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Archive for 27 enero 2009

Me sangra la lengua

Pero de mordérmela por no decir ciertas cosas que son las que debería de decir para no generar estrés. Pero me la muerdo y punto. Y no debo ser la única, así que si tú también te la muerdes, por favor, deja tu comentario.

Aquí van algunas de las últimas.

Comentario: Vaya, ya se te nota la tripa.

Respuesta: Pues, sí…

Lo que de verdad quisiera decir: Estoy de cinco meses, ¿qué quieres? ¿Que parezca una tabla de planchar?

Comentario: ¿Ya tienes a alguien para que te cuide el nano?/ ¿Y es de confianza?

Respuesta: Sí/Sí

Lo que de verdad quisi..: En realidad es una asesina en serie buscada por la Interpol.

Comentario: ¿Es niño o niña?/ ¿Era lo que queríais?

Respuesta: Niño/Nos hacía más ilusión una nena pero no lo vamos a devolver a fábrica.

Lo que de verdad..: ¿A tí qué te importa?/Pero bueno ¿a ti qué coñ.. te importa?

Comentario: Uy, ¿te vas de viaje de trabajo ahora? Pues no deberías, porque (aquí podría poner doscientos cincuenta comentarios distintos, desde el estrafalario “es un mes complicado”, hasta el preocupante “en tu estado no deberías viajar”)

Respuesta: Estoy perfectamente así que todavía puedo viajar.

Lo que de verd…: ¡Que estoy embarazada, puñetas, no impedida!

Comentario: Pues ahora, nada más lo tengas, te pasas unos meses tranquila y luego a por el segundo, que si no te entrará pereza.

Respuesta: Anda, no me atosigues, que primero tiene que nacer este.

Lo que de verdad…: ¡No te jod… el mamarracho este! Anda ya!!!

Comentario: ¿Darás el pecho, verdad? Eso es lo mejor para el nene..

Respuesta: Todavía no lo tengo claro.

Lo que de verdad: Haré lo que me salga del moño.

Comentario: Pues lo del embarazo es muy bonito, si yo pudiera, volvería a quedarme embarazada…

Respuesta: Ah, qué bien…

Lo que de verdad: Pero ¿tú estás loca? Pero ¿no te acuerdas de lo mal que lo pasaste? Porque yo sí, que me llamabas tooooooodos los días para quejarte.

Comentario: Uyyy, ¿estás embarazada? (Al mismo tiempo que me tocan la tripa?

Respuesta: Pues sí…

Lo que de verdad: No, son gases.

Comentario: ¡Qué guapa que estás!/Eso es que llevas niño.

Respuesta: Gracias/ ????

Lo que de verdad: Sí, llevo niño y cuatro capas de maquillaje encima.

 

Ya seguiré con la lista.

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Hablemos de sexo

O mejor, de la falta de. Es un tema que no he tocado hasta ahora en este blog, pero no ha sido porque le falte interés, sino por falta de ganas. Literalmente.

La situación podría resumirse en esto: cuando el predictor dijo “si” mi cuerpo dijo no. Y desde luego, no ayuda en nada la ropa interior de “premamá” (¿alguien se acuerda de las superbragas de Bidget Jones? Pues de ese estilo es todo lo que venden. Y blanco o color carne, que todavía no he encontrado nada en negro, verde, rosa u otro color más animado).

En el post de “Soy una gruñona” he recibo un comentario de Glenda al respecto. Para que no tengáis que ir buscando, voy a trasncribir algunas de las cosas que dice, aunque os animo a leer el comentario entero. Al menos yo me he sentido muy identificada.

Glenda: entre lo que más me ha dolido dejar (es decir bastante), está mi vida en la cama con mi esposo. Desde que quedé embarazada, mi cuerpo parece haber acatado una orden de “misión cumplida” y se niega a seguir en la tan deliciosa exploración.

Completamente de acuerdo, y sin embargo, no hay nadie que te explique esto. Nadie que te lo diga. Porque mira que te dicen y te preguntan cosas cuando estás embarazada, por ejemplo: “¿cómo lo llevas”; “te estás poniendo gordita, ¿eh?”; “¿cómo que no te vas a hacer la amnio?”; “¡ya era hora a que te decidieras! que se te iba  a pasar el arroz…”; “a partir de ahora, ya verás, te va a tocar madrugar todos los días, la que se te viene encima”; y otras cosas del estilo.

Pero nadie te cuenta lo que realmente te interesa, por ejemplo: “no te va a apetecer nada de sexo”.

Eso es una realidad, penosa, pero real. El comentario de Glenda continúa así:

Glenda: He tenido a bien culpar a las hormonas y a la protuberancia en mi estómago que no me deja sentirme “sexy” ni con el trajecito que usé en mi luna de miel. Mi peso no ha pasado de 120 libras, y sin embargo, me siento una gigantona sin forma.

No sabes cómo te entiendo.

En la única conversación que he mantenido al respecto con una amiga, se obvió por completo la falta de ganas. Es más, fue más o menos así:

Amiga: Pues ya verás, a mí al menos, en los dos embarazos, hacia los seis meses, me entró un calentón terrible que nada más veía pasar a mi marido le decía “ven acá” y bueno, él hasta se hartó un poquito al final de tanto sexo.

Esta historia la oyó mi santo porque estaba cerca. Así que se lo comentó al marido de mi amiga y él le dijo que era cierto, pero que hasta que le entró el calentón, tuvo meses y meses de sequía.

No sé cómo serán ni el marido de Glenda ni el de mi amiga en la cama. Tampoco es que sienta curiosidad. Pero sí sé cómo es el mío y es un buen amante. Paciente, divertido, solícito, generoso… De hecho, el sexo era muy bueno.  Remarco era.

El comentario termina así:  

Glenda: Sé que solo las mujeres nos embarazamos, pero yo extraño tanto sentirme MUJER. Creo que me entiendes.

Sí que te entiendo, Glenda. Este “estado de gracia”, como bien dices, no tiene ni puñetera gracia.

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No tengo nada que ponerme

Cuando digo esta frase, normalmente mirando dentro de un armario abarrotado de ropa a más no poder, mi santo pone los ojos en blanco. Después de cuatro años, ya no se molesta ni en sorprenderse ni en contestar. Pero esta vez, es más verdad que nunca.

La tripa, con 20 semanas, me ha crecido de repente y mi ropa comienza a ajustar demasiado. Mis hermanas, casi de mi misma talla, me han dejado un montón de ropa para que no tenga que comprar casi nada y todas las amigas que tengo que han pasado por esto me dicen lo mismo: no te compres mucha ropa que luego no aprovecha para nada.

Muy bien. Pero es que no hay opciones.

Cuento en estos momentos con cinco pantalones premamá y diversas camisetas. Mi madre me ha dejado un chaquetón (usa tres tallas más que yo) que creo que podré utilizar durante el próximo mes.

Primer problema: todo es demasiado informal para mi trabajo y, además, los pantalones me vienen algo grandes.

Segundo problema: voy a ver algo de ropa, por lo menos un par de prendas, y no es que mis hermanas compraran sólo ropa informal. Es que es imposible comprar nada serio y sobrio en talla premamá. Casi todo son vaqueros o pantalones de ese estilo y blusones o camisetas de algodón.

Y también hay que dejar estar el nombrecito: “premamá”. Porque, veamos, de acuerdo, es la primera vez que voy a tener un hijo, pero si ya fuera madre ¿a qué viene “premamá”? No sé que nombre debería ponerse, pero ese es horroroso.

Supongo que si mi madre (autónoma ella también) no hubiera trabajado tanto y no nos hubiera inculcado todo el feminismo que nos ha inculcado (al menos a mí) no me freiría tantísimo la palabra mamá ni todo lo que tiene que ver con el embarazo. Pero por curiosidad, comencé a preguntarle el otro día.

Yo: Oye, ¿tú cuando te reincorporaste al trabajo después de dar a luz?

Ella: Después de que nacieras tú, a los dos días. Sí, porque era viernes y el lunes me llamaron para ver si iba a abrir o no.

Yo: ¿Y no te cogiste ni una semanita?

Ella: ¡Qué va! Si el caso es que pasé un embarazo tan malo, que después del parto me sentí mucho mejor y con unas ganas de trabajar tremendas.

Así que dada mi natural curiosidad, pregunto a una amiga que trabaja en lo mismo que yo y ya tiene tres hijos bien creciditos.

Yo: ¿Y tú cómo lo hiciste después de dar a luz? Lo de reincorporarte y todo eso.

Amiga: Yo me cogí un mes de baja y lamento no haber tenido más tiempo.

Yo: Pero ¿no te encontrabas bien?

Amiga: Pues no, para nada. Estaba echa polvo, y lo peor es que todo el mundo está tan pendiente del bebé que nadie se da cuenta de tus necesidades.

Sigo preguntando, esta vez a mi peluquera, que teniendo la posibilidad de cuatro meses de baja (posibilidad que yo no voy a tener a menos de que me entren ganas del suicidio económico) se reincorporó a los dos meses escasos.

Peluquera: El caso es que me estaba volviendo loca en casa, pero no me tenía que haber reincorporado tan pronto.

Yo: ¿No te encontrabas bien?

Peluquera: No, si me encontraba perfectamente, pero me pusieron a parir un montón de clientas. Sobre todo las más mayores.

Yo: ¿Y eso?

Peluquera: Pues porque no veían bien que siguiera trabajando, o yo que sé. Mira, son las mismas que me pusieron a bajar de un burro porque estaba trabajando con ocho meses y medio. Trataba de no hacerles caso, pero cuando te machacan todo el día con lo mismo al final te sientes mal.

Yo: Vaya. A mí de momento no me dicen nada de eso.

Peluquera: Ya te lo dirán, ya. Lo que pasa es que yo fui idiota y por no ofenderlas no les contestaba, pero si quieres un consejo, haz lo que te dé la gana y si a alguien no le parece bien, pues le dices que no es asunto suyo y punto.

Creo que esta es de las mías. Pero como lleva uniforme, no me atrevo a preguntarle sobre la ropa.

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Soy una gruñona

Por decir lo que verdaderamente pienso de este estado de “buena esperanza”. Y además decirlo aquí, que en público me guardo muy mucho de expresar libremente todas mis opiniones, no por hipocresía ni autocensura -que también- sino por no herir los sentimientos del prójimo (ni enemistarme con todo el prójimo que conozco).

Pues se ve que sí. Al menos esto es lo que piensa el santo de mi marido sobre algunas de las entradas que he escrito, lo piensa y lo dice mientras se ríe por lo bajinis, que todo hay que decirlo también.

Tengo una amiga que no puede tener hijos biológicos. Como le sobraba cariño e instinto maternal, decidió adoptar a una niña preciosa que le revuelve toda la casa y le vuelve loca a sus cuatro añitos de edad. Vamos, que se le cae la baba con la nena.

Como hay mucha -muchísima- confianza, cuando se enteró de que estaba emabarazada me preguntó qué se sentía, ya que ella no lo ha estado nunca y de alguna forma le han hecho creer que se está perdiendo algo (malditos gilipollas).

Mi contestación no pudo ser más clara: esto es un auténtico coñazo, aburrido hasta más no poder, no puedes ni tomarte un par de copas para animar una cena aburridísima, pasas por miles de consultas y pruebas médicas con la consecuente pérdida de horas en salas de espera, te tratan como si estuvieras enferma y encima, gente a la que apenas conoces se cree con el derecho de hacerte preguntas impertinentes, darte consejos imbéciles, ayudarte como si estuvieras inválida o fueras idiota y tocarte como si tu tripa -da igual lo abultada que esté- pasara a ser patrimonio de la humanidad. 

Le dije también que mi marido no estaba embarazado y que no por ello pensaba yo que fuera a querer menos a nuestro hijo, así que en mi opinión nada humilde, todo este rollo está sobrevalorado y enfatizado por madres que o bien no se acuerdan de lo que es o es que se han fumado cigarritos de la risa, de otra forma no se entiende.

“No dejes que nadie te diga que no es lo mismo tener hijos biológicos que adoptados, porque yo he visto como quieres a tu nena y dudo que la quisieras más de haberla parido tú misma. Es más, eso que te ahorras”.

Esa fue en resumen (el último párrafo sí es literal) mi contestación a su pregunta, que le remití en un e-mail. Ella se tronchó de la risa y me dijo que seguramente eso es lo que piensan muchísimas embarazadas pero que ninguna se lo había dicho tan claramente hasta ahora.

Así que me dio una idea: no debo ser la primera que echa pestes del embarazo. Y me puse a buscar por esos mares de internet hasta encontrar los siguentes enlaces que recomiendo encarecidamente a todos los que de verdad están interesados en una versión del embarazo que poco o nada tenga que ver con La Casa de la Pradera y similares:

Historias de embarazos

Reflexiones

Cosas extrañas que te pasan cuando estás embarazada

Reseña de una guía para madres primerizas

Y mi favorito:
Artículo de Lucía Etxebarría sobre el parto

Ahora, si alguien más piensa que soy una gruñona después de visitar estos links, que lo diga. GRRRRR

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Una de las cosas que más me preocupa es cómo hacer que mi futuro vástago (que de momento y según todos los indicios parece que va a ser varón) se críe correcta y civilizadamente. Así que no tengo más remedio que fijarme en los niños que me rodean y sus madres y padres para ir haciéndome a la idea de lo que me espera.

Y lo que me espera por de pronto es:

– Rellenar los documentos para la preservación del cordón umbilical.

– Pasar por un montón más de pruebas analíticas y ecos para ver cómo sigue el embarazo.

– Convencer a mi marido de que puedo seguir viajando sin problemas al menos hasta dos meses antes del parto, y que ese dinero que ganaré con cada viaje nos vendrá muy bien.

– Conseguir YA una niñera o similar para conciliar las vidas laborales de una pareja de autónomos con sus vidas familiares. 

– Preparar la habitación del crío y adquirir algo de ropa para el parto y los primeros meses. (Esto que lo haga él)

– Hacer acopio de los trastos imprescindibles según la interminable y detalladisima  lista proporcionada por mi cuñada. (Esto también se lo voy a dejar a él)

– Pedir cita con el médico para que me vuelva a recetar myolastán una vez pasado el parto.

– Hacerme a la idea de que me voy a pelear con la matrona, la enfermera  y todo el personal sanitario que se atreva a pasar por mi habitación a darme lecciones sobre lactancia materna, porque no tengo claro lo que voy a hacer y sí tengo clara una cosa: haré lo que me parezca mejor y lo que me dé la gana. 

(Aclaración: De toda mis hermanas, soy la única que fue amamantada y también la única autónoma que tiene que pelearse día a día para ganarse las habas, además de ser la que más problemas de salud ha tenido toda la vida. El resto, sanotas como rosas, contratos estupendos en trabajos interesantes de a ocho horitas la jornada, mes de vacaciones, cuatro extras y bajas por embarazo en condiciones, así que nadie me diga que va a salir más inteligente o más sano).

– Hacerle jurar a mi marido todos los días que quedan de ahora al parto (algo más de cinco meses) que no permitirá que me corten (la palabrota técnica es episotomía) aunque para ello tenga que soltarle dos tortas al que se acerque con unas tijeras o bisturí -siempre después de hablar razonadamente con la persona, que hablando se entiende la gente, y las cosas se pueden decir bien, por ejemplo: “si te acercas a mi mujer con esas tijeras te pego las dos bofetadas que me arreará ella como se entere de que te he dejado pasar” )

La buena noticia me llega de manos de mi santo. Ambos creíamos, y no sé aún porqué, que la revisión de la hipoteca nos tocaba el pasado diciembre, antes del día 20. Pero mi santo ha ido hoy al banco y resulta que nos toca a principios de junio.

Según tooooooodos los informes y noticias económicas que debo leer a diario (podría escribir un blog monográfico) el euribor no sólo ha bajado ahora, sino que es más que problable que siga bajando durante el 2009 y que llegue al 2,5% o incluso menos. (Hoy estaba ya en el 2,9%, cifra redonda). Así que mi marido me lo ha dicho preocupado, pero le he sacado del error en un santiamén.

De haber revisado la hipoteca en diciembre, nos hubiéramos quedado prácticamente igual. Pero al revisarla en junio (justo al mes siguiente del nacimiento de nuestro hijo), le calculo -y sin saber aún los resultados finales- una cifra situada entre los 200 y 300 euretes menos al mes. Si al final será verdad que los nenes vienen con un pan bajo el brazo.

Para hoy, me espero unos reyes cargados de regalos para el nene, algún objeto para el padre y absolutamente nada para mí (a excepción del rey de mi casa). Pero eso sí, como se cumpla la previsión, juro que no vuelvo a regalar nada personal a las mamás y papás que se atrevan a ello. Se les habrán acabado los perfumes, libros, pañuelos y demás, que sustituiré disciplentemente por ropa de nene y cualquier útil o inútil que sea capaz de encontrar en tiendas especializadas. A ver si lo van pillando.

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