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Después de ¡vaya! meses sin escribir una línea en el blog -agotadita estoy- me he decidido a crear esta nueva entrada para advertiros una cosa: la maternidad ATONTA. En serio, reblandece el cerebro.

Yo era una persona normal, de las que sólo lloran con una película si es tan mala que le fastidia haber pagado la entrada. Pues bien: durante el embarzo estuve tonta perdida, venga a llorar por todo. Y no se me ha pasado todavía. Hasta el punto que mi marido está comenzando a censurarme todas las películas que vemos para que no me pille disgustos, y no veas.

Las únicas que pasan la censura son las de asesinatos políticos, las de ciencia ficción, las series tipo House (no todos los capítulos)  y El Mentalista y los documentales sobre el Sistema Solar. Ni las de dibujos, ¡que me cogí un disgusto en la escena inicial de Up! De comedia romántica ya ni hablamos, y las “basadas en hechos reales” …

Y ahora, al tema de hoy: el churumbel me ha cumplido diez inquietos meses en los que he entrado en un bucle continuo de trabajo-nene-trabajo-nene-trabajo-nene-trabajo-nene y, de vez en cuando, algo de cama. Para dormir, sinceramente. 

Mi casa se ha llenado en todo este tiempo de todo tipo de cacharros, algunos comprados otros prestados (hermanas, cuñadas, amigas y toda esa recua de madres impenitentes y dispuestas a ayudarte lo quieras o no).

Así que paso a detallar una lista de cosas que jamás debería haber comprado y otras que me son indispensables en mi día a día. Con el nene, claro. Del trabajo también podría hablar, pero…

Humidificador: TRASTO. Inútil dónde los haya. El nene sólo ha tenido mocos dos veces y podría haber solucionado la situación con una simple olla de agua de agua caliente, según me dijo la pediatra.

Esterilizador: útil. Pero sin pasarse. Desde luego es más cómodo que ir hirviendo biberones, pero a partir del cuarto mes ya te dicen que no esterilices, que limpies bien y punto. Y así, no sabes dónde meterlo.

Hamaquita: útil. Pero sólo entre los tres y los siete meses más o menos. Antes, el nene no estaba cómodo. Ahora, sólo quiere gatear y pasa por completo de sentarse.

Trona: IMPRESCIBLE. Sin más comentarios.

Bastón con pinzas: IMPRESCINDIBLE. Sí, sí, un bastón con unas pinzas al final y una especie de pistola incorporada en el mango para abrirlas y cerrarlas. Lo compró mi listísisisisimo y práctico marido en una tienda de objetos para la Tercera Edad, y es de las cosas más prácticas que tenemos en casa. Quita el dolor de espalda provocado al agacharte cien mil doscientas veces para recoger los juguetes que el nene tira desde la trona. Mejora la calidad de vida de los padres. Va en serio. Imprescindible.

Guardapañales: TRASTO SUPERINÚTIL. Es una especie de saco con lacitos abiertos por las dos partes que te dicen: ¡te lo cuelgas y así tienes los pañales a mano!. Pues bien, lo tengo “colgado” dentro de un cajón, justo al lado de los pañales y en el cambiador, porque no sé qué hacer con él, ni dónde ponerlo ni para qué utilizarlo. Acepto sugerencias.

Cuna de viaje: MUY ÚTIL. Incluso si no vas a viajar. A mí me la regalaron cuando compré el carrito, y la he usado un montón: como parque provisional, para que mi madre o mi suegra se pudieran quedar con el nene alguna noche… De verdad, esto sí me ha valido la pena, pero he tenido que comprar un segundo colchón porque el que viene con la cuna es malillo y me daba miedo por la espalda del nene.

Parque: bueno, si tienes cuna de viaje no lo necesitas realmente. Y cuidado, cuando el nene comienza a gatear, el parque le toca las narices.

Cepillos para limpiar biberones: si tienes lavavajillas, te darás cuenta pronto de que se quedan más limpios allí dentro que con el cepillo. Así que para mí son sólo trastos, porque te los compras de diversos tamaños y colores.

Baberos: cuanto más grandes, mejor. Cuando el nene es muy pequeñito, los mejores son los de velcro. Después los que llaman “de chimenea”, es decir, con un elástico en el cuello. Los de cordones, ni se te ocurra.

Saquito para el coche: IMPRESCINDIBLE, pero en invierno. No sé la barbaridad de zapatos que he perdido por la calle, y de señoras que se me han acercado para alcanzarme una zapatilla del nene. En el saquito no hace falta ponerle zapatos, y si se los pones, no los perderás.

Juguetes simples: IMPRESCINDIBLES. Por chulos que sean los coches con luces, las bolas con luces y sonidos, las orquestas con luces y sonidos, y los  monigotes que se mueven y hacen luces y sonidos, al final final final, el churumbel deja de hacerles caso al ratito y se va a buscar los aros de colores, los cubos, los monigotes tontorrones… 

Protectores de enchufes: IMPRESCINDIBLES.

Intérfonos: IMPRESCINDIBLES. Tengo dos modelos. Uno con camarita y otro normal. Es por los alcances, hay que comprobarlo bien y que no pase lo que a mí, que me compro el de camarita y luego sólo puedo utilizarlo desde algunas partes de mi casa. Pero los dos están muy bien.

Saquito para dormir (camperita): TRASTO. Irá a bebés, pero al mío no le ha acabado de gustar, así que he preferido aumentar la temperatura de la calefacción de su cuarto y ponerle un pijama bien calentito (es que me da miedo arroparle con mantas y sábanas). Duerme cómodo, se mueve todo lo que le da la gana y lo veo más feliz que con la camperita.

Protector de cuna: IMPRESCINDIBLE. Y mejor si es completo o pones dos medios. Si no, el nene sacará la pierna por los barrotes, se enganchará y hale, a llorar y tú -o tu santo- a levantarte a las tantas un montón de veces para que se calme. ¿Y si no se calma? Pues otra noche en vela.

Ya iré contando más cosas a medida que me vayan surgiendo, y desde luego, os animo a dejar comentarios sobre las compras más inútiles que hayáis hecho para no caer en la tentación. Pero a saber cuándo vuelvo a entrar aquí.

(Advierto que esto va de niños)

Ahora que el pequeñajo ha cumplido cinco meses, el pediatra nos ha mandado que le demos papillas. Digo el pediatra, porque la pediatra del chiquitín -que de chiquitín no tiene mucho, porque es temendo- estaba enferma ese día.

Así que a la dulce doctora del nene le sustituyó otro médico también amable pero al que no le tengo cogida la medida. O es que a los médicos no los entiendo bien, porque le pregunté como cinco mil veces qué cantidades había que darle, cómo, cuándo… Y el pediatra mirándonos como si pensara que éramos idiotas. Total: un  perfecto ejemplo de padres principiantes, porque a todo esto, mi santo, a pesar de que se lo hice repetir al médico hasta la extenuación, él ni se enteró -y tampoco yo lo tuve demasiado claro.

Él: Entonces, le damos los cereales por la noche ¿no?

Yo: No, a media mañana. La fruta por la tarde.

Él: Ya bueno, pero ¿y por las noches?

Aún así nos las veíamos felices. Mientras que el médico nos explicaba las cantidades, yo me imaginaba a nosotros mismos dándole las papillas al nene y al pitufo disfrutando como un loco de poder comer por fin algo más sólido…

Cualquiera que tenga hijos sabrá que esto no es verdad. Pero yo no lo sabía.

El primer día: papilla de manzana. El nano superemocionado, le metemos la cuchara en la boca… ¡Una cara de asco!

El segundo día: papilla de plátano. Ni quería abrir la boca.

El tercer día: papilla de pera. Y espectáculo.

Porque ya me había cansado yo de esto y le había preguntado a mi madre, claro.

Yo: Mamá, el nene no quiere tomarse la papilla de fruta. Pero es que ni abre la boca…

Ella: Eso es normal, sobre todo los primeros días.

Yo: Pues será normal, pero no sé qué hacer.

Ella: A tu hermana no hubo forma de darle papilla hasta muy tarde, pero a ti te la daban tus abuelos y mientras que el abuelo le daba golpes con una cuchara a la lámpara, la abuela aprovechaba que abrías la boca y te metía la papilla.

Se lo conté a mi santo y decidimos que lo prioritario era que el nene abriera la boca al menos para que probrara los nuevos sabores.

¿El resultado? Ya que no tengo lámparas que golpear en casa, mi marido se ha convertido de repente en el hombre espectáculo del año: canta, baila, da palmas, agita los brazos, pasea los muñecos por el aire, toca las baquetas, las cucharas, se pone pauñelos y gorras en la cabeza… Y yo, mientras tanto, aprovecho el momento y cada vez que abre la boca le endoso de forma maravillosamente rápida una cucharada de papilla, que, como es lógico, se va casi toda fuera…

Pero ¿por qué cuento todo esto si nunca me ha dado por contar estas monadas? Ahora lo entenderéis.

Estaba con un grupo de conocidas -atención: he dicho conocidas, no amigas- tomando un café en un bar, y como siempre me pasa ultimamente, se pusieron de golpe y de repente a hablar se sus hijos y los problemas que tenían para alimentarlos, que hicieran los deberes, que se pusieran los zapatos por las mañanas, etc.

 Así que les cuento esto mismo que he contado antes. Y en ese momento, una de ellas se me queda mirando y me pregunta:

Conocida 1: Pero ¿tu marido te ayuda con el nene?

Yo: Bueno, hace su parte.

Conocida 1: No, me refiero a que si también se hace cargo del bebé.

Yo (extrañada): Pues claro, es su padre.

Conocida 2 (entra en la conversación): Si bueno, pero por las noches te tendrás que levantar tú y todo eso, porque los hombres…

Yo (mosqueada): Nos turnamos, una noche cada uno.

Conocida 1: ¿En serio? Mi marido ni de coña.

Conocida 2: El mío tampoco.

Yo (supermosqueada): Pero ¿por qué no? ¿Se levantan muy temprano o así?

Conocida 1: No, pero como yo le daba pecho, pues me tocaba siempre a mí, y luego ya se quedó así.

Conocida 2: Pues yo le daba biberón, pero como tenía la baja y él se iba a trabajar, pues me encargaba yo.

Yo (algo asombrada): ¿Y cuándo volviste a trabajar qué?

Conocida 2: Pues nada, que ya nos habíamos acostumbrado a que fuera yo, y el niño lloraba más si iba él, así que…

Yo (superasombrada): Vamos a ver, mi hijo es mío y de mi marido, fifty-fifty, así que lo cuidamos entre los dos y nos fastidiamos los dos cuando toca fastidiarse. Vamos, creo que eso es lo normal.

C1: Ufff, ¿normal? A buenas horas. ¡No sabes lo que me cuesta hacer que mueva un dedo en casa, cómo para que me ayude con el niño!

C2: A mí tampoco me ayuda nada, ¡no sabes la suerte que tienes, hija!

A partir de aquí ya preferí callarme, porque de seguir me hubieran visto como a una marciana o hubieran ido a la caza y captura de mi santo, que hay mucha lagarta suelta.

Porque sí, mi santo no me ayuda en casa. Él hace su parte y yo hago la mía. Punto. Lo demás me parece raro y sacado de otro siglo, pero para mi asombro y mosqueo parece que es más normal de lo que debiera. Y es una lástima, porque ver a tu marido haciendo de hombre orquesta mientras que tú le das la papilla al nene es algo digno de pasar a la posteridad.

Mira, creo que hoy nos grabo a los tres en vídeo y nos envío al Tienes Talento, Tú Sí Que Vales o a cualquier concurso de esos. Ganamos fijo. Por lo menos él.

Una de las cosas que más me ha sorprendido de todo esto de la maternidad es que de pronto parece que entres en una liga distinta. Personas con las que siempre me he relacionado con normalidad, de repente me tratan con cierta complicidad por el simple hecho de tener un nene en casa, y eso me tiene algo aturdida, la verdad.

Como una vecina mía con la que apenas he cruzado holas y adioses en el ascensor durante los últimos dos años y que ahora cada vez que me ve me cuenta todas las monadas de sus hijos y lo poco que le dejaban dormir y las barrabasadas que le hacen.

No es que me queje, que también, pero por las mañanas no soy persona y nunca me ha gustado que me hablaran ni que me llamaran al móvil antes de llegar al despacho. Y no porque me hablen realmente, sino porque mi cerebro no rige muy bien y casi no soy capaz más que de balbucear.

Ejemplo de desayuno en mi casa, con mi marido.

Él: ¿Te preparo un café?

Yo: igrfssxxssll

Él: ¿Y quieres que te caliente la leche?

Yo: vhlgonoXXfr vgfrrsdsgono

Pues así hasta que llego al despacho, con lo que podéis imaginar las pedazo conversaciones del ascensor…

El tema es que me he reincorporado completamente, el nene está fabuloso y la mujer que tengo contratada es superdulce con él y cada vez que llega por la puerta se le alegra la cara al churumbel. Podéis imaginar la tranquilidad con la que me voy al trabajo gracias a eso, ¿no?

Pues resulta que no. Vamos, que yo sí me voy tranquila, pero como ahora pertenezco a ese nuevo club del que nadie me había hablado antes, resulta que he descubierto varias cosas, la primera de ellas es que debo tener la sensibilidad del esparto ya que no me siento culpable de nada.

Para que me entendais, aquí van un par de conversaciones reales:

Secretaria de cliente: ¿Y te has reincorporado ya del todo? Buf, lo estarás pasando mal.

Yo: (¿?¿?¿?) ¿Por qué dices eso?

SC: Pues porque yo me acuerdo que cuando tuve que dejar al mayor en la guardería para volver a trabajar me sentía super mala madre…

(Pues yo no, mira por donde) 

—————

Gerente oficina junto a mi despacho: ¡Vaya, qué pronto te has incorporado!

Yo: Sí, la verdad es que tenía ganas.

GO: Ya se nota, ya, que te vienes toda mona y toda puesta.

Yo: Pues sí, vaya, lo normal.

GO: Uf, yo estuve como seis meses con el chándal porque no me daba tiempo de arreglame cuando tuve a la nena. (Aclaro aquí una cosa, esta mujer parece una modelo: rubia natural, altísima, ojos claros, guapa guapa y muy flaca, así que supongo que hasta con chándal está mona).

Yo: Ahhhh

GO: Además, como no la quería dejar con nadie, me tomé un año de excendencia y luego, cuando la llevé a la guardería, ¡no sé quién lloró más, si ella o yo!

Yo: Vaya…

GO: ¡Tenía unos remordimientos de conciencia! Uy, y de salir con las amigas, nada de nada.

Yo: Pues yo me voy de finde en un par de semanas con dos amigas mías…

GO: Pues ya verás, ¡vas a echar más de menos al nene! No vas a poder disfrutar nada. A mi me pasó la primera noche que salí a cenar con mis amigas sin mi marido y sin la nena, y eso que ya tenía casi dos años…

Yo: Ya te contaré. (¡Dos años sin salir con tus amigas! No me mires con esa de cara de decirme tía tarada, que la que está mal eres tú, chata)

—————–

Higienista dental: ¿Te has reincorporado por completo?

Yo: Pues sí. Ya estaba harta de tanto pañal y tanto biberón (aquí ya a la defensiva antes de que se produzca el ataque y me quede en blanco).

H: Te entiendo perfectamente. (¿?)  Yo hice la tontería de cogerme una excedencia y casi me suicido. Estaba fatal, y se me agrió el carácter, sólo necesitaba que volver al trabajo, relacionarme con adultos y olvidarme por unas p horas al día de cacas, pipis, babas y lloros.  Y encima, mi suegra no paraba de decirme que eso de volver a trabajo tan pronto no estaba bien, que el niño me necesitaba a mí y que a ver por qué no me quedaba en casa, que si su hijo no ganaba bastante… ¡Para volverme loca! Pero más loca me hubiera vuelto si le llego a hacer caso… (Esta es que es de las mías)

Lo peor de todo esto es que creo que estas conversaciones las tenemos exclusivamente las mujeres. Porque a mi santo, que es tan progenitor del churumbel como yo, nadie le pregunta ni qué tal es eso de volver a trabajar con el nene, ni le cuentan si se sintieron malos padres o culpables por enviar al nene a una guardería, ni hablan del poco tiempo que tenían para arreglarse cuando estaban cuidando al niño.

De hecho, las conversaciones que he oído son más o menos así:

Alguien: Eh! ¿qué tal el nene?

Él: Buah, grande, un campeón.

A: ¡Genial! Oye, a ver cuándo quedamos y nos vamos por ahí a tomarnos unas cañas…

Él: Vale, ya te llamo.

Si es que no puede ser. La envidia me corroe…

Las ventajas de ser madre

Si hasta ahora este blog ha glosado las desdichas de la embarazada, que son muchas y sólo comprensibles por otra embarazada -y no siempre-, en este post me dispongo a desgranar algunas de las innumerables ventajas de ser madre, al menos en los primeros meses de vida del primer niño. Más allá, todavía no llego.

La primera ventaja es que si de normal padeces insomnio -como es mi caso- de golpe y de repente se te pasa. Como lo oyes. ¿Insomnio? ¿Eso qué es? Tal y como lo cuento. Es más, te quedas dormida en cualquier parte, de cualquier forma y manera. Supongo que el hecho de no poder pegar ojo en meses como una persona normal influye. Como debe influir también el hacerte unos cuantos paseitos a las dos de la madrugada. O a las tres. O a las cuatro. O a las cinco. O, mejor aún: un paseo a las dos, otro a las tres, otro a las cuatro y otro a las cinco. Mano de santo, oye. ¿Qué son las doce del mediodía y hay silencio en casa? Hale, a roncar. ¿Qué son las ocho de la tarde y el nene está tranquilito?  Zzzzzzzz…..

Otra de las ventajas, ya enumerada en otro post, es que encuentras temas de conversación con gente con la que no sabías de qué hablar. Y los hay innumerables: cómo fue el parto; que si el nene tiene cólicos; las monadas que ha hecho hoy, las de ayer y las de mañana; la de pañales que gasta el tío, etc. Lo malo, como ya dije, es que hay veces que la conversación gira exclusivamente en torno a esto, y aunque me estoy convirtiendo en una madre babeante -casi más que mi churumbel- todo tiene un límite. Pero mira, hablar, ya puedo hablar.

Si a tu suegra le gusta eso de tener nietos, te reconcilias un poco con tu familia política. Y ella tan feliz. De hecho, según mi santo, la principal preocupación de su madre cuando yo estaba embarazada era que no le dejáramos estar mucho tiempo con su nieto. Así que mira, gracias a ella y a mi madre, hemos podido ir al cine, a cenar con unos amigos y a pasar un día solitos en la playa este verano. Lo que me lleva a la siguiente ventaja:

Disfrutas muchísimo más las salidas en pareja, ¡qué te voy a contar! Si antes había días que nos quedábamos un fin de semana entero encerrados en casa mientras hacíamos planes que nunca cumplíamos -“podríamos ir al cine”, “hacen una exposición de fotografía en tal sitio”, “dan un concierto de tal esta noche”, “hay una obra de teatro interesante”, etc.- de pronto parece que nos haya dado un ataque de hiperactividad y hacemos planes que si no cumplimos es porque ni mi madre ni mi suegra pueden echarnos un cable en el momento.

La vida sexual, además, se regula. Si antes, gracias al embarazo, no tenía ningunas ganas de sexo, pero mi marido sí, ahora, gracias al cansancio, ganas no tenemos ninguno de los dos, con lo que ya no tengo que poner excusas. Y si queremos hacerlo, lo planificamos con tiempo. Ejemplo: “¿Mamá? Oye, que si puedes quedarte con el nene mañana por la tarde que tenemos que ir a comprar unas cosas y vamos a tener el coche muy cargado…”

Lo malo es que a la tercera vez, tienes que cambiar de excusa para que no se piensen que te ha entrado una crisis consumista. No sé, hay gente muy progresista, pero a mí, particularmente, decirle a mi madre que me cuide al nene porque quiero echar un polvete me da no-sé-qué. Pero si tengo que contar la verdad verdadera, en una de esas nos quedamos dormidos en la cama antes de empezar, y para cuando nos despertamos, se nos había hecho la hora de recoger al chiquitín. Si ya lo he dicho antes: adiós insomnio.

Pero con todo, lo mejor de lo mejor de lo mejor, es cuando tu marido, a las cuatro y cuarto de la madrugada, te da la razón en algo que tú ya habías vaticinado hace tiempo:

El: Oye cari, esto de tener un hijo es muy cansado…

Yo: Ya, bueno, es lo que tiene ser padres a nuestra edad.

Él: Sí, sí, si eso está claro, pero yo no me imaginaba que fuera tan cansado.

Yo: Bueno, pues sí, es cansado.

Él: Pero es que yo pensaba que iba a ser más fácil.

Yo (aquí ya algo mosqueada): Pues no lo es, es así, cansado, vaya.

Él: Sí, pero muy muy cansado…

Yo: Pero bueno, ¿se puede saber qué te pasa a ti ahora?

Él: Pues que me hacía ilusión tener también una nena, pero si las cosas siguen así, se nos va a quedar este de hijo único.

El fiera de mi niño

Aunque puede que no lo parezca por lo que suelo escribir aquí, lo cierto es que se me cae la baba con mi nene, así que hoy procederé a contaros las gracias del churumbel, que está sacando carácter. Se ve que lo lleva en los genes. 

1.- Es un pelota de cuidado. Así, como lo digo. Cada vez que se le acerca alguién y le dice alguna gracia, se ríe. Pero le da igual conocerlo o no. Se ríe. Así que todo el mundo se queda encantado cuando lo conoce. “Ay, que risa tiene, como si me conociera!!!” “!Qué niño más simpático!” “¡´Qué gracioso que es!”. Y deja que le tomen en brazos sin protestar, la mar de contento. Claro, la mala leche se la gasta en privado, con nosotros. Lo dicho, un pelota.

2.- Tiene un sensor de altura integrado. Qué sí, que lo tiene. Estás con él en brazos, completamente quieta o moviéndote lo mínimo. Entonces, como pesa una barbaridad, dices, vale, te tengo al bracito pero me voy a sentar. Pues nada más nota que vas bajando para sentarte…. BUAHH BUAHH BUAHH, y no hay forma. Cuando quiere que estés de pie, se pone cabezón cabezón. Y yo me pregunto ¿cómo es posible que lo note? Pues fácil: tiene un sensor de altura integrado. Fijo que sí.

3.- Es un atleta. Vamos, digo yo, porque no para quieto más que cuando duerme. Y con apenas tres meses ya intenta coger con la mano todo lo que se le pone a tiro. Y si no puede, se enfada. Así está, de un alto que supera con creces todos los percentiles (y me obliga a llevarlo vestido con ropa de seis meses que le viene justita justita) y flaco a pesar de sus siete kilos de peso (siete kilos, sí, mucho, pero está flaco) y los biberones que se zampa, lo que lleva al punto 4.-

4.- Es un tragoncete con reloj suizo incorporado. Bueno no, un supertragón. Directamente. Se bebe unos biberones tremendos y sabe a qué hora le tocan porque a en punto, si no le has preparado el biberón te lo pide. Y vaya cómo te lo pide.

5.- Trata de comportarse como una persona civilizada. Sé que es muy pronto para que balbucée, pero ya me ha dicho la pediatra que es un niño muy precoz. Así que lleva dicendo a, ae, eaea, aei, oooo y otros desde hace un mes. Y siempre habla de esta manera justo a la hora del biberón o de irse a dormir. Cuando no se le hace caso, es entonces cuando arranca a llorar. Así que me he dado cuenta de que el chiquitín trata de comportarse como una persona y pide las cosas antes de ponerse burro. Pues se lo estoy fomentando, mira.

6.- Tiene una fuerza tremenda. Pero tremenda tremenda. Y si le quiero poner la camiseta y a él no le gusta -que se ve que también de moda entiende- o no le da la gana, estira los brazos todo lo que puede para dificultarme al máximo la labor. Y hay un body en concreto que no se lo puedo poner. No se deja. Ni despistándole. Que no y que no. Lo cambio por otra prenda y ya se relaja.  Pero esto no tiene explicación, porque es un body normal, tiene otro igual, de la misma marca y misma tela, que sólo se diferencia en el estampado, pues uno sí y el otro ni en broma.

7.- Le encanta el agua. Sólo lloró la primera vez que le dieron un baño en la clínica. A partir de ahí, le encanta el agua. Tanto que la hora del baño ya sabe cuándo es (un relojito el niño) y se pone a balbucear para recordártelo. Y luego da patadas mientras se ríe y mi santo y yo nos volvemos locos itentando limpiarle mientras se divierte. El cuarto de baño termina hecho un desastre, salpicado por todas partes. Lo hemos llevado a la piscina y quitando la impresión del agua fría del primer día, lo mismo de lo mismo.

8.- Es un exhibicionista. Le gusta estar en porretas. Antes y después del baño, se lo pasa bomba sin su pañal (y ya nos ha hecho varios desastres en la toalla). Lo de vestirse lo lleva peor.

Un fiera que nos lleva agotados a los dos. Aunque yo ya me he hecho con una caja de ginseng y guaraná combinados y parece que voy reviscolando. Tanto, que me he ido de compras y he salido con dos pares de sandalias de taconazo taconazo, unas tipo romano en negro y otras en verde claro casi beis y con tachuelas. Y no veas lo bien que me manejo desde las alturas con el carrito y toda la parafernalia que lleva adjunta un bebé cuando lo sacas de casa.

Hola de nuevo después de varios meses, pero si ya habéis tenido hijos, ya sabéis lo que es eso las primeras semanas: agotador.

No obstante, y aunque en principio iba a clausurar el blog -el embarazo ya ha pasado- creo que mi churumbel me va a dar innumerables temas sobre los que hablar. El nene exactamente no, sino todo lo que rodea a esta magnífica y extraordinaria cosa que es poner tu vida en modo maternidad.

Y es que desde que tuve al nene, no se puede nadie imaginar cómo ha cambiado mi vida. Y aquí no me refiero a las noches sin dormir, el cambio de pañales, los malabares para compaginar sus horarios, los míos y los de mi marido, o la cantidad de trastos que un nene lleva adjuntos -que también- sino las relaciones que hasta hace nada tenía como persona.

A pesar de que tanto mi santo como yo somos tendentes a reuniones con la familia y los amigos, ambos tenemos un carácter un tanto huraño que nos lleva a estar tranquilos la mayor parte del tiempo, sin complicaciones ni visitas de ningún tipo. Es decir: los sábados y los domingos, bien. Pero el resto de la semana, que el mundo nos deje un poco en paz.

Pues esto es lo primero que cambia. El respeto que todo el mundo había mostrado hacia nuestra forma de vida -en off socialmente de lunes a viernes excepto para el trabajo- se ha desvanecido por completo. De pronto, la gente que nos llamaba siempre antes de venir a casa y con varios días de antelación, se presenta de improviso con la excusa de ver al nene. Y si siempre hemos evitado ese tipo de visitas porque el día a día nos agota a ambos, no os podéis ni imaginar lo agotadísimos que estamos ahora los dos entre los cuidados del nene y las visitas sociales.

Es más, si ponemos cara de pocos amigos o no damos casi conversación -modos indirectos de decir que no queremos tanta visita- lo achacan ¡a que estamos agotados! A ver: si yo sé que una persona está agotada porque lo veo, la próxima vez le llamo por teléfono para ver cómo está, no me presento de improviso en su casa.

Como además, la mayor parte de estas visitas son de familiares, pues tampoco podemos ponernos bordes porque luego, junto con la visita, tenemos que aguantar el sermón de mi madre o de mi suegra, según la parte.

Madre: ¡Ay, nena, no seas así! ¿No te das cuenta de que vienen para verte y animarte?

Yo: No, si lo agradezco, pero es que termino agotada. ¿No podrían llamar antes?

Madre: Pues no, porque te conocen y saben que si llamaran antes te irías corriendo de casa con cualquier excusa para no verlos. ¡Si es que no se puede ser así!

Otra cosa que me llama la atención es cómo han derivado mis conversaciones hacia temas infantiles que antes poco me importaban. Por no decir nada, claro.

Pero el caso es que, aunque ahora estoy más puesta y esto me ha dado conversación con personas con las que no sabía de qué hablar, agradecería un poco de charla trivial entre adultos, más allá de “¡qué mono está tu nene!” “pues el mío tuvo terrores nocturnos y no sabes lo mal que lo pasamos” o “no te preocupes, que los cólicos son sólo los tres primeros meses”.

Lo mejor de todo fue el otro día una conocida mía que me contaba -ya ves tú qué falta me hace saber las intimidades escatológicas de su familia- los problemas que tiene su primogénito cada vez que tiene que ir a hacer caca.

Ella: Pues se ve que al chiquito le da miedo porque dice que la caca es mala, así que el otro día, lo siento en el váter y me suelta “¿pero el papá hace caca?”, y yo le digo que sí, que claro, que el papá hace caca, que la mamá hace caca y que todo el mundo hace caca, y que es bueno hacer caca. Y coge y me dice “¿todo el mundo?”, y le digo que sí. Y se queda muy serio y me pregunta “¿y Superman también hace caca?”.

La verdad es que todo esto raya lo surrealista. Y me disguta mucho el hecho de que hayan acabado así, sin más, con uno de mis ídolos. Porque el tema no quedó aquí, la chica siguió:

Ella: El caso es que después de lo que dice el nene, me pongo a pensar en Superman y me quitó todo el glamour, porque imagínate al tío, bajándose primero los calzoncillos, después los pantalones y sujetándose la capa para no mancharse.

Pues yo todo ese razonamiento no lo había hecho, pero ella, voluntariosa, lo hizo, lo comentó en voz alta y luego se fue tan  pancha y alegre.

Como esto siga así…

Una de mis mayores obsesiones es la higiene dental. Y es una obsesión muy lógica, derivada del pánico que sentí el día en que con catorce años me metieron un torno en la boca para quitarme una caries y empastarme una muela.

Así que dije: se acabó. Ni una caries más en toda la vida. Y así es cómo mi cuarto de baño, entre otras cosas, tiene todos los complementos inimaginables para una correctísisisisima higiene dental: cepillo eléctrico de última generación, cepillos interdentales de distintos tamaños, seda plana y normal, colutorios de flúor sin alcohol… Por no hablar del kit básico que llevo conmigo siempre en el bolso (nunca se sabe cuándo no vas a poder ir a casa a comer) o las revisiones a las que acudo histérica pero religiosamente. 

¿Por qué?, os preguntaréis, cuento esto ahora. Pues para advertiros de algo que no sabéis (problablemente), y es que el cambio hormonal del embarazo puede afectar a vuestros dientes. Y me he enterado precisamente HOY, que tenía cita con el dentista, obviamente.

Así que llego, abro la boca, y la higienista -que es la misma de siempre- me empieza a hacer la limpieza. Noto que me duele más que de costumbre y en un momento dado ella para y me dice:

Higienista: ¿Te ha pasado algo?

Yo: ¿A mí? No, nada, ¿por qué?

Higienista: Porque tienes unas placas de sarro que no es normal. Vamos, en otros pacientes sí, pero en ti no había visto nunca unas placas tan gruesas.

Yo: Pero, ¿qué dices? Si sigo la misma rutina que siempre!!!

Higienista: Pues mira mira, cemento armado (y me mete el gancho ese que usan en la boca y hace rrrraaaaac rrrraaaacccc, oye, una cosa tremenda)

Aquí yo me asusto y empiezo a mirar todas las ilustraciones que tiene en la sala de gingivitis, periodontits y similaritis en un agobiante ataque de hipocondria dental.  Hasta que me dice ella:

Higienista: ¿Has estado embarazada?

Yo: Pues sí, hace poco menos de un mes tuve un nene bien guapo.

Higienista: ¡Acabáramos! ¡Es por eso! Durante el embarazo se producen muchos cambios hormonales y te pueden haber afectado a la saliva, y de ahí todo este sarro.

Es posible que además del sarro haya habido otros efectos indeseables, así que antes de irme de la consulta he pedido una cita para hacerme una revisión completa por parte del dentista con radiografias incluídas, en cuestión de un mes.

Pues aquí el tema del post de hoy: cuidadín con esto, porque es otra cosa que no te avisan. Si una obsesa de la higiene dental como yo termina el embarazo con unas placas de sarro como para llenar sacos de porland, y si mi higienista ha terminado sudando del esfuerzo a pesar del aire acondicionado, ya os podéis cuidar bien la boca, ya. Que me ha dado por imaginarme el desastre y casi me da un patatús.

¿Y el nene? Bien, gracias. De momento es un encanto. Sobre todo como esta mañana, en la que con la mano derecha trataba de calmarle el llanto, con la izquierda retocaba en el ordenador un informe escrito por mi nueva empleada -la que me sustituye- que había que enviar urgentemente, con el pie apartaba a la gata de la cuna del nene, con el manos libres le pedía a mi santo que comprara un paquete de pañales antes de venir a casa, y de reojo comprobaba el reloj para ver si llegaba mi madre a hacerse cargo del pequeñajo y poder marcharme al dentista. Y todo al mismo tiempo.

Welcome to Motherhood!

(Iba a escribir un post sobre el dolor de cabeza, pero lo dejo para más adelante)