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Archive for 28 diciembre 2008

El imperio contraataca

Como si no hubiera dejado bien clara mi auténtica y genuina falta de entusiasmo con todo lo que respecta al embarazo en sí mismo, y pese a que mi marido ha puesto de manifiesto en cada ocasión la mala leche reconcentrada que me otorgan mis hormonas locas, no hay manera. Existe un núcleo duro de madres desmemoriadas  (vamos, que se han olvidado de lo que es el embarazo) y encantadas de la vida que vuelven al ataque una y otra vez, como el lado oscuro de la fuerza. O a lo mejor, es que ese lado oscuro soy yo y lo que pasa es que ellas se empeñan en destruirlo.

Después de varias quejas a mi modo más sarcástico (quejas provocadas por preguntas improcedentes, todo hay que decirlo), mi hermana finalmente me dice:

Hermana: No te quejes tanto que al final verás como te gusta.

Yo: ¿Me gusta? ¿Y que es exáctamente lo que me tiene que gustar? ¿Sentirme como una inválida cada vez que me impiden hacer algo? ¿No poder tomar ni un frenadol cuando me resfrío? ¿Aguantar que toqueteen la tripa? Anda, ya, esto es un verdadero coñazo. Un aburrimiento.

Hermana: Me refiero a que ya verás como te hace ilusión.

Yo: ¿Pero qué ilusión quieres que me haga un triponcio del cuatro, los tobillos hinchados o la sinusitis galopante y sin solución?

Hermana: (Aquí ya con cara de cansada) Mira, cuando te comience a dar patadas, ya verás qué ilusión te hace…

Yo (muy alarmada): ¿Qué? Pero… ¿tú estás loca? ¿Que mi hijo va a darme patadas y eso me va a hacer ilusión? Vamos hombre, ni en broma.

Hermana: Ya sabes a qué me refiero, dentro de la tripa.

Yo: Osea, que antes de que le pueda reñir, ya va a estar tocando las narices.

Mi hermana resopla, pone cara de “entiendes lo que te da la gana” y sale de la habitación. Creo que he ganado este round y que, al menos ella, no me volverá a hacer preguntas sobre mi embarazo en unos meses.

Ilusa de mí. El Imperio de las Madres Desmemoriadas tiene tentáculos por todas partes. Y esta vez es a mi cuñada -una de las más poderosas caballeras del lado oscuro (¿o esa soy yo? si es que no lo tengo claro) la encargada del contraataque.

Cuñada: ¿Ya tienes la cuna? ¿Cómo te vas a poner la habitación del nene? Yo no tuve nada de ayuda, pero si quieres te paso una lista con todo lo que necesitas para que no te pille desprevenida.

Mi marido no consigue abstraerse del todo, mira mi cara de seta, y contesta él mismo:

Él: No te preocupes. Vamos a poner una habitación lo más práctica posible, ya le pondremos decorados y todo eso cuando sea más mayor y pueda apreciarlo.

Pero no. Como no es él el que está embarazado sino yo, mi cuñada obvia sus respuestas e incluso su existencia. No es a él a quien hay que atraer al lado oscuro (o sacar de allí) sino a mí, y eso es algo que ella tiene muy claro. Le han encomendado esta misión y no cejará en su empeño.

Cuñada: Bueno, lo del carrito también es importante, tienes que ver que lo puedas manejar con una mano. Y la bañerita también, que no haga falta que nadie te ayude.

Vamos a ver. Sí, es cierto, voy a ser madre, pero mi marido no es la comparsa, ¿o sí? ¿O es que cuando nazca él se va a abstraer y me voy a tener que ocupar de todo yo solita? Ni hablar. Y si no al tiempo.

(Lección gratuita para mujeres que aún se desesperan: no hay que tratar a un hombre como si fuera una mujer. Es decir, no hay que pedir que ayuden y luego quejarse de que no lo hacen, hay que ordenar directamente, de manera amable pero firme. Ejemplo: “¿por qué no tiendes la lavadora?”, pues esto, que es una petición obvia para una mujer, los hombres no lo entienden bien y por tanto no lo hacen en un 80% de los casos y tú te desesperas. Hay que decir: “Por favor, tiende la lavadora. Ya.” Y dar las gracias cuando lo hagan, sin criticar el resultado para no desanimarlos).

El caso es que mi cuñada sigue hablando sin parar de multitud de cosas como el sacaleches eléctrico, la colada prenatal, las cremas para pezones, las fajas postparto, las ventajas de la lactancia materna, etc… Mi marido casi se marea con tanto profusión de detalles y a mí, que en todo el embarazo no he tenido ni una sóla náusea, me entran ganas de vomitar. Salvamos el tipo ambos, pero mi suegra -mujer avispada- se da cuenta enseguida de lo que pasa:

Suegra: No estáis nada emocionados con esto, ¿verdad?

Yo no lo estoy y mi marido, que fue el que insistió en lo de los hijos, hoy tampoco da muestras de estarlo. Pero no deja de ser normal después de toda la retahíla de cosas con las que nos ha atacado mi cuñada. Ríete tú de las espadas láser.

Salimos y de camino a casa le digo a mi santo:

Yo: ¿Cómo es posible que la humanidad haya sobrevivido si los recién nacidos necesitan tantas cosas? ¿Y qué hacían en la posguerra? ¿O en los tiempos de las cavernas?

 Él ha estado haciendo cuentas mentales de todo lo que nos va a costar -en euros y pesetas-  adquirir la lista de trastos “imprescindibles” que nos ha proporcionado su hermana. Así que me mira y me dice:

Él: Es imposible que la humanidad haya sobrevivido. Debemos estar dentro de Matrix.

¡Cómo no voy a querer a este hombre!

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Feliz Navidad…

Mi espíritu festivo siempre está por las nubes, pero este año ha caído al suelo de forma rápida. Y es porque finalmente me he decidido a contar que estoy embarazada a todo el mundo. Total, tarde o temprano tenían que enterarse.

El primer síntoma lo noté hablando con un amigo por teléfono. Me envió unos vinos y le llamé para agradecérselo.

Amigo: ¿Y los has probado ya? Son buenísimos, en serio.

Yo: La verdad es que todavía no, como estoy embarazada…

Amigo: ¿Estás embarazada? ¡Qué alegría! Pues nada, menudas navidades tan buenas te esperan.

Si no lo conociera, hubiera pensado que eso de “menudas navidades tan buenas te esperan” era un sarcasmo. Pero lo conozco. Así que se lo agradecí mientras pensaba “¿Navidades buenas? ¿Por qué? ¿Por no poder tomar ni una copa de vino, ni jamón, ni fiesta ni nada de nada?, ¿qué tendrán de buenas estas navidades?”.

Aunque soy autónoma, los compañeros de la empresa en la que trabajé hace ya unos años me siguen llamando todas las navidades para que acuda a su cena de empresa. En condiciones normales, la fiesta termina a altas horas y en antros insospechados. Este año, termino de cenar y, para sorpresa de muchos, digo que me voy a casa.

Ellos: Pero ¿ni una copita en XXX? Venga, va..

Yo: Ya me gustaría, pero no he podido dejarme al niño en casa.

Así llega la nochebuena. Cena en casa de mi suegra. No es que me moleste ir allí, lo que me molesta es que el santo varón que es mi marido se enchufa la tele y se abstrae de la conversación, me aburro como una ostra y encima tengo que soportar las mismas historias año tras año. Esta vez decido poner remedio, y así, nada más comienza la cena y él está metido de lleno en un programa de humor de no-sé-qué-cadena, le digo:

Yo: Cielo, ¿te importa apagar la televisión y cenar con todos nosotros?

Mi marido me hace caso a regañadientes, apaga la tele y cena en familia. La crema de marisco está fría y el cordero también. Una lástima.

En esa casa, los regalos se hacen el día de nochebuena. Muy bien. Regalo sorpresa para mi santo y para mi: una canastilla con ropita, jabón, colonia, toallitas, pañales y toda la parafernalia. Perfecto. Sólo que aún me quedan cinco meses por delante y hubiera preferido no sé, un libro, unos guantes, algo así, ya que yo nunca nunca nunca le he regalado cosas de esas a una embarazada más que cuando ha dado a luz. Y en esas ocasiones, siempre he preguntado antes (por si acaso).

 Me siento muy desagradecida y trato de compensarlo dicendo cosas como “ay, me va a venir muy bien”. Pero se me nota a la legua la falta de emoción. Mi marido, ni lo intenta. Le emociona aún menos que a mí. Resopla y mira el reloj con insistencia. Y eso que antes de ir a la cena hemos mantenido la siguiente conversación:

Él: A ver si este año llegamos pronto, porque siempre vamos, cenamos y nos marchamos enseguida a la Misa del Gallo.

Yo: Lo que tú quieras, corazón, pero prométeme que no vas a abstraerte como haces siempre.

Total, que como ha mantenido su promesa de no abstraerse (y yo se la he hecho cumplir), se está aburriendo como una ostra, y no hace más que mirar el reloj para ver si llega ya la hora en que nos vamos a la Misa del Gallo (una tradición de pareja convenientemente instaurada por mí desde hace tiempo para evitar largas tertulias familiares en nochebuena, para que luego digan que la religión no sirve de nada).

Al día siguiente, toca comida en casa de mis padres. Tradicionalmente preparo unos estupendos combinados antes de comer, de los que todo el mundo repite, c0n lo que la comida suele aliñarse con canciones chorras que acompañan bien al vino y/o cava, y cuando llega el postre, aún quedan ganas de whisky, ron, baileys o lo que sea. Este año, como no puedo beber, me niego a preparar los combinados. Pues tú, que no es lo mismo.

Yo: ¿Qué pasa aquí este año? ¡Qué tristeza de comida! (le digo a mi padre).

Mi padre: No pasa nada, solo que nadie se ha achispado aún, como no has hecho los combinados.

Yo: Pues podíais haber tomado otra cosa.

Mi padre: Ya, pero no es lo mismo.

Pues eso digo yo también.

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Una marciana de viaje por Saturno

Completamente descolocada. Es como cuando te tropiezas y te caes y un montón de gente preocupada se acerca para ayudarte y tú te levantas lo más rápidamente posible para hacer ver que no ha sido nada, quitarle importancia y ver si así se olvidan pronto y se te va la vergüenza de encima. Al menos yo soy de esas.

Pues tiene que ver con la comida. Otra vez.

Aunque soy autónoma, me llevo muy bien con las trabajadoras (sí, todo chicas) de la oficina de al lado de mi despacho, así que vinieron a buscarme para ver si quería participar en su comida de Navidad. Acepté encantada, porque me caen realmente bien y durante el año nos ayudamos mutuamente.

Lo malo vino después. Todas saben que estoy embarazada, y dos de ellas han tenido hijos. Ambas tuvieron prohibidos los mismos alimentos que yo, así que cuando comenzaron a sacar las primeras picaditas (un carpaccio con una pinta de morirse y alcachofas fritas en láminas con jamón), sabían perfectamente que no podría comer nada de eso.

No obstante, como sé que los menús en estos casos son largooooooos, y que sacan muchos platos, no le dí importancia ni me preocupé, pero ellas comenzaron a alarmarse, hasta el punto de pedirle al camarero que hiciera el favor de traer algo que yo pudiera comer.

Juro que no había protestado ni tampoco había abierto la boca al respecto. Y aún así, el camarero me miró con una cara… Y es verdad. A ver ¿a quién no le gusta el jamón? 

Para rematar la faena, me tomo un día libre y me voy a ver a unos parientes míos que viven a 200 kilómetros de mi ciudad. Me llevan de aperitivos y claro ¿qué piden? Lo mejor: jamón, mojama, salchichón…

Tío: Pero chiquilla, ¿no comes?

Yo: Ya me gustaría, pero me han prohibido el jamón, los embutidos y cualquier tipo de carne y pescado crudos.

Tío: ¿Y eso por qué?

Yo: Pues porque me puedo contagiar de toxoplasmosis (la cara que pone mi tío aquí es inenarrable).

Tía: Es verdad, a tus primas también se lo prohibieron, pero eso va cambiando y los médicos no se ponen de acuerdo. Fíjate que al abuelo, por tener alto el colesterol le prohibieron el aceite de oliva y ahora dicen que es buenísimo.

Yo: Ya tía, pero por si acaso…

Tío: ¿Y una cerveza? Eso sí podrás tomar…

Yo: Pues no creas. Tiene que ser sin alcohol, pero de las de 0,0

Tío: Pues anda que…

Nos vamos a comer con mis primos y al finalizar la comida todos piden café y licores menos yo -obviamente-. Mi tío, que quedó muy mosca con tanta prohibición, volvió al ataque y por bestia que parezca, la conversación fue así, literalmente y sin exagerar nada:

Tío: ¿Y fumar? Eso sí que puedes ¿no?

Yo: Pues tampoco me dejan.

Tío: Pues menudo aburrimiento. Ni jamón, ni chorizo, ni vino, ni un cigarrito… ¿Sabes qué? Me pasa eso a mí y a buenas horas.  Me tomo una pastilla, aborto y a otra cosa!!! A la porra todo.

Católico de más de ochenta años y militante convencido de la derecha más reaccionaria. Ahí es nada. Como la bronca que se armó en la mesa. Y mi tío  en sus trece.

Lo dicho, una marciana pero esta vez en Saturno.

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Como ya le voy contando a la gente que estoy embarazada,  ayer por la tarde quedé con uno de mis mejores amigos, al que conozco desde la infancia, que fuimos novios y todo y que luego tomamos caminos distintos. Pero la amistad siempre quedó.

En esas que estábamos hablando y mi amigo, muy educado él, llegado el momento me preguntó sutilmente por el embarazo. Como es un tema que me cabrea, le solté todo lo que pienso (parte de ello lo he contado en este blog) si bien de una manera más moderada y menos exaltada.

Conociéndome como me conoce, que es mucho muchísimo, me dejó hablar, me miró a los ojos y finalmente me dijo:

Amigo: A ti no te pasa nada raro. Tienes muchos intereses y muy variados, no llevas una vida vacía y tienes muy claro que ser madre no va a ser lo más exclusivo para ti, sino una parte más de tu vida. Crees que tu legado no van a ser tus hijos, sino lo que tú hagas con independencia de que tengas hijos o no. Eres tu propio argumento.

Yo: Es exactamente lo que pienso, pero cuando lo digo yo suena muy egoista.

Amigo: No es egoista, para nada.

Yo: Pues si vieras la cara que me ponen cuando digo algo así, parecido a eso…

Amigo: Bueno, es que no es políticamente correcto, eso sí. Todo el mundo espera que cuando una mujer es madre la maternidad sea lo más importante en su vida, por encima de su carrera y de todo lo demás. Pero nadie le pide eso a un hombre. No debes sentirte culpable, y menos una feminista redomada como tú, que parece mentira.

Y ayer, con el frío que hacía fuera, las palabras de mi amigo me sentaron mejor que el café (descafeinado, claro) con leche y calentito que me estaba tomando en el bar.

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Síntomas estrafalarios

Cada vez que me preguntan -y me lo preguntan muchas veces al día- qué tal me encuentro, mi respuesta es la misma: muy bien, gracias.

Como no se conforman con esto, insisiten en detallarme toda una serie de síntomas que debería tener o haber tenido como náuseas, angustia, ataques de hambre, cansancio, sueño, antojos… Y mi respuesta es medio sincera: no, nada de todo eso. Estoy bien, gracias. (No voy a admitir que mi particular revolución hormonal me está convirtiendo en una tía loca, claro)

Así que me miran con extrañeza y a lo sumo me dan la enhorabuena por un embarazo tan bueno. Menos una amiga de mi madre, que esta misma mañana me dice

Ella: ¡a ver si nos estás engañando! (y luego me toca la tripa y añade) ah, no, que ya se te nota.

Yo: Pues llevo la misma ropa y no he cambiado de talla.

Tras levantarme el jersey sin pedirme permiso, en lo que yo entiendo que es una violación de mi intimidad pero me callo porque soltarle una bordería sería ir directa al infierno de aguantar un sermón materno sobre mi carácter, concluye:

Ella: Vaya, es verdad. De todas maneras, se te nota en la cara, que estás más guapa.

Yo: Será el maquillaje.

Sobre esto me había advertido una amiga que está a punto de dar a luz:

Amiga: No te creas nada de nada. Este es mi segundo embarazo y de más guapa, nones. Y lo peor es aguantar todo lo que te dicen y que te toquen.

Pues sí.

Pero volviendo a los síntomas, sí que hay uno del que nadie me había hablado jamás, pero sé seguro que es un síntoma porque nunca me había pasado antes.

Hay que explicar una cosa. A pesar de toda la fortuna que llevo invertida en cosmética y peluquería, en zapatos, en trajes de chaqueta y de noche, mi vanidad siempre ha mantenido una lucha encarnizada contra mi gula. No tengo problemas alimenticios ni nada de eso, pero me gusta comer, y esto es algo que siempre se ha notado en mis caderas y otras zonas del cuerpo. Cuando va ganando la vanidad, adelgazo, cuando gana la gula….

Dado que a pesar de que no debería engordar más de siete u ocho kilos según mi ginecóloga, en todo el embarazo, una de las pocas cosas buenas que le vi a este estado fue que podía dar rienda suelta a mi gula sin que mi vanidad se sintiera demasiado amenazada. Pues bien, no puedo.

Vale que tenga prohibido el jamón y las carnes y pescados crudos, vale que el escasísismo vino que he tomado (¿tres sorbos en todo el embarazo?) me sepa a rayos y no pueda tomar ninguna otra clase de alcohol, vale que mi dieta deba estar principalmente integrada por verduras, frutas, lácteos, pescados y carnes magras (un aburrimiento, la verdad). Vale. De acuerdo con todo eso.

Pero… ¿por qué narices cuando estoy comiendo de pronto se me corta el apetito de manera radical? ¿Eh?

Soy capaz de comer con una voracidad que resulta pasmosa. Incluso me he llegado a empachar de alimentos que el común de los mortales jamás podrá comer en la cantidad en que yo comí para empacharme, y hablo de cosas como el jamón, las mandarinas o las cebollas en vinagre. Vamos, que si me pongo a ello, no tengo fondo.

Pero desde que estoy embarazada, no me puedo acabar ni una ración ya no digo abundante, sino normal, de platos tan prosaicos como la sopa de fideos, el hervido mixto, el arroz caldoso o las verduras salteadas. Estoy con el plato delante y cuando aún queda algo más de la mitad, se me corta el apetito. De una manera radical. Mi cuerpo lo rechaza por completo y no me cabe ni una pizca más. Ni de eso ni de nada más. Imposible. Sencillamente no me lo puedo terminar. Y no sabéis lo que me fastidia.

Como me asusta el hecho de no comer suficiente, lo que para mí nunca antes había sido un problema -es más, el problema era lo contrario-, me estoy viendo obligada a hacer almuerzo y merienda (poca cosa y cantidad: una fruta o un yogur o un pequeño bocadillo de pan y jamón de york o queso). El problema es que como no estoy acostumbrada ni a almorzar ni a merendar, aún llego con menos apetito todavía a la comida y a la cena, y se me corta el hambre muchísimo antes.

Y me fastidia muchísimo más.

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