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Archive for 31 octubre 2008

Adios preciosos zapatitos

Cualquier mujer de mi edad que acuda a trabajar todos los días con zapatos de al menos cinco centímetros de tacón, tiene el zapatero lleno de tacones de seis, ocho y más centímetros de alto, y como mucho, unas deportivas y un par de plataformas de goma dura para ir de compras.  Pues hoy me vino una nueva prohibición.

Por si no bastara todo lo que me han prohibido hasta ahora, la gine lo primero en que se fijó fue en los preciosísimos stilettos morados (cómo para no fijarse) con los que acudí a la consulta después de una reunión de trabajo la mar de tediosa pero necesaria.

Ella: A ver esos tacones.

Yo: (Ingenua de mí) Son bonitos, ¿verdad?

Ella: Demasiado altos. No puedes llevar tanto tacón en tu estado.

Yo: Pero si aún no tengo ni tripa, ni he engordado ni nada.

Ella: Da igual, tendrás que ponerte zapatos más bajos. Además, tienes la hernia en las cervicales, ¿no?

Yo: Pues sí.

Ella: Pues entonces no es bueno que lleves tacones.

Yo: Pero el médico que me vio la hernia no me dijo nada de eso.

Ella: Da igual, no puedes tener una hernia, estar embarazada y llevar esos tacones.

Así que me giro hacia mi marido, y le digo:

Yo: Cari, tengo que ir de compras urgentemente.

Y mi marido, con cara de resignación (de hecho ya había amenzado con divorciarse en caso de que me comprara un par de zapatos más), le dice a la gine:

Él: ¿De verdad no puede llevar tacones altos?

Lo que la deja totalmente extrañada, ya que hasta el momento él no había cursado ni una sóla protesta ante todas sus prohibiciones.

Ella: Pues no, no puede, y si no tiene zapatos adecuados, se los tendrá que comprar. No hay más remedio.

Y así, mientras escribo estas líneas, me despido mentalmente de mis preciosos zapatitos y repaso la fortuna que me he gastado en cada uno de ellos. Pese a que tengo por costumbre quitármelos una vez entro en casa (por aquello de no dañar el parqué), sigo con ellos puestos y con la convicción de que se les está haciendo una injusticia.

Después me los quitaré, les limparé el polvo del día con un paño de algodón y los dejaré en su sitio, junto con los demás. ¡Ay, ya los estoy echando de menos!

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Y al final, claro, ¿de dónde va a venir la comprensión si no es de otra mujer embarazada, de edad similar y gustos afines? Pues eso. De una amiga.

Ella: ¿No tienes nada que contarme?

Yo: Sí, que mi cuñada metió la pata y se lo contó a tu marido antes de hora.

Ella: Pues entonces no me doy por enterada. ¿Qué tal el viaje?

Yo: Estupendo

Aquí sigue una conversación absoluta y desconcertantemente normal. Trivial, frívola, sobre destinos turísticos, ropa, precios, e incluso literatura.

Al cabo de un rato le digo:

Yo: En serio, no te enfades, pero es que no se lo quería contar a nadie hasta que estuviera al menos de tres meses.

Ella: Lo entiendo perfectamente, yo no lo conté hasta estar de cuatro. Pero ni a la familia.

Yo: Pues eso es lo que tendría que haber hecho, cerrar la boca, pero mi marido insistió… Y el caso es que yo sabía que tú te enterarías de las primeras y antes de que yo te lo contara, pero en fin.

Ella: Es una lata, ¿verdad? Te comienzan a contar cosas, se meten contigo, te dicen lo que tienes que hacer y lo que no.

Yo: Una auténtica pesadez. Por cierto ¿qué vais a hacer el sábado?

Ella: Pues no tenía nada pensado. Si quieres, quedamos y vamos a cenar por ahí.

Yo: Genial, nos llamamos el viernes, ¿vale?

Cuando llego a casa, mi pareja del alma me dice que salgamos a dar un paseo. De acuerdo. Pero en la calle enfilamos hacia casa de su hermana.

Él: Es que tengo que pasar por allí para que me deje la cámara, no te importa ¿verdad?

Yo: Pues no me importa, pero creía que salíamos a dar un paseo sin más.

Llegamos a la susodicha casa, subimos y ya arriba mi cuñada me comenta si he leído los libros que me hizo llegar a través de su hermano.

Ella: A mí, la verdad, me vino muy bien leer todo eso durante el embarazo, porque así iba más tranquila.

Yo: Estupendo.

Ella: No te preocupes, tengo muchos más, no hace falta que te compres ninguno. Si quieres, los saco ahora mismo y os los lleváis.

Al ver mi cara de seta, mi marido tercia:

Él: Ahora no, que hemos salido a dar un paseo. Ya los cogeremos otro día.

Ella: Chico, si tampoco abultan tanto.

Él: Que no te preocupes, además con todos los que nos diste tenemos para rato.

(Sí, para rato el que pasé yo buscándoles un sitio: dentro de la misma bolsa en que vinieron y al fondo de un armario.)

Ella: Bueno, yo los tengo aquí, el próximo día ya os los lleváis, que a ti (es decir, a mí) te van a ir muy bien.

Cuando salimos mi marido me mira y me dice:

Él: La cara que has puesto es que no querías los libros, ¿verdad?

Yo: Pues no.

Él: Pues por eso no los he cogido.

Yo: Gracias, eres un sol.

Él: Pero que sepas que tiene toda la buena intención del mundo.

Yo: Eso no lo pongo en duda. Buena intención, sí que tiene.

Mis sobrinos, que están un poquito redondos, cenarán esa noche huevos fritos, salchichas y arroz blanco. Su madre se queja de que nunca comen verdura y de que están un poco redondos. Le comento a mi marido que la mejor manera de que dejen de estar redondos y coman verdura es no hacer huevos fritos ni salchichas y acompañar el arroz blanco con otro tipo de comida, como pechuguita de pollo a la plancha, ensalada, pescado…

Él: Pues díselo.

Yo: ¿Yo? Es tu hermana, en todo caso te tocaría decirlo tú. Además, como no tengo hijos todavía, no me meto.

Él: ¿Y con los de tus hermanas te metes?

Yo: Pues tampoco. Es más, no me meto con nadie y si veo algo en la familia que no me gusta te lo digo a tí para desahogarme y ya está.

Él: Me lo dices a mí y lo escribes en tu blog, que será mejor que nadie de la familia lea.

Yo: Será mejor.

Nos dormimos plácidamente. Ahora que aún podemos, claro.

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Y he pasado a convertirme en “embarazada”. Que ni es una enfermedad ni un trabajo, pero se ve que cuando te quedas embarazada desapareces como ser humano para convertirte en una especie de incubadora andante.

Así, y aunque todavía no lo he difundido entre todas mis amistades, las conversaciones que antaño versaban sobre libros, películas, ropa, política, en fin, de todo un poco, incluso sobre los retoños de los demás, ahora se centran en el embarazo. Y puñeteras las ganas que tengo del temita.

Durante la última comida familiar, mi hermana no para, y le refrenda mi madre.

Ella: ¿Quieres que te presente a XXX, la matrona?

Yo: Es que no voy a ir por la Seguridad Social y tengo otra matrona.

Ella: Pero es que es la mejor que hay, yo te la presento y así te apuntas a las clases de gimnasia para mamás.

Yo: Que te digo que voy a tener otra matrona.

Ella: Pero da igual, yo te la presento, que a lo mejor te entra en tu seguro.

Yo: (Silencio)

Ella: Pues te puedes apuntar a natación, que te vendría muy bien.

Yo: A natación no, que me gasto una pasta en el pelo como para destrozármelo con el cloro de la piscina.

A estas alturas ya me están mirando las dos como si fuera una marciana. Mi marido se está riendo por lo bajini. Mi padre no se mete y me pasa otra anchoa (sí, señora ginecóloga, me has desaconsejado las salazones, pero tengo la tensión muy bajita y un día es un día).

Y es que la verdad, si pensaran un poco -mi madre y mi hermana- en lo que dicen, y si creyeran que soy algo más que una embarazada, se acordarían de que soy una persona con algunos problemillas en ciertas articulaciones y recordarían también que los médicos me desaconsejaron hace ya tiempo la natación y muchos otros deportes que tengan que ver con la parte superior del cuerpo.

Y esto que es algo que en mi familia saben desde siempre porque si salgo a nadar siempre es extremadamente suave, en agua poco profunda y acompañada por si se me sale el hombro (y no tener un accidente fatal) y que jamás esquío ni voy a clases de mantenimiento, sino que paseo y corro a marcha tranquila. Pero claro, ahora que estoy embarazada y he dejado de ser persona, todo eso ni recordarlo.

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Con estas palabras mi querido esposo descarga una bolsa llena hasta los topes de libros del tipo “Ser padres en el siglo XXI”, “Ventajas de la lactancia materna”, “¿Qué hacer si tu bebé llora?” o “Todos los secretos del pañal”.

Y no se equivoca ni un ápice. Los libros me los envía mi cuñada. Mi marido los deja en el salón y se marcha a conectarse con el último capricho informático que se ha concedido. ¡Y yo que pensé que un hombre al que no le gustan los toros, el fútbol ni la caza era una bicoca!

Me levanto rápida y le llevo la bolsa de los libros.

Yo: Hale, a leer.

Él: Pero ¿qué dices? Si eres tú la que estás embarazada.

Yo: Exacto. Yo estoy embarazada, tú lees los libros y luego ya me contarás, que si te piensas que te vas a escaquear, te equivocas.

Él: Pues no tengo ganas de leer tanta cursilería.

Yo: Pues si quieres te lo cambio. Yo leo y tú llevas el bombo.

Él: ¡Estás imposible!

Yo: Pues anda que tú…

Total, que paso de él, me enchufo a internet y veo que mi cuñada ataca por todos los frentes. Cincuenta mensajes de correo electrónico con enlaces a otras tantas páginas sobre embarazo, blogs, concursos para ganar cosas para los bebés, etc.

Aunque mi primer impulso es borrarlo todo, una sonrisa maléfica se me implanta en el rostro y le doy a reenviar, con la dirección de mi marido en el “Para”. Ya veremos.

Nos vamos a cenar y durante la cena se lo comento (aunque no le digo lo de los mensajes reenviados, eso es sorpresa). Me escucha pacientemente. Y luego le digo:

Yo: Si necesito información, ya la buscaré. Vivo de eso, la información es mi vida y nadie sabe encontrar y manejar información igual que yo.

Él: Si eso está claro, cari.

Yo: Pues me revienta. Además, todo el mundo se cree que tengo miedo y todas esas chorradas cuando en realidad estoy muy tranquila y tengo la seguridad de que mi cuerpo tiene recursos de sobra para afrontar todo esto.

Él: Pero ¿tú no decías que no tenías instinto? Pues lo que estás diciendo es que tienes instinto.

Yo: Cuidadín. No tengo instinto maternal ninguno. Me emociono más cuando veo un cachorrito que un nene. Y cuando paso por delante de una tienda de ropa infantil, la miro con sentido práctico, sin nada de ¡uyyyyyyyy, que moooooooono!.

Él: Eso no quiere decir que no tengas instinto, lo que pasa es que no eres una hortera.

Yo: ¡Pero bueno! ¿Estás llamado hortera a tu hermana? ¿O a las mías? Porque ellas sí hacen eso.

Él: Lo sé, cari, lo sé. Ellas sí hacen eso.

Ahí me deja sin palabras. Pasa una mala noche y se va a dormir al salón. Como es sábado, y a pesar de eso me levanto a la misma hora que siempre, le busco y le veo arropado con la mantita. Así que en compensación por todo el machaque que está sufriendo, me encierro en la cocina y preparo magdalenas caseras para desayunar. Cuando se despierta ya están a punto de salir del horno, entra en la cocina y me pone una cara de felicidad…

Bueno, ya se le quitará cuando vea que le he saturado el correo.

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Resulta que, estadísticamente, tengo más posibilidades de que me hagan una cesárea que si fuera más joven. Esto es una burla. ¡Pero si aún soy demasiado joven para tener hijos! ¿Cómo es que entro ya en una estadística de estas? De todas maneras no me parece mal. Te duermen, te abren, te sacan al nene/a y te despiertan. Como una apendicitis, sólo que luego lo que te dan está vivo, arrugado y comienza a llorar.

Cuando hablo de esta forma, al paciente varón que tengo a mi lado le da por decirme que todo lo que me pasa es que tengo miedo.

Él: Cari, es normal que tengas miedo.

Yo: ¿Miedo? Pero, ¿se puede saber de qué hablas?

Él: Pues eso, miedo a lo que va a pasar ahora, al parto…

Yo: ¿Pero tú estás bien?

Él: Oye, no te pongas así, ya te he dicho que lo entiendo.

Yo: Vamos a ver, ¿qué es lo que entiendes? Miedo tendría si no supiera todo lo que va a pasar, pero es que lo sé.

Él: Ah, ¿sí? A ver, ¿qué es lo que crees que va a pasar?

Yo: Pues muy fácil. Durante los próximos meses tengo que renunciar a beber, fumar y comer lo que me gusta, y hasta ahí, pase. Pero es que encima me voy a hinchar como una bola, se me pondrán los tobillos como patas de elefante, no podré llevar tacones y voy a tener acidez y estriñimiento hasta no soportarlo más. Si me duele la espalda por culpa de la hernia o de la tripa, no voy a poder tomarme un myolastan, y si me da la sinusitis, a aguantarme tocan. Por si fuera poco, nada más me vean la barriga, personas a las que apenas conozco comenzarán a darme consejos sobre lo que debo o no debo hacer y a cuestionar gratuitamente todo lo que haga. Y el día en que me ponga de parto, lo más seguro es que sea por cesárea, con lo que me tendrán que poner un montón de puntos. Y si es natural, o desagarraré o me cortarán, asi que por mucha anestesia que me pongan, voy a tener un postoperatorio de infierno. Y como soy autónoma, no podré cojerme una baja en condiciones, porque la Seguridad Social me pagará una miseria y tú y yo, si no cobramos los dos, a ver cómo pagamos la hipoteca y comemos al mismo tiempo. Y no te hablo de las noches sin dormir porque eso será capítulo aparte.

Él: Pues tú no tendrás miedo, pero a mí… ¡me estás acojonando!

Teniendo como he tenido la suerte de hacerme con un hombre al que todavía no le he encontrado el más mínimo ramalazo machista en los tres años que llevo casada con él, la cara que me pone al decir que le estoy acojonando me reafirma en una idea: la naturaleza nos hace parir a las mujeres porque si fuera por los hombres, la raza humana se hubiera extinguido hace tiempo.

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Es algo que tengo tan claro que ya se lo hice saber a mi santo esposo.

Yo: Si quieres tener hijos vale, pero tú serás la mamá y yo el papá.

Él: Y eso ¿por qué?

Yo: Porque el que tienes ganas eres tú y porque ser papá es más divertido.

Aparte de la cara de “tienes-unas-cosas-que-no-hay-quien-te-entienda” que se le quedó, aceptó el reto, aunque creo que más bien pensando “ya te harán cambiar las hormonas, ya”. Y eso mismo que piensa él, lo está pensando todo el mundo. Todo el mundo menos yo, obviamente.

Comencemos por mi cuñada. Madre de dos niños gemelos a los que está criando en solitario, afortunadamente para los críos, debería añadir. Durante su embarazo gemelar la vi sufir como no he visto a nadie. Y hay una imagen que no se me quita de la cabeza, y es verla en plena calima de julio, sudorosa, casi asfixiada, tumbada en el sofá, con los tobillos hinchados como si fueran patas de elefante, un dolor tremebundo en la espalda, apenas sin comer -todo le daba acidez- y utilizando las pocas fuerzas que le quedaban para pedir muy de vez en cuando que le acercáramos un vasito de agua. Y a pesar de todo, cada vez que habla conmigo lo hace emocionada y me dice que si fuera por ella, volvería a quedarse embarazada porque es algo muy bonito.

Bonito, dice. Pues yo no le encuentro la gracia.

Ella: No te preocupes, las molestias sólo se tienen el primer trimestre.

Yo: No tengo molestias.

Ella: ¿Ni angustia ni náuseas ni nada?

Yo: Pues no.

Ella: Pues si no tienes molestias ahora, no las vas a tener ya en todo el embarazo.

Y ahí, precisamente en ese instante, es cuando me vuelve a la cabeza su imagen tirada en el sofa, en plena calima de julio, etc. No sé, ante eso, casi son preferibles las náuseas, me digo.

Con toda la buena intención del mundo me regala un libro que se supone que hay que rellenar con pensamientos para el futuro retoño y con su peso y todas esas cosas que hacen las madres que están esperando. Como me ve un poco arisca (o le hace caso a su hermano en lo de mi mala leche), no me lo regala a mí directamente, sino que dice “es un regalo para los dos”.

Le agradecemos educadamente que nos regale el libro, y una vez nos quedamos a solas le digo a mi santo:

Yo: Toma, ya lo puedes ir rellenado si quieres.

Él: ¿Yo? La madre eres tú.

Yo: ¿Ya empezamos con esas? Habíamos quedado que tú serías la madre y yo el padre.

Él: Estás más rara que qué. Yo no tengo ganas de rellenar el libro.

Yo: Pues yo tampoco.

Él: Pues hale, a la estantería con el resto de trastos y ya está.

Yo: Pues eso.

Pero mi familia tampoco se libra. Mi hermana pequeña, que ya es madre de un nene que no se le parece en nada, me ha dado otro libro: Duérmete niño, del Dr. Estivill.

Ella: Leélo y luego haz lo que te dé la gana.

Yo: Vale.

Ella: ¿Cómo llevas lo de dejar de fumar?

Yo: Mal.

Ella: Pues ahora que lo has dejado, podrías aprovechar y ya lo dejas para siempre.

Yo: Ja. En cuanto dé a luz, vuelvo a fumar, a beber y a comer.

Ella: Ahora dices eso, pero ya verás cómo cambias. Son las hormonas.

Yo: Ah!

A quien debo felicitar por su actitud es a mi padre, la única persona que me ha entendido, o al menos lo ha intentado. De momento, se quedó a cuadros cuando le dije que estaba embarazada, y tras saber que no tengo la toxo y no voy a poder disfrutar de las cosas que me gustan durante mucho tiempo, me dijo: “No te preocupes, cuando des a luz, te llevaré a la clínica un plato de jamón de bellota recién cortado y la mejor botella de tinto que encuentre.” Ole!

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Saltitos y grititos

Tras la visita a la gine, mi fiel marido decidió que ya era hora de comunicar la feliz noticia a toda la familia.

De poco -de muy poco- han valido todas mis protestas.

Yo: Pero aún es un poco pronto.

Él: ¿Pronto? Pero si estás de dos meses casi.

Yo: Pues eso, pronto.

Él: ¿Y cuándo quieres que lo digamos? ¿El día que te pongas de parto? ¿Y la tripa qué decimos?

Yo: Pues que son gases, por ejemplo.

Él: Anda ya! Pero bueno, ¿qué más te da?

Yo: Es que nada más lo digamos va a empezar todo el mundo con saltitos y grititos y a darme consejos gratuitos y a animarme y todo ese tipo de chorradas.

Él: ¿y?

Yo: Pues que no estoy de humor.

Él: Pero algún día lo van a tener que saber, ¿ no crees? Además, les digo a todos que estás de mala leche y asunto solucionado.

Yo: Y dale con lo de la mala leche!!! Está bien, haz lo que quieras.

Tras las llamadas a la familia y advertir mi santo que, efectivamente, estoy de mal humor, no pude evitar los saltitos y grititos. Es más, en cuanto se toparon con mi desgana, lo achacaron a la mala leche que según mi marido es el único síntoma que tengo. “Aunque eso es por dejar de fumar”, añade siempre tremendamente ufano.

Así que como comienzo a estar un poco hartita de la coletilla, esta mañana he comprado un paquete de tabaco, me he encendido un cigarrillo y no sólo no me ha quitado el mal humor sino que, además, me ha hecho sentir culpable, con lo que se me ha acentuado -aún más- la mala leche.

Para mí que a las embarazadas les dan psicotrópicos o parecido y mi gine todavía no me los ha recetado. Porque no es normal que mientras que todas las que lucen barriga luzcan también sonrisa radiante y estén a todas horas hablando de su futuro retoño, yo tenga más cara de perro a medida que pasan los días y me dé por gruñir a cada vez que alguien me da la enhorabuena. Grrrr!!!!

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