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Archive for 24 noviembre 2008

Pues lo normal: se infla de frenadoles o lo que le vaya bien, inhala algún producto de los que despejan la nariz y alivian la congestión, toma pastillas para el dolor de garganta y sale a trabajar como siempre. Enfermo, pero como siempre.

Ahora bien ¿y si el autónomo es en realidad autónoma y está embarazada? Pues a fastidiarse, a ir a trabajar sin una puñetera medicina en el cuerpo. Como mucho un paracetamol y un caramelo de menta. ¿Y que pasa al segundo día? Que a pesar de que sabes que no te lo puedes permitir, que este mundo es muy competitivo y que estamos en plena crisis, tienes que llamar a clientes para anular citas porque ¡un puñetero resfriado te ha dejado K.O.!.

Increible, pero cierto. Lo único bueno de todo esto es que jamás he anulado una cita por estar enferma y que todas las que tuve que anular eran con clientes que me conocen desde hace mucho tiempo y lo saben y no me lo tienen en cuenta. Es más, hasta se preocuparon.

Y mi familia también. Toda. Mi padre no ha parado de enviarme naranjas para que me haga zumos, y ya le he dicho que pare porque no tengo sitio donde ponerlas. Así que ha cambiado a mandarinas por aquello de que son más pequeñas.

Tras el resfriado, la semana culmina con comida familiar. Todos sentados a la mesa y de pronto, mi hermana, en tono gracioso, me toca la tripa y dice:

Ella: Ya estás gordita, ¿eh?

Yo: Pero bueno, ¡me quieres dejar en paz!

Ella: ¿Que no te vamos a poder decir gordita ni nada en todo el embarazo?

Yo: ¿Acaso te digo yo algo a ti?

Viendo como se me van hinchando las narices, interviene mi otra hermana.

Otra hermana: Pero ¿cómo le dices eso? ¿No te das cuenta que todavía lleva los vaqueros normales, los de ella?

Yo: Eso, que no he ganado ni un kilo aún.

Ella: Bueeeeno.

La cosa queda ahí. Al rato entra mi cuñado con mi ahijado. Veo al nene y le digo “Tete! ¡Qué haces?” y chorraditas así. Mi hermana, la que me ha llamado gorda, ataca de nuevo:

Ella: Ja, ja, que no es Pepe, que es XXX…

Yo: Yo no he dicho Pepe, he dicho tete.

Ella: Pues te he entendido Pepe.

Yo: Pues si no oyes bien, te lavas los oidos.

Me meto en la cocina. Desde allí, oigo cómo mi hermana le dice a mi marido:

Ella: Desde luego que está más borde… ¡No se le puede decir nada!

Él: A mí me lo vas a contar…

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Si no te gustan los refrescos, a excepción de la coca cola, y nunca has dormido bien, como me sucede a mí, cuando vas a cenar por ahí o sales después de trabajar, lo que te pide el cuerpo es una cerveza bien fresquita (ya caigan chuzos de punta) o un martini o un vinito. Puesto que a pesar de todo lo que reniego contra el embarazo soy una persona bastante responsable, el alcohol ni olerlo más que en los “de vez en cuando” que ya expliqué, así que bendita sea la cerveza 0,0. Pero malditas sean las hormonas.

Tras una reunión pesadísima que terminó pasadas las 20.30 horas de un viernes lleno de trabajo, mi devoto esposo decidió invitarme a tomar unas cervecitas por ahí (0,0 obviamente) y despejarnos a dúo.

A punto estábamos de iniciar el ritual cuando le llaman unos amigos para que nos acerquemos a XXX a tomar unas cervezas. Antes incluso de proponérmelo, mi marido preguntó: ¿tienen cerveza sin alcohol?. tras unos segundos, la respuesta fue afirmativa.

Llegamos al lugar en cuestión, saludamos a toda la gente y cuando pedimos resulta que ¡no hay cerveza para mí! Ni 0,0 ni sin alcohol (que no suelo tomar, pero podría haber metido dos quintos en un “de vez en cuando”).

Me pido un agua. Pero me molesta muchísimo todo esto. La camarera se disculpa como puede y nos dice que, cuando lo preguntaron (antes de llegar nosotros) ella creía que sí que había cerveza sin alcohol. Pero el caso es que no hay.

Mi marido me mira a la cara. Sabe que no me gustan los refrescos, excepto la coca cola, y como es de noche no me la voy a pedir.

Él: Si quieres, nos marchamos.

Yo: No importa.

Amigo de él: Haces cara de cansada.

Yo: Es que he tenido una reunión hasta tarde.

Él: Es que le habéis dado un disgusto tremendo con eso de que no hay cerveza sin alcohol.

Yo me muerdo el labio porque me noto las estúpidas lágrimas con las que mis puñeteras hormonas están a punto de manifestarse.

Amigo: Nos habían dicho que sí que había.

Yo: Ya lo sé, si no es culpa tuya. (Si sigue con el tema, lloraré, de eso estoy segura).

Al cabo de un rato, mi marido, viendo que mi cara empeora, pero que estoy haciendo un esfuerzo para no amargarle la noche, decide no amargármela él a mí y, así, nos despedimos de todos y nos vamos.

Justo saliendo por la puerta, las hormonas consiguen tomar el control y me echo a llorar. Como me echo a llorar, mi temperamento de natural agresivo se rebela con furia contra tanta tontería, y entre hipo e hipo comienzan a salir por mi boca sapos, culebras y todo tipo de improperios que alucinan a mi marido mientras recorre en silencio el camino al coche. Entre otras lindezas, le juro que no voy a tener más hijos que éste y que si quiere ampliar la familia o que los tenga él o adoptamos, pero yo, ni un embarazo más, porque me estoy quedando tocada de la cabeza y no me lo puedo permitir.

Él: pero ¿qué dices? Eso son las hormonas.

Yo: ¿Las hormonas? Y una leche! Pero ¿no ves que me estoy conviertiendo en una tía tarada que no puede relacionarse normalmente con los demás?

Él: Tranquila que esto pasará.

Yo: Pues que te pase a ti, porque yo estoy ya hasta las narices. Y aún nos quedan seis meses!!!

Al llegar a casa, ya me he conseguido reponer un poco, así que antes de subir, me dice:

Él: Te había dicho que te invitaba a unas cervecitas, ¿nos las tomamos ahí?

Y señala un bar que hay justo enfrente del portal. Entramos, nos tomamos unas cervecitas 0,0 y la verdad es que me saben a gloria bendita. Obviamente, le pido disculpas por la escena del coche, pero le advierto que lo que le he dicho es lo que pienso. Él me mira con cara de “ya se le pasará”.

Al día siguiente, cuando me despierto, ha bajado a la pastelería y nos ha comprado un desayuno de chuparse los dedos. Si es que es un sol.

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Ayer tuve que escuchar esta frase como tropecientas veces. Repetida, como calcada, por todos mis primos hermanos, sorprendidos de la noticia y algunos incluso como echándomelo en cara.

Más o menos tuve esta misma conversación con todos y cada uno de ellos y ellas.

Primo/a: Felicidades, ya me he enterado, ¿para cuándo lo esperas?

Yo: Para finales de mayo.

P: ¡La mejor época!

(Aquí hay divergencias, mis primos varones dicen: Así en verano ya lo tendrás y cuando llegue el frío estará más gordito y mejor. Mis primas, en cambio: Un embarazo en verano es lo peor, no haces más que sufrir calor, y calor y calor y no hay quien te lo quite de encima).

Y la conversación continúa así:

P: Pues no veía yo que tú fueras a animarte. Vaya que no te veía convencida para nada.

Yo: Y no lo estoy.

P: Ahhh (aquí no sabían muy bien cómo seguir, creo que ya les han dicho algo sobre la mala leche).

Yo: Es XXX (mi marido, claro) el que quería tener hijos y como es tan chiquero, pues al final…

Otra vez por sexos: 

Ellos: Ah, pues… hale, ¡enhorabuena!

Ellas: Pues nada, nada, si quien quiere los hijos es él, que los cuide, tú no seas tonta y no te vayas a quedar en casa. De verdad, eso es un error. Nada más lo tengas y te repongas un poco, enseguida quedas con unas cuantas amigas y a cenar o a salir por ahí, si no, no vas a ver más que biberones, pañales, comiditas y coladas en los próximos cinco años. No seas idiota y no pierdas tu vida.

Dado que tanto mis primos como mis primas tienen hijos, me sorprende esta diferencia de apreciación de unos a otros. Pero conociéndolos como los conozco, me apunto este consejo -repetido por todas, absolutamente todas mis primas, y tengo muchas-  que me parece que es el mejor que me han dado desde que me he metido en este lío.

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Pues sí, malditas y puñeteras porque te cambian la personalidad por completo. Y esto que me ha sucedido hoy es un buen ejemplo:

Llamada por teléfono al seguro para autorización de una prueba.

Yo: Buenos días, necesito que me autorice una prueba en el hospital XXX 

Telefonista: Desde luego, a ver, número de póliza.

Yo: XXX

Telefonista: ¿Y la prueba? ¿Qué médico le envía?

Yo: La dra. XXX

Telefonista: No me aparece en el cuadro médico.

Yo: ¿Qué?

Telefonista: Que no me aparece en el cuadro médico y si no me aparece, no le puedo autorizar.

Yo: Pues, pues, pues… Pues hablaré con mi agente.

Telefonista: Pues hágalo.

Cuelgo el teléfono y me pongo a llorar desconsoladamente como si se me hubiera acabado el mundo. Llamo a mi marido, le cuento lo que me ha pasado y me pide que me tranquilice y que no coja berrinche, que ya se ocupa él de todo. Cuelgo el teléfono a mi marido, y sigo llorando. Y al cabo de 20 segundos me doy cuenta de que esa que está llorando y que ha llamado a su marido para que le solucione el problema no puedo ser yo. Imposible.

Si hubiera sido yo, la conversación con la telefónista hubiera terminado en una reclamación al seguro con burofax incluido y amenaza de llevarles a los tribunales en caso de que no me autorizaran la cita. Como poco.

Así que me voy al bar de siempre, me pido un café (descafeinado, claro), y le doy vueltas al asunto. ¡Pero si siempre he sido de un agresivo arrollador!

¿¡Cuándo narices he necesitado que me sacaran las castañas del fuego!?

¡¿Qué demonios está pasando para permitir que me tomen el pelo de esta forma y encima lloriquear por este absurdo motivo?!

Después de navegar por internet largo y tendido (aún falta un poco para la próxima vista a la gine) todo lo que pone sobre lloreras es de futuras madres emocionadísimas cuando ven las ecografías. Cómo a mí eso no me ha pasado (lo que de emocionarme con el embarazo), sigo buscando. En otras páginas hablan de cambios de humor insospechados y debidos a las hormonas.

Estoy en ello cuando me llama mi queridísimo esposo para decirme que el tema está ya solucionado. Se lo agradezco. Está preocupado por el berrinche y le digo que ya se me ha pasado.

El berriche sí, se me ha pasado. Ahora me llega la preocupación. Si por un problemilla de nada -y gracias a las hormonas- me pongo a hacer pucheros y a recabar la ayuda de mi marido, ¿qué diantres pasará el día que tenga que pegar un puñetazo encima de la mesa en una reunión? ¿O enfrentarme a la incapacidad del funcionario de XXX que siempre me enferma? ¿O discutir con el banco la última comisión cobrada? ¿O afrontar una crisis de esas que sólo ocurren a las diez y media de la noche de un jueves cuando estabas tan tranquila en tu casa y te llama -completamente histérico- uno de tus mejores clientes? ¿Qué voy a hacer? ¿Eh? A ver, contestadme puñeteras hormonas, ¿qué se supone que tendré que hacer? ¿Ponerme a llorar?

Anda ya!

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Llevó como cosa de dos meses esperando que me dé asco el tabaco -por aquello del embarazo- y no hay manera. Y eso que la mayor parte de la gente que conozco me jura y rejura que durante el embarazo les daba angustia el tabaco y por eso dejaron de fumar. Pues a mí no, y dejar de fumar es algo que me está costando bastante. Y no me lo ponen fácil. Por ejemplo mi gine, que el otro día en la consulta, después de prohibirme tropecientas cosas más me ofreció un cigarrillo. ¡Si es que no hay derecho!

Como no hay derecho tampoco a que no pueda disfrutar de mis “de vez en cuando”, según quedé con mi gine:

Yo: No estoy probando ni una gota de alcohol, pero me dicen que sí que puedo tomar una copa de vino de vez en cuando.

Ella: Sí, pero una copa y de vez en cuando, no todos los días ni tampoco todas las semanas.

Yo: Digamos que un “de vez en cuando” sería a lo mejor una o dos veces al mes como mucho. Y una copa de vino.

Ella: Digamos que si la copa es grande, sólo media, y si es una vez al mes mejor que dos veces.

Convenida la definición de “de vez en cuando”, y puesto que hacía más de dos meses que el vino ni olerlo, en casa de mis padres, un día, me apresté a gastar mi primer “de vez en cuando”, con una copita de vino que, al probarlo, me supo a corcho. Pero a corcho.

Yo: Este vino está picado.

Mi madre: ¿Qué dices? Está estupendo.

Mi hermana: Eso es cosa del gusto, que te ha cambiado y notas las cosas diferentes.

Yo: Noto igual el queso, el arroz, las papas, todo, ¿por qué me iba a cambiar sólo el gusto del vino?

Ellas: Porque eso pasa.

MI padre no ha probado el vino. La marca es nueva en casa y la mira de reojo y con cierta desconfianza. Ya que no lo ha probado, no opina. Yo, que sólo me he mojado los labios porque me sabe el vino a corcho, bebo agua y decido reservarme ese “de vez en cuando” para otro día.

A las dos semanas llega la ocasión: una cena social con cubierto de los caros. El camarero me sirve vino blanco y el primer sorbito me sabe a vinagre. Bebo agua. Después me sirven vino tinto, y me sabe aún peor que el blanco. Miro a mi marido, quien pide una cerveza y -sin saberlo- me tranquiliza:

Él: Este vino está asqueroso. No sé cómo tienen la poca vergüenza de ponerlo en la mesa.

Una semana más tarde, vuelve a tocar comida familiar con paella incluida. La botella que abren hoy es de una marca de las que siempre tenemos en casa, así que hay cierta garantía de calidad. Sirven vino a todo el mundo. Mi hermana se me queda mirando.

Ella: Este vino ¿también te sabe a corcho?

Yo: Todavía no lo he probado.

Lo pruebo y no me sabe a corcho. No. Para nada. Me sabe a rayos. Buaj! Dado que todo el mundo bebe, incluido mi padre y todos parecen conformes, concluyo que es posible que me haya cambiado el gusto, pero estoy en ese momento de reflexión interna cuando mi hermana vuelve a interrumpir:

Ella: ¿Y bien?

Yo: Pues no, no me sabe a corcho.

Ella: Eso es porque el gusto te va cambiando con las hormonas, y el otro día te sabía mal el vino pero hoy se ve que no.

Yo: Si quieres te explico lo que me están cambiando las hormonas…

Gracias a la perfecta entonación de mi voz, mi hermana entiende la amenaza velada que encierran mis palabras y opta por callar un rato. Cuando vuelve a abrir la boca, cambia de tema.  Se conoce que la difusión realizada por mi marido sobre la mala leche que gasto desde que estoy embarazada comienza a dar sus frutos. Pero el vino, lo que es el vino, me sabe a rayos.

Le preguntaré a la gine si puedo cambiar el vino por el vermú rojo en mis “de vez en cuando”.

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