un repaso de todo lo mal que lo estás pasando gracias a tu embarazo (y en mi caso sí fue idea suya), te dejará en paz. Pero tampoco te pases, porque al final, la verdad es que la situación económica no está para grandes fastos y cuando te nazca el nene ahí sí que vas a llorar con los extractos bancarios. O bueno, al menos eso es lo que me han dicho.

9. Pasa de las depedientas. Son unas liantas. Si lo que buscas es un pichi, no salgas de la tienda con dos faldas. Tú buscas algo, y si no lo tienen, te marchas a otro sitio. Y esto mismo se aplica a cualquier cosa que compres para tu futuro retoño. Si no estás segura de algo, no lo compres. Vete a casa y piénsalo mejor. Y cuando lo tengas claro, toma la decisión. No importa lo barato, rebajado o útil que parezca ser. Si no estás segura, no lo compres, porque de lo contrario es posible que inviertas el dinero que tanto te ha costado ganar en un montón de trastos inútiles, ropa imposible y demás, cuando ese mismo dinero hubiera podido tener una mejor aplicación.

10. Al igual que en el punto 9, pero aplicado a familiares y amigos. Pasa de ellos. No necesitas adquirir, comprar o heradar nada que no te apetezca. Que no te presionen. En mi caso, según la confianza, o suelto una bordería o me encierro en el laconismo más absoluto. Y hay una frase mágica, aunque sólo soy capaz de pronunciarla cuando no estoy demasiado agobiada: “agradezco mucho tu interés/preocupación/ofrecimiento. Ya te diré“. Quedas bien con todos, si eso es lo que pretendes. Pero no te prives de vez en cuando de probar con un simple “déjame en paz” o “no me agobies“, de verdad que desestresa, y, además, lo más probable es que achaquen tu mal humor a las hormonas.

Y esto es todo por ahora. Lo dicho, agradecería cualquier comentario o guía sobre estos asuntos. Muy prácticos, lo sé. Pero nadie te habla tampoco de esto. Como si el embarazo sólo fuera un periodo de malestares y felicidad tontuna.

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…que la tenemos.

Si nunca me ha gustado que me vayan tocando (saco la mano enseguida para que no me den dos besos), lo de ahora es ya algo que me mosquea terriblemente. ¡Pero qué puñetera manía tiene la gente de ir tocando la tripa a las embarazadas!

A las demás no sé si les pasa. A mí, me pone de una mala leche insuperable.

Afortunadamente, en mi familia no son tocones, así que nadie, ni siquiera mi madre, me ha tratado de tocar la tripa. Pero mi suegra, ayer, me cogió por banda y me comenzó a tocar la tripa mientras decía emocionada:

Suegra: Ay, ahora sí se te nota.

Mi cara debió ser de órdago, porque antes de que dijera yo nada, mi estupendo marido le dijo:

Él: Mamá, no le toques la tripa, déjala.

Fue en el transcurso de una comida familiar. Sí, lo sé, cada dos por tres estamos en comidas familiares y cosas de ese estilo. Somos así. Comenzó ya bien con mi cuñada:

Cuñada: ¿Cómo estás?

Yo: Bien.

Cuñada: Bueno, a ti casi ni te pregunto porque siempre me dices que estás bien (¿y qué voy a decir?). A mi hermano sí que le llamo por teléfono para preguntarle (conozco a mi marido, él es aún más lacónico que yo, así que…).

Yo: Ah…

Cuñada: La verdad es que estás teniendo un embarazo de lujo (a saber lo que entiende por lujo…)

Yo: Puede, pero esto es un aburrimiento.

Cuñada: ¿Aburrimiento? Si el embarazo es lo mejor, lo malo es cuando los tienes…

A ver, puñetera, tú, al igual que la mayor parte de gente que conozco, desde que me casé no habéis hecho más que decirme “¿y no te animas?” Y ahora me vienes con que lo malo de tener hijos es precisamente tenerlos. 

Antuán, del Blog de los Nanos, me dice que desde que se quedaron embarazados de mellizos la gente no para de decirles cosas del tipo “la que se os viene encima” o “¿estáis preparados?”. Antuán, no llevo mellizos (ojalá, porque así no habría tantas posibilidades de que el que llevo sea hijo único), pero a mí también me lo preguntan.

Y es que fastidia. Porque después de soportar el “¿y tú no te animas?”, ahora hay que aguantar el “ya verás, ya, lo que es tener hijos”. Pues os podías haber ahorrado tanta presión, cabr…, o al menos podrías no hacer comentarios funestos ahora. Porque ser, son los mismos.

Esta semana me hacen el test del azúcar. Si sale bien, estupendo. Si sale mal, me prohibirán comer pastas, arroces, pan, patatas, dulces… ¡vamos! ¡lo que me faltaba!

Se lo comento a mi marido. Con toda la buena fe del mundo, me dice:

Él: Bueno, cuando des a luz, ¿no te podrían inocular la toxo?

Yo: ¿¿???

Él: Claro, porque así para el próximo ya podrías comer jamón y carne.

Yo: ¿¿¿¿¿???????

Él: No me mires así, si te prohiben ahora comer de todo, por lo menos, con la toxo pasada, podrías comer más cosas para el próximo embarazo.

Yo: ¿Para el próximo embarazo? Mira, corazón, tú reza para que el análisis de azúcar me salga bien, porque si no, te juro que el nene se queda de hijo único.

Él: Mujer, no seas así, ¿no te haría ilusión una nena?

Yo: Mucha. Y si la pares tú o la adoptamos, muchísima ilusión más.

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